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"Todos acá tenemos el mismo objetivo: llevar el pan a la casa"

Historias de acá

Joaquín Herrera es el vendedor que trabaja en uno de los puestos históricos de la fiesta de San Cayetano, que este año tuvo más fieles que el año pasado. Más de tres décadas siempre en el mismo lugar, junto a la gruta del santo. “Yo le agradezco al santito porque esto es una cadena, si a la gente le va bien, a mí me va bien”.

Los fieles y el santo. Fotos de Gerardo Iratchet.





Como cada siete de cada mes, Joaquín Herrera se ubicó con su mesita de artículos de santería a la par de la gruta del santo, a metros de la puerta del Colegio San Cayetano donde hizo la primaria hace más de una década y donde ahora asiste su hija, Athena. Hoy fue más temprano que de costumbre, a las seis de la mañana, cuando el día era aún oscuridad y en la capilla comenzaba la primera misa en honor al santo al cual miles de fieles tucumanos acuden para pedir que no les falte ni el pan ni el trabajo. Y más ahora que la calle está tan dura y la vida tan cara. También están aquellos que le agradecen, los que se mantienen a flote, los que la reman, los que tienen eso que a tantos les escasea: laburo y un plato de comida en la mesa. “Vino más gente que el año pasado, estuvo muy llena la procesión. Hoy me quedo hasta las doce de la noche”, dice el joven que custodia el puesto que tiene más de 30 años, siempre en el mismo lugar, siempre a la par del santo. 

“La verdad que se vende más de lo habitual porque todos vienen a pedir y a agradecer por el día de él. Lo que más se vende es la vela, la espiga, la escobita de la abundancia y el pancito para que nunca falten el pan y el trabajo”, cuenta el joven de 29 años que desde hace ocho se dedica a la venta ambulante, aunque él prefiere definirse como un trabajador independiente.  Joaquín va con su puesto de artículos de santería de fiesta patronal en fiesta patronal, incluso a otras provincias, pero es aquí y, sobretodo hoy, que está firme en el puesto que perteneció durante más de 30 años a su familia política. Fue Zulema, la abuela de su esposa, Pía, quien arrancó hace más de tres décadas y hoy son ellos quienes siguen firme con tres mesitas donde proliferan estatuillas, estampitas y las ofrendas a San Cayetano


La relación entre Joaquín y el santo empezó hace ya mucho, en los tiempos en que el vendedor iba a clases en el colegio que lleva su nombre, justo acá donde está también la capilla donde los miles de fieles le piden o le agradecen. “Yo le agradezco al santito porque, gracias a Dios, vivo de esto. Es una cadena, si  a la gente le va bien, a mí me va bien porque me compran más”, explica el vendedor que, a diferencia de muchos funcionarios y teóricos de nuestro mercado interno, parece haber entendido cómo funciona la economía real, la que vive y se genera en la calle. Por eso, Joaquín es de los que agradecen. 

“Es una de las fiestas a la que más gente concurre, es más grande que la de San Roque. Hay mucha gente mayor que viene a pedir y a agradecer por los hijos. Vienen a agradecer siellos ya han conseguido trabajo. Acá se arma tipo kermese, siempre hay puestos de comidas”, cuenta Joaquín las particularidades de esta fiesta popular que se repite año a año. Aunque los siete de agosto se conmemora la muerte de Cayetano de Thiene, por todos conocido ahora como San Cayetano, en la ciudad italiana de Nápoles, en 1547, entre los puesteros se dice que esta fecha es “el cumpleaños del santo”, según dice Joaquín. Será porque prefieren recordarlo con vida, por siempre cumplidor. 


Por las más de tres décadas del puesto que fue de la abuela de su esposa, por su trabajo constante desde hace ocho años en el mismo lugar, el de Joaquín es un rostro reconocido por los ambulantes que se dan cita para la fiesta y que colman con sus puestos las inmediaciones de la capilla, entre ellos, alrededor de 20 están dedicados a la venta de artículos de santería. “Los vendedores ya nos conocemos desde hace muchos años y a este  puesto todos lo conocen. Todos acá tenemos el mismo objetivo: llevar el pan a la casa. Los vendedores son de ley, nadie caga a otro, nos ponemos de acuerdo en los precios para que todos vendamos bien”, reflexiona Joaquín mientras continúa vendiendo las velas que iluminarán muchos deseos más de pan y trabajo.