Reforma laboral: la línea roja entre lo tolerable y lo intolerable
El debate de la reforma laboral en la Cámara de Diputados dejó expuestas traiciones y malicias de la clase política y el desánimo de una clase trabajadora que parece haber bajado los brazos ¿Qué hacer en este contexto? Por Dolores Marcos.
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En 2023 leí, horrorizada, que el parlamento griego permitía la extensión de la jornada laboral a 13 horas. En aquel entonces (como si fuera hace muchísimo tiempo) pensé que esa aberración era posible porque el pueblo griego, tan vapuleado en los últimos años, no tenía, evidentemente, el músculo rebelde suficiente para frenar semejante atropello. Estaba convencida también de que, en mi país, con una tradición sindical robusta, con un pueblo atento, sensible y reactivo al avasallamiento de sus derechos, que incluso ha tenido históricamente la valentía de exigir nuevas y amplias libertades sería imposible que ningún Congreso, nunca en la vida, sería capaz ni siquiera de intentar aprobar una medida como la que perjudicó a Grecia hace tres años.
Hoy me encuentro azorada, indignada, perpleja por lo acontecido en el Congreso de la Nación. La traición de buena parte de los diputados ¿peronistas? que responden cual marionetas a los dictados de sus vetustos gobernadores, la traición, también, de diputados radicales que escupen sesión tras sesión sobre la memoria de sus propios principios históricos, la malicia (esperable, por otro lado) de los diputados oficialistas y sus aliados en evitar el debate para levantar la mano como autómatas, todo eso junto con el único y sádico objetivo de debilitar aún más las frágiles vidas de los trabajadores y trabajadoras de este país.
Pero hay algo que me entristece aún más, si eso es posible. La clase trabajadora, que supo dar las batallas más aguerridas, que tiene en su haber mártires y desaparecidos por pararse frente al poder político y económico, parece haber bajado los brazos. No los culpo. El clima de desánimo, la sensación de ser todos los días maltratados y basureados por esta casta de mala gente que nos gobierna es difícil de resistir. Por otra parte, una dirigencia sindical enquistada en las cúpulas, que todo el tiempo transa sus privilegios, reacciona tibiamente cuando todo, pero todo, ya está cocinado y el pueblo trabajador es el platillo exquisito que degustará el círculo rojo (probablemente con parte de esa dirigencia sindical como invitados a comer las sobras).
Para no sucumbir a las pasiones tristes que, como nos enseñó el gran Spinoza, es la condición fundamental para la dominación, es imperioso recuperar la memoria de aquellas luchas, reponer la valentía que condujo a este pueblo a dar pelea cada vez que se ha intentado someterlo. No resignarse a la servidumbre, reinventar una libertad compartida, que no sea solamente el poder más, sino el poder vivir mejor con los otros, hacer la vida más vivible para tantos que solo sobreviven. Si estos dirigentes entregan al pueblo a las fauces del león, habrá que empezar por quitarles poder. La primera tarea, creo, es volver a trazar las líneas rojas entre lo tolerable y lo intolerable, entre la lealtad y la traición, entre lo moral y lo inmoral políticamente hablando. Que no sea gratuito traicionar un mandato, que no dé igual defender o no a los representados, ser funcional o no a los poderes fácticos, respetar o no la Constitución. Recuperar el poder popular para resistir y reimaginar otro presente posible.








