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"Funciona": Sebastián Failla, el genio que creó lo que Tucumán más necesita

HISTORIAS DE ACÁ

Tiene 37 años, es carpintero, inventor y vive en Famaillá. Una noche de cuarentena despertó de un salto durante la madrugada con una idea y fue al taller donde trabaja. Qué dicen los médicos asombrados y cómo piensa el héroe que ayuda a combatir la pandemia. VIDEO

Sebastián en su taller. Las fotos son gentileza del creador tucumano.





A Sebastián Failla la crisis del 2001 lo encontró con 18 años y una decisión: sin trabajo en Tucumán, se fue a probar suerte a España. Con una mano atrás y otra adelante: una valija en la mano derecha y la mano de Carmen, su novia desde los 15 años, en la mano izquierda. “Sin whatsapp ni tantas redes sociales como ahora, la pasamos duro allá. Ambos perdimos a nuestras madres temprano y eso nos unió mucho: estábamos solos en España, éramos novios, amigos, todo. Si no llegábamos a pagar la luz, entre los dos nos ingeniábamos para salir adelante. Ni se nos ocurría llamar acá para que nos ayudaran. Esas cosas nos forjaron el carácter”.

Luego de vivir 10 años en Marbella, Sebastián, Carmen y Alejandro volvieron hace seis años a Tucumán. Alejandro había nacido en España, Sebastián trabajaba a gusto como encargado de una empresa de licores en una empresa familiar que le permitía llevar a su hijo al trabajo, y Carmen trabajaba codo a codo por su lado y entre los dos el sacrificio no se negociaba. Pero algo faltaba y es lo que se encuentra en la provincia donde uno nació, en el pueblo donde se crió, en las calles del barrio donde jugó: “Estábamos bien allá: teníamos auto, hasta un cuatriciclo, pero la familia tiró más: mi papá, las tías de mi señora, todos lo querían conocer a Alejandro, y nosotros queríamos que él creciera como nosotros, jugando en las calles, haciendo amigos. Así fue, así volvimos”.

Ya en Famaillá, a dos cuadras de la plaza, Sebastián Failla, a sus 31 años (ahora tiene 37) volvió a empezar de cero: en su casa montó un taller y empezó a trabajar con madera blanda, melamina, mdf: “Mi trabajo, de lo que vivo, es haciendo muebles, escritorios, mesas y souvenirs para las fiestas. Pero ahora he tenido que cerrar mi taller por la cuarentena y por la misma razón no hay fiestas y por ende nadie compra souvenirs. Es decir, no estoy en condiciones de invertir todo lo que se necesita en materiales para hacer lo que estoy haciendo, pero lo hice y lo sé hacer”.

Antes de meternos (sin salir de casa) en lo que está haciendo, vale como anticipo decir que mientras Sebastián armaba la valija para irse a vivir a España, o mientras Sebastián controlaba la descarga de licores en Marbella, o en los ratos libres de Sebastián durante el fin de semana, siempre hubo una idea que acompañó a Sebastián: “Siempre me gustó todo lo que tiene que ver con la electrónica, desde chico. Armo, desarmo, veo, estudio. Aprendo de los tutoriales, pero la lógica del funcionamiento ya la tengo incorporada. Hace unos años inventé una cortadora de madera que funciona sola. Me llevó muchas noches, casi un año hacerla. Comprarla cuesta 300 mil pesos, yo la hice con 7 mil. Es mi chiquita, dormía pensando en ella. Hace dos años que la veo cortando madera sola. Es un orgullo”.

Con ese antecedente y la necesidad de hacer algo ante el brote de la pandemia propagada por el coronavirus, a Sebastián se le ocurrió una idea: había comprado una impresora 3D, volvió a ponerse en contacto con los afectos de España, le mandaron archivos, moldes y el sueño empezó a tomar forma: crear respiradores electrónicos para aliviar la tarea de los enfermeros y los médicos: “Mi viejo de chico ha sido quien me había dado las herramientas, ahora tengo una carpintería artística y desde hace un tiempo me metí en el mundillo de la electrónica. Las computadoras siempre han sido lo mío, tengo la impresora 3D que compré, y armé seis impresoras 3D más propias: así inventé el respirador electrónico”.

“Lo más difícil en Tucumán es encontrar algunos elementos como el rodamiento lineal, que es como un ruleman que se desplaza lateralmente. Todas las impresoras 3D tienen la misma base para crear lo que sea: son tres los ejes principales, X se desplaza lateralmente, Y de atrás para adelante y Z de arriba a abajo. Esa es la base. Con esa impresora hice el primer respirador y estoy haciendo máscaras protectoras para médicos y enfermeros. Todo fue donado a los hospitales del Sur: ya han llegado a Famaillá, Santa Ana, Bella Vista y Lules”.

¿Cómo se hace una máscara protectora en una impresora 3D? “Hay páginas en internet que te dan el molde y el diseño listo: sólo hay mandar a imprimir después de descargar el archivo. Una máscara completa demora 3 horas completas, con el soporte de acetato incluido. Eso me ha dado cancha y al respirador lo he creado en una semana: la estructura se ha hecho en madera, es un prototipo que se puede mejorar aún más. La bolsita de silicona azul es un ambu, el respirador manual que tiene el enfermero. Lo que hace la mecánica es prescindir del enfermero o el médico y ayudar a respirar al paciente, claro”.

Las máscaras creadas por Sebastián para los hospitales del sur tucumano.

Una vez realizado el prototipo, la pregunta que se cae de madura es qué dice la medicina ante la creación de Sebastián Failla: “Ya lo he presentado ante los enfermeros y médicos y a los directores del hospital. Quiero dejar en claro que no quiero sacar ningún beneficio de esto: mi fuerte es la carpintería, me dedico a la madera. Especialistas en medicina me asesoraban: ninguno creía que iba a llegar el momento y ande. Pero anda. No va a reemplazar ni a quitarle el protagonismo al respirador de los hospitales, que te mide la presión del aire, pero esto aliviana al médico o al enfermero para que no tenga que estar bombeando mientras está desbordado. Un respirador como el que hice con la impresora 3D vale 200 mil pesos. A estos se los puede hacer con 6 mil pesos”.

Con el visto bueno de los que que no creían, de los escépticos, la pregunta que ahora se impone es si el héroe sin capa en formato 3D ha recibido el llamado del Ministerio de Salud o de autoridades sanitarias o gubernamentales en esta lucha contra el coronavirus: “No. Los pocos que se han contactado son personas que me dicen: ‘Te lo compro’. Es como que nadie cree todavía en lo que está pasando y esta opción: la gente no era consciente que llegue una enfermedad así y que hicieran falta respiradores. Yo mismo, cuando vivía en España, nunca imaginé este escenario y ver las noticias de lo que pasa allá me conmueve especialmente. Lo digo porque he vivido: era poco creíble que llegara a países así donde como España o Italia donde la salud es insuperable, tienen hospitales de otro mundo, con la mayor rapidez para atender un paciente, pero están desbordados. El hospital público allá es mejor que el privado. Junto a Italia son los mejores: en épocas normales, los alemanes van a operarse a España, y los franceses a Italia”.

Con la inteligencia, el conocimiento, el esfuerzo y la solidaridad para crear más respiradores en esta pandemia, a Sebastián se le hace la última pregunta y tiene que ver con lo siguiente: durante todas esas horas de trabajo silencioso en su taller, viendo diseños, readaptando moldes, armando sus propias impresoras 3D, calculando cuántos respiradores puede hacer si dispone de todos los materiales, si mientras todo esto pasa él piensa en que su creación puede salvar una vida o ayudar a salvarla. Es mucha responsabilidad pensarlo así. Lo que sí te puedo decir es tengo dos hijos: Alejandro, de 10, y Gaetano, de 5. "Ellos me han visto empezar desde el primer día con este proyecto. Me han visto no dormir de noche. Me han preguntado: ‘Papá, ¿la vas a vender?’ Y responderles: ‘No es para vender, es para ayudar’. Que mis hijos lo entiendan me llena".

Y el último párrafo, claro, para ella: "Que me apoye mi mujer es único: yo me despertaba en el medio de la madrugada con una idea, de un salto me iba al taller y con esas ideas mejoraba el prototipo del respirador. Puedo hacer un respirador electrónico total como los que se necesitan en los hospitales: lleva una configuración que conozco, tengo la electrónica, necesito las plaquetas. Todo el tiempo pienso en esas ideas. Y cuando se me ocurre una buena idea, como si fuera un niño me voy a contarle a mi señora en medio de la noche. Ella toda dormida me escucha, y me dice: ‘Bueno, bueno, ya mañana hablamos’. Llevamos 22 años juntos. Ya me conoce. La dejo descansar. Y vuelvo al taller”.

Paso a paso, la creación:






Carmen, Gaetano, Alejandro y Sebastián, la familia unida: