Top

"Nos damos maza todos los días": Pichón y Dolores, la historia del romance más viral de Tucumán

Día de los enamorados

Él tiene 37 y ella 63 y se conocieron haciendo contenido para las redes. Cómo es ese amor entre influencers que desafía los prejuicios y va de la risa a las lágrimas y de la ternura a una fogosidad tan extrema que puede terminar en el hospital: “Antes me gritaban culiavieja y ahora me dicen carnero". Por Exequiel Svetliza.

Pichón y Dolores, un sólo corazón.





Ahora que en los muros casi nadie pinta corazones y en los pasacalles se pide más perdón que permiso a la hora de amar. Ahora que la ternura es un sentimiento esquivo y el migajeo afectivo está a la orden del día, aunque sea pan para ahora y hambre dentro de un rato. Un ruido sin nueces. Un roto sin su descocido. Un chancho al que nunca le llega su San Martín. Ahora que deshojar una rosa es cosa de tontos y los vínculos vienen con fecha de caducidad como las ofertas del supermercado. En tiempos donde siempre estamos solos y el cariño parece una anomalía histórica, una historia como la de Pichón y Dolores es un milagro increíble. Y si nos cuesta creer en ella es porque se trata de un amor que nace en el universo de las pantallas, ahí donde todo está revocado de ficción y dominado por la dictadura del algoritmo. Mucha pose. Bastante careteada. Demasiado humo. Pero ya decía William Shakespeare que el amor es un humo hecho con el vapor de los suspiros y la historia de este romance invita a la exhalación profunda porque tiene de todo: risas, lágrimas, ternura, el desafío a los prejuicios y una fogosidad tan extrema que puede terminar con uno de los amantes en el Hospital Padilla tras una noche de pasión. Él tiene 37 años y ella 63. Los dos son influencers y esta es su historia; la historia del romance más viral de Tucumán. 

Eduardo López, mejor conocido como Pichón, tiene 37 años, tres hijos y un pasado signado por múltiples carencias. Desde 2023 su figura se volvió viral en las redes sociales por los sketches humorísticos que filma en su pequeño almacén de Villa 9 de Julio. Por ahí suelen pasar desde diversos especímenes del ecosistema autóctono de influencers como La Madrina, Winnie Pooh y Mirandita hasta artistas famosos de la talla de Pablito Lescano, El Negro Videla y Franco Arroyo. Es fanático del Deca, lleva un Pulga Rodríguez bien flojito de papeles tatuado en la piel y su frase de cabecera es “A la burra”. 

Dolores Tomas tiene 63 años, cuatro hijos, cuatro nietos, una lengua picante y una risa bastante contagiosa. Saltó a la fama en Tik Tok en tiempos de la pandemia y los medios se fijaron en ella cuando en 2022 se postuló para ingresar a la casa de Gran Hermano. “El Tik Tok para mí fue una forma de no decaer, de que me agarre una depresión. Estábamos en la pandemia y yo sufría porque había mucha gente que se estaba muriendo… Tenía vecinas y amigas que la pasaban muy mal”, confiesa mientras ceba mate en la cocina del pequeño departamento que comparten con Pichón en Ciudadela. 

La historia de este amor comienza iluminada por los brillos de fascinación que emanan las pantallas de los celulares. Ahí Pichón conoció a Dolores. La vio primero, la junó después, la stalkeó un tiempo y siguió viéndola empujado por la magia infalible del algoritmo, acaso alcanzado también por la saeta invisible del cupido de las redes. Hasta que un día se animó a escribirle con la excusa de grabar contenido juntos; una colaboración entre influencers sin segundas intenciones. Fue un sábado de 2024 que dejaría su huella. Dolores lo invitó a su casa del Barrio Policial III aprovechando que su marido –ya estaba separada, pero ambos seguían compartiendo el mismo techo- había salido a jugar a la pelota. Hasta ahí fue Pichón en su Honda Biz baqueteada. 

“Abro la puerta con un batón largo así gorda como soy y Pichón parece que la ha visto… no sé… a Pampita o a Luciana Salazar… Lo juro por la vida de mis cuatro nietos. Nunca he visto unos ojos que brillen tanto para mirarme, jamás en mi vida. Entonces lo hago pasar y él me miraba y me miraba… yo todavía le digo 'chango, por qué me mirás así' y él medio tímido me dice '¿qué me puede dar un cafecito?'", recuerda Dolores. 

“Parecía Doña Florinda con el Profesor Jirafales…”, interrumpe Pichón y la cocina se llena de risas. “A mí ella ya me gustaba”, confesará después el influencer y recordará que la primera llamada telefónica que tuvo con ella duró como dos horas. “Es una cotorra, le encanta hablar”, dice risueño y ella confirma. Aunque los primeros contactos fueron tímidos y sigilosos, estaba claro que algo se estaba cocinando ahí entre ellos a fuego lento. 

Después de ese primer encuentro en la casa de Dolores siguieron haciendo colaboraciones juntos. En la ficción de las redes, ella hacía de madre y él de hijo. La pantomima para las cámaras no carecía de verosimilitud –la mamá de Pichón también tiene 63 años-, pero del juego de roles al Edipo ficcional había apenas un par de pasos. 

Para que se consumara el flechazo, antes Dolores debía tomar una decisión trascendental en su vida: cortar los lazos que todavía la unían a su ex marido. Aunque era una determinación que ya había tomado varios años atrás, como sucede con muchas mujeres mayores que deciden separarse, la dependencia económica y el peso de los mandatos familiares fueron escollos muy difíciles de sortear: “Muchos creen que yo me he venido por Pichón, pero no es así… En realidad, yo ya me había ido y vuelto de mi casa un par de veces, pero volvía siempre como un perro mojado porque la verdad es que no tenía plata, no manejaba plata. Gracias a Dios siempre he vivido bien y nunca me faltó nada… tenía mi casa, mi camioneta, mis cosas… No me faltaba nada material, lo que sí me faltaba era mi felicidad, mi tranquilidad… eso sí me faltaba. Eso y el respecto que se merece toda mujer”. 

Con el dinero que cobra de su jubilación como ama de casa más alguna moneda que le dejaban las redes sociales, el año pasado Dolores se animó a dar el salto definitivo que la alejó de tantos años de infelicidad conviviendo con una persona a la que no amaba. Para que pudiera dar ese primer aleteo fuera de la jaula que la oprimía fue fundamental la ayuda de Pichón: “Él se ofreció a salirme como garante para que pueda alquilar el departamento y, como es todo un caballero, me dijo ‘dejá, yo te presto la plata de los tres meses que te piden, vos usá esa platita que tenés para comprarte tus cosas’”. 

“Me vine con lo puesto, nada más”, revela y luego confiesa que lo único que puedo traerse de la que había sido su casa fue una heladera y un microondas. Ni siquiera su ropa pudo sacar. Pero, si ese era el precio que tenía que pagar para buscar su felicidad, estaba dispuesta a pagarlo. Con mucha paciencia y a fuerza de canjes fue recuperando su vestuario y amoblando su nuevo hogar. 

Pero la magra economía amenazaba con derrumbar de un soplido su sueño de libertad. A los pocos meses de mudarse, la situación comenzó a volverse insostenible. “Me largaba a llorar de la desesperación que sentía, me decía ‘¡Dios mío! ¡qué hice! ¿con qué voy a pagar el alquiler?’… No sabía qué hacer porque a mí casa ya no podía volver”, cuenta ella. 

El amor puede ser refugio, trinchera, salvavidas. Un refucilo luminoso en un horizonte de oscuridad. La irrupción del arcoíris en medio de una tormenta. Ella no lo vio venir. Él venía esperando ese momento. 

“Pichón venía siempre a visitarme para ver cómo estaba y para hacer los videos. Un día viene, se sienta acá y, al verme que estaba llorando, me pregunta qué me pasaba. Yo le dijo que no daba más, que no sabía qué hacer, que me tenía que ir del departamento y volver a mi casa porque no me quedaba otra. Y ahí me dice que yo no me iba a volver porque él estaba enamorado de mí”, cuenta y se emociona: “¿Pero vos sabés la edad que tengo? Y vos tenés 36 años, sos joven, le digo porque la verdad que no lo podía creer… ¿Pero estás seguro de lo que estás por hacer?, le preguntaba y él me decía: ‘¿Y vos? ¿No sentís nada por mí?’… Ahí fui sincera y le dije la verdad… porque yo jamás me iba a imaginar que un chico joven piense en mí… yo jamás pensé que alguien pueda gustar de mí y él me contestó ‘pero yo te amo, te amo, te amo, te amo… estoy enamorado de vos, quiero quedarme con vos…’”. 

 

*****

La tarde se pasa entre mate y mate en el modesto nido de amor. Pichón le reclama a Dolores que no le llega ni uno a él: “parece que da alzhéimer la yerba esa”. Los dos ríen. Cuando uno habla, el otro mete la chuchara, corrige, recuerda algún detalle que se pasa por alto. Cada tanto, bromean o discuten sobre algún episodio sin llegar a ponerse de acuerdo. La cocina-comedor del departamento está decorada de manera de manera sencilla, pero cálida: hay un espejo, luces de colores, grandes girasoles artificiales, el escudo de Atlético y un cuadro multicolor que reza: Quiero. Puedo. Y me lo merezco. Este fue el escenario donde se dieron el primer beso apasionado, pero entonces las paredes estaban mucho más despojadas. Al espacio todavía le faltaba un poco de amor. 

A Dolores le costó mucho dar ese primer beso. Un poco porque llevaba años sin besar a nadie y había perdido la práctica. Pero, sobre todo, porque sentía demasiada vergüenza. No es que carecían de cariño o de pasión, pero a los dos la vergüenza les pesaba como un estigma del que no se podían liberar. Si bien para ellos la edad no era un condicionamiento de ese amor que estaban empezando a edificar, se sentían mirados, juzgados y condenados por los demás. 


“Nosotros al principio teníamos muchas peleas porque ella me decía: ‘Vos me querés acá nomás, adentro del departamento, y afuera no me demostrás afecto. Pasa que a mí también me daba vergüenza al principio… no todo era paz y amor, salíamos a algún lado y nos hacían notar esa diferencia entre los dos… Me daba pudor el qué dirán los demás. y eso ha explotado una vez que fuimos juntos a la cancha a verlo al Deca porque todos me decían: ‘Pichón culiavieja, andás con la abuela’… Esa vez yo llegué muy mal a la casa y tuvimos una discusión fuerte con ella”, relata Pichón. 

Pero esa vergüenza empezó a cambiar una tarde en la que compartieron una entrevista radial. La conductora del programa los alentó a despojarse de esos prejuicios que estaban minando la relación. “Me acuerdo que la locutora me dijo: ‘Pichón, me extraña… si en tus videos todo el tiempo te estás riendo de vos mismo… hagan videos los dos juntos y, si alguien te dice culiavieja en la calle, saludalo, reíte de vos mismo… ¿Y sabés qué? Ese mensaje me llegó. Porque nosotros ahí hemos empezado a ser nosotros mismos, tanto dentro como fuera de la casa. En la calle ya no me dicen culiavieja, ahora me gritan ‘eh Pichón carnero, te hace aca la Dolores’. Cuando uno se acepta como es, lo que diga o piense el otro le importa un choto”. 

La conversación se vuelve por momentos una montaña rusa de emociones que va de la risa a la carcajada y de la carcajada al llanto. Ahora son las lágrimas en el rostro de Dolores las que se anticipan a la emoción que cargan sus palabras: “De poquito a poquito yo me he enamorado de él. Me he enamorado de él porque yo soy una mujer que jamás en su vida había dormido desnuda, siempre me he sentido discriminada… porque me decían que mirá esa gordura que tenés, que tenés la panza como un tamal, que mírate esas tetas caídas… Y Pichón, a pesar de su edad, jamás me ha permitido que duerma vestida. Él me enseñó a sentirme valorada, a sentir que yo realmente valía como mujer… porque a mí me daba mucha vergüenza… Encima yo tenía unos calzones así de grandes…”. 

“Y los tiene todavía…”, remata Pichón para cortar con risas las lágrimas. 

Según confiesan, ni la diferencia de edad ni la lencería demodé han sido obstáculos a la hora de plasmar su pasión. Aunque está bastante andado para colágeno, a la hora del sexo Pichón hace valer su condición de maratonista bien entrenado: “Con Dolores nos damos maza todas las noches…”. “¡Callate!”, lo interrumpe ella entre risas para después agregar: “Yo le digo: chango, vos no estás juntado con una chica de 20 años… Es una pelea todos los días porque él no se duerme hasta no tener sexo, para él es como si el sexo fuera un Rivotril… Todos me dicen ‘Dolores qué bien tenés la piel’… qué mierda no voy a tener bien la piel…”. 

“Mirá... sin muelas me está dejando la hija de puta... Ella está joya y yo estoy hecho aca…”, aporta antes de las risotadas.  

Tan efusivos son a veces en sus demostraciones carnales que esas jornadas de placer no están exentas de algún que otro accidente. “Un día me pidió que le haga patita al hombro… Te podés imaginar semejante gamba y él tan flaquito… Terminó con el hombro dislocado (risas)… Lo tuve que llevar de urgencia al Hospital Padillla y la gente me decía: ‘Dolores, qué le hiciste a Pichón…’, cuenta, tentada, ella. 

Semanas atrás Pichón y Dolores blanquearon su relación con un video que compartieron en sus redes sociales en el que aparecen besándose. Recibieron muchos mensajes felicitándolos y tirándoles buena onda, pero para sus respectivas familias no fue tan sencillo aceptar la relación. La palabra que más se repetía en esas recriminaciones es vergüenza. Esa misma vergüenza que ellos tuvieron que superar con mucho esfuerzo ahora volvía como boomerang por parte de sus seres queridos. Y aunque hoy se sienten más comprendidos por sus hijos tampoco dan por ganada esa batalla. Ni esa ni la que supone la exhibición constante a través de las redes. 

En el verano, la pareja pudo darse el gusto de salir de vacaciones a Mar del Plata. Para Pichón ese viaje suponía la concreción del viejo anhelo de conocer el mar, pero en las redes sociales esa alegría se transformó rápidamente en odio. “Llegamos a la playa y todo hermoso… estábamos contentos, felices… Nos sacamos una foto ahí en la rambla y, cuando la subí, me empezaron a dar con un caño… Me decían que había abandonado a mis hijos, que esto, que lo otro. Tenía muchos mensajes negativos y eso ha sido algo que me ha consumido mucho. Llegué al hotel y me largué a llorar porque me ha empezado a carburar un montón el mate, es como que me he sentido todo el tiempo presionado”, cuenta Pichón que no tiene pruritos a la hora de definirse como una persona muy sensible: “soy muy llorón”. 

“Yo le dije que haga un descargo porque no puede ser que la gente lo ataque así ¿Porque nosotros somos pobres no podemos salir y darnos un gusto? También tenemos derecho, todos tenemos derecho”, comenta Dolores. 

A pesar de tanto hate y de las pálidas que tiran algunos, ambos eligen quedarse con todos esos mensajes que reciben donde los felicitan por su amor y los ven como un ejemplo a imitar por aquellos que todavía no se animan por vergüenza o miedo al qué dirán. “Hay mucha gente que nos escriben porque se sienten identificados con nosotros, como que les damos valor a los demás para que se animen y sean ellos mismos. Nosotros siempre decimos que somos nosotros mismos. Hoy no nos da vergüenza el qué dirán los demás. Hay muchas personas que por ahí porque son del mismo sexo, porque son gordos, flacos, enanos o lo que sea, no se animan a estar juntos ni a blanquear su relación porque sienten vergüenza por sus padres, por las tías o las vecinas… Y yo les doy ese mensaje, que siempre tenés que ser vos mismo”, remarca Pichón. 

“Muchas mujeres me escriben diciéndome cómo me animé a irme de mi casa, que ellas no se animan a estar con alguien o que se han peleado con sus hijos porque no aceptan a sus parejas. Y yo hoy les digo que no les hagan caso porque los hijos, cuando quieren hacer su vida, la hacen y se van a la mierda. Yo ahora me siento feliz, me siento tranquila, me siento en paz. Antes, vivía con miedo. Vivía siendo humillada. A veces me tenía que secar las lágrimas antes de que me vean mis hijos porque no era una mujer feliz”, destaca Dolores. 

En la madrugada del sábado Dolores y Pichón celebrarán el Día de los enamorados juntos. Es justo y hasta necesario desconfiar de las ficciones que nos venden los influencers en las pantallas en su afán de alimentar la alocada y banal industria del like. Pero entre tanta pose y careta, entre tanto fulgor artificial y efímero, entre tantos corazones acéfalos de cariño y romances pasatistas, acá hay dos miradas que brillan al cruzarse y no tienen cómo ni por qué mentirse.