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"Mi vida se divide en dos: el deporte me devolvió la alegría": Irma, 87 años y maratonista

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En un mundo donde se suele decir que lo bueno de la vida termina demasiado pronto, una tucumana octogenaria demuestra que una existencia maravillosa también puede comenzar después de una gran tristeza, incluso después de los 60 años.





Una infancia tierna. Una adolescencia soñada. Una carrera docente. Un matrimonio maravilloso y cuatro hijos. La vida de Irma Gautrain parecía haberle dado todo, y ella lo agradecía a Dios cada día. Hasta que la muerte tocó su puerta y le arrebató a su compañero de vida.

En ese momento se encontró cara a cara con la depresión y la tristeza del duelo, de la pérdida, del extravío.

“No sabía qué hacer, me perdí. Fue como caer en un pozo negro sin salida”, recuerda en diálogo con eltucumano.com.

Hace unos 25 años, los hijos de Irma decidieron tomar cartas en el asunto y pensaron en una alternativa que muchos utilizan para acompañar a sus padres: las actividades de los centros de jubilados.

Así fue como Irma se encontró por primera vez en su vida cara a cara con el deporte.

“Hice ejercicio en ese centro, me gustó y empecé a caminar en las plazas. Así comienza mi historia con el running. Un día me encontré en la plaza con unas chicas que hacían ejercicio. Me preguntaron con quién corría porque les gustaba mi técnica y me invitaron a entrenar con un profesor. Su nombre es Alexander de los Santos, y con él me inicié de manera más profesional”, recuerda.

Es sábado por la mañana. Mientras muchos todavía duermen o recién comienzan a planear su día, Irma ya corrió siete kilómetros, hizo las compras, volvió a casa y está pensando qué cocinar para el almuerzo.

“Cuando aprendí a correr como se debía, el profesor me preguntaba qué quería hacer. Yo le dije que no pensaba ser corredora, que solo quería correr para sentirme mejor. Me sentía bien, me sentía sana. Ahora, a días de cumplir 87 años, estoy muy bien. No uso ni anteojos. Caminar y correr me cambiaron la vida”, cuenta.

“Yo corro porque me gusta, porque me siento bien, alegre. A mí no me interesa ganar: me interesa finalizar las carreras”, agrega con una energía más propia de una adolescente que de una mujer de su edad.

La familia de Irma convive con la tranquilidad de saber que su madre es una mujer sana y feliz, algo quizás inesperado para quienes están llegando a los 90 años.

“Mis hijos están muy contentos porque me ven bien. Me ayudan en esto porque a veces me llevan a las carreras, o me piden que no vaya cuando llueve… y yo voy igual”, dice entre risas.

“Los que viven lejos también están tranquilos. Ellos ven que me siento bien. Me instalan aplicaciones para mejorar y seguir mi progreso. No necesito ayuda porque estoy sana y no puedo describir lo bien que me siento cada vez que termino de correr”.

Este 8 de marzo, Irma se prepara para otra maratón.

“He cambiado mi alimentación, mis hábitos de sueño, todo. Quiero decirles algo a las mujeres y a las personas grandes: hagan deporte, hagan ejercicio, muévanse. No se queden en casa. Es posible llegar a esta edad con buena salud. Yo ni pastillas tomo, y eso es una tranquilidad para mí y para mi familia”.

“Pasé de tener una vida maravillosa durante 60 años a descubrir otra vida también maravillosa a los 87 gracias al deporte. No puedo dejar de contar mi verdad ni dar mi mensaje, porque me gustaría que todos lo entiendan”, remarca la corredora, emocionada, en este mes de la mujer.

La fortaleza de Irma se refleja en su disciplina, en sus medallas, en sus hábitos y, sobre todo, en sus estudios médicos y en su salud.

“Es una vida distinta —dice—, una vida distinta y maravillosa”.