"Este me quiere de verdad": Jorge Luengo, el fotógrafo tucumano que retrató la intimidad de Maradona
Cuando lo vio por primera vez, Diego casi lo caga a piñas, pero terminó volviéndose su amigo. De Villa 9 de Julio a una de las villas más pesadas de CABA y de ahí a viajar por el mundo retratando como nadie a Maradona: “Para mí él era un cuadro de San Martín con piernas”. Por Exequiel Svetliza.
La primera vez que Jorge Luengo vio a Maradona, Diego tenía una aureola en la cabeza. Para presenciar esa epifanía tuvo que caminar desde Villa 9 de Julio hasta la cancha de San Martín en Ciudadela. Tuvo que colarse al estadio. Tuvo que esperar un descuido de los policías que custodiaban el campo de juego. Tuvo que treparse al alambrado y saltar. Tuvo que correr y sortear el acecho de los perros. Y tuvo que hacerse un lugar entre los curiosos que querían acercarse a ese adolescente de rulos con fama de crack. Fue el 3 de noviembe de 1978 cuando el mítico Cosmos de Nueva York de Pelé y Beckenbauer llegó a Tucumán para jugar un amistoso con la selección juvenil de Menotti, que se preparaba para el mundial de Japón. Pelé ya era Pelé. Beckenbauer ya era Beckenbauer. Maradona era una gran promesa; un milagro incipiente. Y Jorge un changuito curioso de 13 años que entonces no podía imaginar, no tenía como hacerlo, que terminaría entablando una férrea amistad con uno de los seres más extraordinarios del planeta y que tendría el privilegio de retratar algunas de sus tantas vidas en Cuba, en Dubái, en Sudáfrica y en otros rincones del mundo donde Diego desparramó la estela de aquel fulgor.
“La primera noticia que me llega de Maradona es que era un genio y que había quedado afuera de la selección de Menotti que gana el mundial 78. Entonces lo quería ver, por eso decidimos ir al partido con otros chicos del barrio… nos fuimos caminando porque no teníamos ni para el colectivo. Termina el partido, salto y corro a la mitad de la cancha, llego hasta donde estaba Diego y lo toco, lo agarro del hombro... Él estaba abrazándose y saludándose con otros jugadores y me acuerdo de la imagen, porque no me la olvido más, del vapor que le salía de la cabeza por el sudor… A contraluz, por las luces de la cancha, se le hacía como una aureola”, relata el fotógrafo tucumano de 60 años para luego trazar la parábola de dos imágenes y entre dos vidas que se cruzan en el camino: “Por supuesto que vino la cana y me sacó de la cancha, pero ahí veo que se produce la foto de Diego con Beckenbauer y, mirá lo que es la vida, porque pasan los años y un motón de cosas que le pasaron a Diego, que casi pierde la vida en Punta del Este, y yo estoy con él después en Alemania, en el 2000, en la despedida de (Lothar) Matthäus… le estoy haciendo unas fotos en el vestuario de la cancha del Bayern Múnich y viene Beckenbauer a saludarlo y yo les saco una foto ahí, abrazados… Por eso digo que soy un iluminado por todo lo que me pasó”.
Además de ese primer encuentro con el aura maradoniana que le quedó grabado para siempre como un tatuaje emotivo, a los 13 años Jorge recibió un regalo que le cambiaría la vida: una cámara de fotos Pentax K1000. El regalo que le hizo su tío Manuel fue un parteaguas existencial para ese chico de Villa 9 de Julio que jugaba de cinco en Sportivo Guzmán y cursaba el secundario en la ENET 2. “Te juro que se me empeluzó todo el cuerpo cuando la tuve en mis manos”, dice y reparo en el verbo que elije para describir esa sensación porque a Jorge no se le erizó la piel, sino que se le llenó de pelusas. Empeluzar como ese estremecimiento que se produce ante el primer encuentro con el objeto que forjará un destino, como el Pelusa de Fiorito ante el contacto con una pelota. Pura magia y estrella.

Luengo y Diego.
“Creo que ahí me empecé a dar cuenta de que esa iba a ser mi profesión y mi forma de ganarme la vida…En esa época una cámara no era algo accesible para nosotros porque era un hobby caro… eran caros los rollos de fotos y después también era caro revelarlos. Además, más allá de eso, te tenía que gustar de verdad la fotografía porque lleva un tiempo revelar, elegir las fotos y hacer un álbum…Tenías que tener paciencia para hacer todo eso”, cuenta. Para descifrar los secretos de ese juguete nuevo, Jorge hizo una operación intuitiva: puso a sus hermanos frente a una pared y les fue haciendo retratos anotando los números que aparecían en el lente y en la ruedita que indicaba la velocidad del obturador. Después fue a revelar el rollo en una casa de fotografía que estaba frente a la plaza Independencia y le contó de su experimento al laboratorista quien se tomó el trabajo de explicarle algunas cuestiones técnicas del manejo de la cámara. “Tiempo después estudié mucho, estudié iluminación en Buenos Aires, pero en ese momento era chico y no sabía nada… así que, imagínate, fue una locura…siempre digo que fue todo mágico y que soy bendecido porque pude vivir de la fotografía, que es lo que amo”, remarca.
A los 17 años, cargó la cámara que le había regalado su tío en la valija y se subió al tren Estrella del Norte para probar suerte en Buenos Aires. La urbe no tardó en mostrarle los dientes: “Era un tiempo difícil, de mucha crisis. Alquilé un departamento, después la habitación en una pensión y terminé en una villa”. Se instaló en Ciudad oculta, una de las villas más populosas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y se ganaba la vida en el trabajo que le saliera al paso. “Jugábamos al fútbol por plata. Era poner lo que ganabas laburando durante la semana y, si no ganabas, chau, no había morfi…Me acuerdo que había un equipo donde eran todos ex convictos, había uno que jugaba con un revólver atado en la cintura… Imaginate pegarle una patada a ese…”, cuenta, entre risas, para retratar como fue su vida en aquellos años en los que se fue curtiendo mientras esperaba esa oportunidad que le cambiara la suerte.
Con la urgencia de parar la olla, la fotografía había quedado relegada. Hasta que ocurrió algo que conmocionó a la villa y a todo el país: el robo de una bebé recién nacida en Ciudad oculta. El caso llegó rápido a todos los medios nacionales. “Escucho que la gente empieza a gritar que la policía había encontrado a la nena, que la habían recuperado. Yo agarro la cámara, salgo corriendo y voy a hacer fotos de eso porque era todo un suceso… La mamá llega a la casa con la chiquita y yo estaba ahí empujándome con los noteros y con los fotógrafos como si fuese un reportero gráfico. Pero, a diferencia de ellos, a mí me dejan entrar a la casa porque me conocían de la villa, yo jugaba al fútbol con el padre de la nena”, cuenta.
Un par de días después, con la noticia circulando en todos los grandes medios, los periodistas llegaron a Ciudad oculta en busca de los protagonistas de la historia y Jorge los acompañó hasta la casa. Como la familia no se encontraba en el lugar, les ofreció las fotos que le había sacado a la madre en el momento del reencuentro con su hija. Uno de esos periodistas le recomendó que llevara el rollo hasta la redacción de la revista Gente porque ahí le iban a pagar por las imágenes: “Enfrente de mi casa vivía un correntino que siempre me pedía para el vino, tomaba bastante, pobrecito… Siempre me mangueaba y yo le daba cuando tenía. Me acuerdo que esa noche le digo: ‘Che Ismael, me tenés que salvar esta vez’. Y él me contesta: ‘Chamigo, estaba esperando que un día me pida usted también’. Así que él me prestó plata para el colectivo y me fui hasta Azopardo y México donde quedaba la revista”.
En la revista Gente, no sólo le compraron las fotos que había sacado, sino que Hugo Ferrer, el Jefe de Redacción, le encargó que hiciera nuevas fotos de la madre junto a su hija recuperada. Por ese entonces, el tucumano trabajaba en una carnicería y esa fue su primera experiencia como fotorreportero profesional: “Cuando me dan la revista donde sale la publicación con las fotos que yo hago con mi nombre, lo primero que hago es tomarme un tren y venirme a Tucumán a ver a mis viejos que hacía mucho que no los veía. Les traigo la revista y estaban todos orgullosos. Me acuerdo que me habían pagado 500 pesos y yo hacía rato que no veía un billete de 100… estaba muy feliz”. Por ese entonces, la revista Gente era uno de los medios gráficos más populares de la Argentina y su tirada competía con la de algunos de los grandes diarios nacionales, como Clarín y La Nación. Para Jorge fue como debutar en la primera de Boca.
El fotoperiodismo no sólo era la posibilidad de dedicarse a lo que más amaba, sino también una chance concreta para progresar económicamente. Cuando volvió a Buenos Aires llamó al teléfono de la revista que le habían pasado con la ilusión de que le encargaran nuevos trabajos. Aunque quizás sólo había sido un gesto protocolar; una forma diplomática de sacárselo de encima. Después de todo, seguía viviendo en Ciudad oculta y eran pocas las empresas que contrataban a gente de una villa, menos un medio de la envergadura de Gente, pensó. Pero no perdió las esperanzas y llamó una vez, llamó otra vez y a la tercera Ferrer lo atendió y le dio una misión. Más que un encargo sonaba a una prueba de fuego para que Jorge demostrara si de verdad tenía pasta de fotógrafo.
“Hablo y me dice ‘Luengo ¿conocés el teatro Opera?’ le dije que sí, obvio, pero qué iba a conocer, no tenía ni idea. Cantaba Mercedes Sosa y me encargó que hiciera fotos del show y de ella en el camarín. Me voy hasta el Opera con el único rollo que tenía, le hago fotos a Mercedes cantando… imagínate la emoción que tenía, era la primera vez que la veía. Después salgo al hall del teatro y empiezo como a querer buscar el camarín para hacer las fotos y me dicen que no, que era imposible que entre. En eso pasa por ahí un muchacho morocho y le digo: ‘por favor, yo soy tucumano y este es mi primer trabajo para la revista’. El tipo me mira, se sonríe y me dice ‘Bueno, hubieses empezado por ahí, chango… vení por acá’… Era Fabián, el hijo de Mercedes. De pronto, aparece Fabián, me dice ‘vení’ y, cuando abre la puerta del camarín, le dice a Mercedes: ‘Mamá, mirá, este chico es tucumano y es fotógrafo de la revista Gente’. Y yo la miro, estaba sentada en un sillón, se la notaba cansada porque acababa de terminar el show. Se para, me abre los brazos y me dice: ‘Hijo, vení, vení, dame un abrazo’… Oh, no sabés la emoción que sentía… me temblaba todo el cuerpo”, relata y, por la cadencia enternecida de sus palabras, pareciera estar volviendo a vivir aquel momento.
Jorge Luengo se acababa de recibir de fotorreportero. De Villa 9 de Julio a Ciudad oculta y de Ciudad oculta a las páginas de la revista que retrataba a las grandes personalidades del momento, desde políticos a figuras del jet set. Nadie era del todo famoso hasta que no salía en Gente. A Jorge la vida le sonreía, pero el destino le tenía reservado otra sorpresa.
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La primera vez que Maradona vio a Jorge Luengo, Diego tenía los ojos encendidos de furia. Fue en diciembre de 1994 y el escenario la banquina de una ruta en Punta del Este. El astro se bajó del auto crispado por el acoso de un enjambre de fotógrafos que lo seguían en una caravana de ocho autos. Enervado y con ganas de pelear, Diego encaró al más grandote del grupo: un tucumano morocho de pelo largo al que, fiel a su verba sagaz, no tardó en bautizar.
- Escúchame una cosa, Indio, córtala con el seguimiento porque vamos a terminar mal… ¿Escuchaste?
Jorge lo escuchó, pero no le hizo caso. Volver sin la foto era poner en peligro su trabajo.
“Cuando Diego me mira, me mira enojado. Eso fue después de la suspensión en el mundial de Estados Unidos y Diego había quedado muy triste, muy bajoneado. Cuando se bajó del auto estábamos todos los fotógrafos, pero me hablaba a mí, en singular. Entonces yo me quedo helado, no me sale ni una palabra, y él se da media vuelta y se va. Volvemos al auto, hacemos como cuatro o cinco kilómetros más y vuelve a frenar y a bajarse. Yo ya estaba afuera del auto, con la cámara en la mano, listo para hacerle la foto. El tipo estaba otra vez enfrente mío y me dice: ‘¿Qué te dije, Indio? No quiero fotos, cortala con el seguimiento que vamos a terminar mal’ Si querés hacer fotos, andá esta noche al boliche Coyote que voy a estar ahí, pero no me sigas más’. Ahí me la jugué y no lo seguí. Conociéndolo a Diego, después con los años, estoy seguro que miró por el espejo retrovisor para comprobar si me había quedado o todavía lo seguía”, cuenta cómo fue ese encuentro con un Maradona en modo diablo.

A la noche, sentado en un sillón del boliche, esperando para ver si cumplía con la promesa, Jorge sintió que lo abrazaban con fuerza desde atrás. Era Diego. “Me quiero incorporar por una cuestión de respeto y para poder hablar con él, pero me sostenía para que me quede sentado. Ahí me dice que no le había gustado lo del seguimiento y yo le pido disculpas, le digo: ‘Perdóname, Diego, imagínate, yo soy fanático tuyo, vos sos mi ídolo, mirá si te voy a hacer enojar… ¿Sabés qué, Diego? vivo en Ciudad oculta, me vine de Tucumán, y si pierdo el laburo estoy en el horno’. Y sabés que ahí me dio un abrazo, te juro que fue como si me abrazara con el corazón, me dio un beso en la frente y me dijo: ‘A partir de ahora, me vas a hacer las fotos, pero perdóname vos a mí, yo no tendría que haberte hablado así’…Casi me largo a llorar como una criatura, pero me la banqué porque fue muy fuerte tenerlo ahí a Diego y que me esté diciendo eso, imaginate. A partir de eso, Diego no falló nunca a su palabra porque no dejé de hacerle fotos hasta el 2014”, recuerda. No iba a ser esa la única vez que Diego Armando Maradona le pida perdón.
“Creo que él ahí vio que me brillaron los ojos y habrá pensado este me quiere de verdad o se cagó todo… después conociéndolo, Diego es un ser maravilloso, lleno de amor. Yo creo que le hablé con tanta verdad del corazón que ahí se produjo la conexión…cuando yo le digo que vivía en la villa y que ese era el primer trabajo bien que tenía, ahí quizás me empezó a ver de otra manera. Si Diego tenía algo que le sobraba, era memoria, porque jamás se olvidó de lo que él me dijo y de muchas cosas que nosotros hablamos después. Estando los dos en Dubái, tomando mate, recordamos muchas cosas que habíamos hablado… te acordás de esto y de lo otro… era tremenda la memoria que tenía”, reflexiona.
A partir de ahí, Luengo empezó a fotografiar a Diego en eventos y cada vez que le tocaba cubrir la temporada en Punta del Este. Lo retrató, por ejemplo, cuando Maradona confesó por primera vez su adicción a la cocaína ante la prensa en el marco de la campaña “Sol sin drogas”. Lo que comenzó como un vínculo profesional entre fotógrafo y fotografiado, se volvió una relación estrecha cuando el astro le franqueó el acceso a su intimidad y a su familia: “Me lo encontraba para sus cumpleaños o para el cumpleaños de las nenas, Dalma y Gianinna, porque me llamaba para que yo le haga las fotos familiares. Y bueno, así comenzó la relación no solo con él, sino también con su familia”.
Jorge, El Indio, El Negro, estuvo a la par de los Maradona, incluso en los momentos más difíciles para el futbolista: “Cuando Diego casi pierde la vida en Punta del Este, yo me quedé cuidando a Dalma y Gianinna. Claudia estaba abocada a Diego ahí en la clínica y me pidió por favor si podía cuidar a las chicas y yo me quedé cuidándolas. Abandoné el trabajo, corrí ese riesgo porque, si la directiva de la revista se enteraba, por ahí me corrían, qué se yo… Después hice las fotos de Diego Internado. Él me pidió que se las haga, me dijo: ‘Vení a hacerme las fotos que la gente está diciendo que estoy muerto, que me voy a morir, pero yo estoy vivo y voy a seguir viviendo’”.

Y estuvo cuando Diego se instaló en Cuba en enero del 2000 para realizar un tratamiento de rehabilitación de las drogas en la clínica La Pradera. En la isla tuvo el privilegio de retratar al ídolo junto a Fidel Castro: “Yo nunca dejé de sorprenderme, que es lo mejor que le puede pasar a un fotógrafo. Porque ante la sorpresa de una mirada o de ver algo surge una foto. Lo que te quiero decir es que Diego me sorprendía todo el tiempo con las cosas que hacía o con las cosas que decía. Porque la verdad que ver cómo Diego la peleó para poder salir de esa situación en Cuba fue mágico también porque él se ponía mucha fuerza a todo”.
Y ahí en Cuba gatilló la que fue la foto preferida de Maradona. En la imagen icónica se puede ver a su madre, Doña Tota, besándole la frente mientras un Diego de un rubio amarillento descansa en una hamaca paraguaya: “Diego, después del almuerzo, hacía la siesta ahí, en la hamaca. Unos días antes se había teñido el pelo de rubio y todo lo que hacía era una foto nueva, entonces yo estaba atento a su rutina. Él se acuesta ahí y Doña Tota estaba mirándolo por la ventana y yo me doy cuenta que ella lo observaba con mucho amor. Y agarró una sillita, se fue, se le puso ahí al lado, lo abrazó y le dio ese beso… yo capté todo eso, estaba en silencio, sin hablar nada, ya veía lo que se venía. Es como que uno está esperando como un cazador. Esa es la foto preferida de Diego y te digo que mía también porque fue un momento de mucho amor entre ellos. Diego le escribía cartas como de novio a la Tota y le firmaba ‘Tu novio, siempre’. El amor que tenía de ella era incondicional, por eso también a Diego lo afectó mucho cuando murió, la pérdida de los padres le afectó un montón”.

Fueron 20 años que Jorge pasó retratando a Maradona y acompañándolo en Cuba, en el mundial de Sudáfrica cuando fue DT de la selección y en Dubái cuando estuvo a punto de salir campeón de la Copa del Golfo dirigiendo al Al Wasl FC. Son miles las fotos de su prolífico acervo maradoniano, pero con la muerte de Diego muchos de esos proyectos quedaron suspendidos. “Cuando falleció eso me puso muy triste y esperé un poco que se me pase. Desde el año pasado vengo pensando en mostrar mi trabajo que era un proyecto que teníamos en conjunto con Diego porque él sabía lo que yo estaba haciendo”, confiesa desde la localidad de La Trinidad donde está viviendo junto a su pareja, Soledad.
Apenas una parte de ese extenso trabajo fotográfico es el que quedó documentado en “Diego”, el libro que acaba de publicar con las fotos del partido homenaje de Maradona del 10 de noviembre del 2001. Se trata de un registro íntimo porque Luengo no sólo tuvo acceso al detrás de escena de aquella emotiva despedida, sino que también fue el único fotógrafo autorizado a entrar al campo de juego: “Ese partido fue después de su recuperación en Cuba y lo primero que le pasa a él es querer volver a Argentina y volver a la cancha de Boca porque eso lo hacía feliz. Pero también sabía que era su despedida del fútbol, aunque él quería que le digan homenaje, es decir, era la despedida de nada más y nada menos que Diego Maradona, es un suceso mundial y este año se cumplen 25 años, así que es como hacerle un homenaje. Yo siempre quise hacer algo grande de Diego y él en 2011 me autorizó para que yo pueda usar sus fotos, de hecho, lo del libro fue un poco ideal de él también. Cuando estábamos en Dubái un día me dice: ‘Hacete un par de copias y nos damos un par de vueltas por el Golfo que seguro unos mangos te vas a llevar’”.

El partido homenaje a Diego
“Durante el partido homenaje yo estuve con Diego en la cancha, mi lugar fue un lugar privilegiado… lo que veía Diego, lo veía yo también… Imagínate, la emoción tremenda que sentía y un poco de miedo también porque Diego estaba tan emocionado… lloraba tanto que por un momento me dio miedo de que le pase algo porque no estaba todavía recuperado del todo del corazón”, remarca quien fue testigo del detrás de escena de una de las frases más memorables de la extensa enciclopedia maradoniana: “Después del partido, estamos volviendo al hotel en la camioneta y Guillermo Coppola le decía ‘qué frase metiste’, por ‘la pelota no se mancha’y él se jactaba y le decía ‘¿viste? La tengo anotada en un papelito’, pero era mentira, no tenía nada… Fue todo tan maravilloso que parecía guionado, pero no, fue algo espontáneo”.
Maradona jugando con la pelota. Maradona fumando un habano. Maradona a punto de desbarrancarse del palco de La Bombonera. Maradona atlético. Maradona gordo. Maradona con rulos. Maradona rubio. Maradona con un mechón platinado. Maradona dentro de una cancha devorándose el mundo. Maradona fuera de la cancha fagocitado por las luces de la fama. Maradona lleno de vida. Maradona al borde de la muerte. Maradona todopoderoso. Maradona vulnerable. Maradona, siempre Maradona. Los mil y un rostros de un ser inabarcable ¿Qué tenía Diego Maradona para que las cámaras sucumbieran ante la fascinación que generaba su imagen icónica? Jorge ensaya una respuesta: “Para mí él era San Martín; un cuadro de San Martín con piernas y con las piernas de Maradona… es decir, un cuadro que, de repente, agarraba una pelota y hacía jueguitos o te hacía un caño mientras pasabas. Era muy gracioso… Diego tenía un humor hermoso, era tremendo. Pero no es que él generaba la foto, sino que él era así todo el tiempo, por ejemplo, estábamos charlando en la mesa y él agarraba un pedacito de papel y empezaba a tirar para embocarlo en un vaso que estaba en la otra punta y lo embocaba a la primera. A mí me encantaba fotografiarlo porque era muy expresivo para las fotos”.
Uno podría pasarse horas y horas conversando de Diego con Jorge Luengo, en su hablar campechano se traduce un cariño irrevocable por aquel hombre al que conoció rodeado por un halo de beatificación cuando recién arrancaba su carrera a la gloria. Antes de despedirme de él, me deja una anécdota que refleja la naturaleza de ese vínculo íntimo y visceral que lo unía a Maradona. Fue durante los días que compartieron juntos en Dubái. Un día en que a Diego se le antojó cenar pollo con papas al horno y el fotógrafo tucumano tenía la difícil tarea de explicarle a una cocinera tailandesa el menú. Fue esa la segunda vez que, a su manera, Diego le pidió disculpas: “Estábamos los dos solos y ya parecíamos marido y mujer, en el sentido de que hacíamos todo juntos. Un día me pide: ‘Indio, decile a la chica que haga un pollo al horno’. Yo hablo cero inglés y ella tampoco entendía, así que agarro un pollo, abro la cocina y lo meto adentro. Después, agarro la papa y la meto al horno con el pollo. Le hago el gesto y me dice ‘okey, okey’. Cuando volvemos a la noche ya estaba preparada la cena y, cuando Diego la destapa, hay un pollo con papas fritas… No te puedo explicar la cara de culo que puso, me mira y me dice: ‘te dije, Indio, con papas al horno… la concha de tu madre’. Y yo ahí me enojo y me caliento, como todo tucumano cuando lo putean, y le respondo: ‘Pará, qué la concha de tu madre… Escuchame una cosa… Sabés que mi mamá es como la Tota, para vos. Así que es la última vez que me decís así ¿Ok?’ Me levanté y me fui a mi cuarto a las puteadas. Después me quedo dormido y me despierto a las cinco de la mañana y lo tengo a Diego parado en la punta de la cama que me movía el pie para despertarme. Abro los ojos y le digo: ‘¿Qué pasa? Y me contesta: ‘dale, cumpa, vamos a tomar un café’. Diego era un niño caprichoso, fue un niño toda la vida”.









