"Metrópolis fue mítica y a la última noche la animé yo"
HISTORIAS DE ACÁ
Luis Soria fue el locutor y animador emblemático del templo de la música popular en Tucumán a punto de ser demolido para convertirlo en una playa de estacionamiento. Un repaso único y revelador sobre las noches míticas del boliche que marcó para siempre a una generación: "Los domingos entraban 5 mil personas, fue el lugar más increíble que existió".
Luis Soria, en su lugar en el mundo.
Luis Soria viene manejando por General Paz o 9 de Julio y cuando el semáforo en rojo lo obliga a frenar, mira. Lo que mira es un edificio construido en el 20, estilo art decó, en manos de José Pasteri. Es un monumento que ocupa toda la esquina y abraza a las calles que la forman. Es, por ejemplo, donde funcionó el glorioso cine Edison. Pero lo que mira Luis Soria cuando mira la esquina de 9 de Julio y General Paz trasciende a una fachada o a un beso robado en la última butaca. Hasta que el semáforo se ponga en verde, la mirada de Luis Soria abrirá de par en par esas puertas pesadas de vidrio, dejará un billete en la ventanita con rejas de la boletería, gambeteará el cacheo, se correrán las cortinas y ahí estará nuevamente él sobre el escenario con el micrófono en mano justo para cuando el reloj marque las 12 de la noche y la ovación de 5 mil cuerpos delire por las palabras más esperadas: “¡Damas y caballeros! ¡Chicos y chicas! ¡Bienvenidos a la noche de Metrópolis!”
Cuando abre los ojos, lo que ahora escucha Luis Soria son las bocinas de los autos: el semáforo se puso en verde y la vida, como todo show, debe continuar. Y de hecho continúa la vida de Luis Soria, el presentador de Metrópolis, mientras maneja por 9 de Julio rumbo a la avenida Roca o por General Paz en dirección a la Sáenz Peña. Pero hay una sensación que le ocupa el asiento de al lado: “Me enteré de boca a boca que están por demolerla y hacerla una playa de estacionamiento para autos. Es algo que no puedo imaginar, pero si lo veo será la misma sensación que me pasa cuando paso por esa esquina y la miro, y no paro de mirarla. Metrópolis a mí me dejó millones de recuerdos de noche. Era un lugar terrible, con una historia tremenda, un lugar distinto a todo lo demás, era un lugar mítico y no creo que exista en la vida un lugar con el que la gente se sienta tan identificada”.
Luis Soria empezó a trabajar en Metrópolis en 2001, cuando no había crisis que impidiera lo que pasaba cada viernes, cada sábado y sobre todo cada domingo a la noche de Tucumán. “Era impresionante la necesidad que la gente tenía por ir. Se moría de ganas por ir. Todo el mundo quería ir: el cumbiero y el no cumbiero también. El no cumbiero iba los domingos. Los viernes era un ambiente más juvenil, el sábado más entreverado, y el domingo era el de mejor nivel: los domingos se iba a bailar cumbia. Los viernes metíamos 2 mil personas, los sábados unas 3 mil y los domingos, en víspera de un lunes feriado, 5 mil personas. Una locura”, recuerda este sábado a la noche en diálogo con el tucumano.
Noches míticas de Metrópolis hubo miles, pero Luis Soria recuerda especialmente la de un domingo: “En la cabina con DJ Vera o DJ Agüita, teníamos monitores donde podíamos ver las colas sobre la General Paz que llegaban hasta la Buenos Aires, y sobre la 9 de Julio que llegaba hasta Las Piedras. Esa noche las puertas se cerraron a las doce y quedó una multitud afuera: y no es porque tocara alguna banda o cantante. La gente iba a la Metro por la Metro. No necesitaba de nadie. Cuando en la puerta dijeron que no entraba más gente, la gente lo mismo se quedó toda la noche afuera. Los vehículos no podían circular. Se quedaban a ver si existía la posibilidad de entrar. Yo nunca vi algo así”.
Esas personas que quedaban afuera aquellas noches quizás eras vos que estás leyendo esta nota o vos que también cerrás los ojos y tenías revancha al domingo siguiente y entrabas. Y cuando entrabas, acompañado por la voz del locutor, hacías tu recorrido para analizar el panorama, la primera vuelta con tus amigos y amigas, hasta que encontrabas el lugar donde querías estar toda la noche: “Yo entré a trabajar como el único locutor de Metrópolis después de Gerardo Orellana. Desde el escenario veía entrar a la gente. En ese momento no existía el vip. Todo era liberado. Cada persona tenía un lugar donde iba, debajo de las escaleras, a las tribunas de los costados, debajo de la pasarela, o en la pista principal de abajo, la popular”.
Después de dar arranque a la noche con el primer bloque de tropicales, empezaban las arengas de Luis Soria: “¡Que levanten las manos los solteros! ¡Los que no tienen compromiso! ¡Los que nunca van a ser gobernados! ¡Los que no tienen suegra! ¡Los que no se van a casar nunca! ¡Los que mañana faltan al trabajo!”. Y con las manos arriba de todos se armaba una ola de cuerpos pegados piel a piel bailando en la sintonía que solo las mareas humanas pueden lograr y encima se viene el segundo bloque con los cuartetazos y agarrate porque se viene la XXI y “Aiosi se quema, Paola se quema, Marcela se quema, Teresa se quema, Milagros se quema, se quema, pero paren esa música, ¿y esto no empezaba así señores? Vamo’ maestro, la trompeta, y dice así”. Y cuando sonaban las trompetas, el tiempo se suspendía por un segundo, tomabas aire y ahora sí: “Otra vez… el mismo calor”.
El Mocho Miguel y el Choco eran habituales ahí arriba cerca del escenario de Luis Soria: “Había gente que iba siempre. Los artistas se quedaban después de tocar el sábado para ir el domingo, los futbolistas si habían ganado iban a festejar para ahí a la noche. Y ahí entraba con La cumbia del bailarín la pregunta de rigor: ¿Dónde están los hinchas de Atlético? ¿Dónde están los hinchas de San Martín?”. En ese momento, al compás del clásico, sonaba: “Dale dale dale dale dale De… Oh soy Decano… Es un sentimiento… No puedo parar…”. O: “Dale dale dale dale dale Ciudadé… Oh soy del Santo… Es un sentimiento… No puedo parar…”. Lo recuerda Luis: “Era tremendo ese momento y, aunque a mí no me guste, siempre se escuchó más a los hinchas de San Martín, eran los que más respondían. Lo mismo pasaba cuando preguntaba dónde están los hinchas de Boca o River”.
Después de un bloque más de cuartetos del recuerdo, venía la parte final con la cumbia del recuerdo: “Sonaban Los Bybys, el Monstruo Sebastián, Los Charros y la gente ya sabía que se acercaba el final, que ya se hacían las seis. Cuando se abrían las puertas, le metías un choripán de la plaza de Tribunales y cuando llegabas a tu casa un Sertal”, se ríe Luis Soria, quien conoció como nadie el sentimiento de la gente que iba a Metrópolis: “Yo hacía El Exclusivo de Metrópolis, por la 98.5, FM Caribe. En esa época, no te dabas cuenta dónde estabas. Todos se morían por ser el locutor de Metrópolis. Yo era una estrella, pero nunca le di la espalda a la gente. Fue una época que me marcó, que a todos nos marcó”.
Es una marca que empezó a cerrarse por la ley de las 4 am, cambios de grilla, nuevos públicos y otros ingredientes. “Dejé de trabajar cuando Metrópolis estaba muy bien. Se perdió la noche del viernes por falta de gente, después la noche del sábado, quedó con la noche del domingo solamente hasta que se fundió. Volvió con otra productora: me volvieron a llamar a mí solamente para trabajar hasta que pasó lo que iba a pasar: cerró y a la última noche de Metrópolis la animé yo. Vinieron los dueños un rato antes de largar y me dijeron: ‘Mirá, Luis, hoy es la última noche’. En ese momento supe que no iba a volver más. Miraba desde arriba del escenario, caminaba, esa noche tocaban tres bandas en vivo: Daniel Agostini, Los del Fuego y Diego Olmos. Fue el 16 de junio”.
Hoy, a punto de ser demolida, Luis Soria vuelve a pasar por la esquina que marcó a una generación de tucumanos y tucumanas. Hay matrimonios con hijos que se conocieron ahí. Hay amores inolvidables que duraron una noche y nunca más se volvieron a ver. Con los timbales de fondo y un lamento, como una flor marchitándose en la voz de Los Charros y “Ay ay ay, cómo me duele”, así fue cerrándose el templo de la música popular eternamente regado por vasos de fernet de litro o las sangrías hasta el último cospel en el cierre de Luis Soria, el locutor de Metrópolis: “Esas noches que entraban 5 mil personas, a todos les pedíamos que por favor no se detuvieran en las escaleras. Y la gente circulaba, elegía su lugar donde bailar, me pedían un tema para alguien, o para el barrio, y yo les daba con el gusto, desde ahí arriba, en el escenario del lugar más increíble que tuvo Tucumán”.










