"Soy un enfermo alcohólico": tres tucumanos rompen el silencio y cuentan su historia sin filtros
TESTIMONIOS
Son integrantes del grupo Alcohólicos Anónimos y hablan sin tapujos sobre todo lo que han vivido: "Es una enfermedad de la cual se habla poco". Cómo empezaron, qué encontraron en el camino y cuál es el mensaje en este momento más necesario que nunca.
El alcoholismo afecta a miles de tucumanos y tucumanos y a millones de personas en todo el mundo.
Alberto, Manuel y Rafael están sentados en la mesa de un bar del centro tucumano. Alberto y Miguel toman café y Rafael un jugo de naranja. Dice Alberto: “Mi nombre es Alberto y soy un alcohólico recuperado en Alcohólicos Anónimos. Estamos aquí porque queremos hablar del problema que es el alcoholismo, un problema olvidado, que no se quiere ver. Una de las cosas más importantes que me han pasado es hablar con alguien que sabe lo que es alcoholismo. ¿Por qué lo sabe? Porque lo vivió. Yo recuerdo en mi experiencia psiquiátrica que mi médico era un hombre muy comprensivo, muy bondadoso, que no terminaba por comprenderme a mí. En cambio, cuando llegué a Alcohólicos Anónimos, me habla un muchacho afuera, me cuenta su historia y me doy cuenta de que es la misma historia misma con otras circunstancias, otros nombres, otros lugares, pero la misma. Este muchacho me dice: ‘Mirá, yo hace cuatro años que no bebo. Si querés, entrá’”.
Mientras Alberto habla, el resto escucha sin interrupciones como es habitual en las reuniones que se realizan en distintos lugares de Tucumán, de la Argentina y del mundo: en ronda, con el silencio como aliado fundamental para escuchar la propia voz. Sigue Alberto: “Gracias a Dios yo entré a la reunión y me quedé. Y me quedé plenamente identificado. Además recibí el cariño con que te reciben los otros alcohólicos. Los muchachos me abrazaban. Me decían que volviera. Me hicieron sentir la persona más importante de la reunión. Y como nosotros decimos: ‘El alcohólico que llega es el más importante’. Es hasta el día de hoy que cada vez que yo tengo un problema, necesito un alcohólico tanto como un alcohólico me necesita a mí. De ahí la importancia de las reuniones. Es increíble la resistencia que hay al tema de Alcohólicos Anónimos y al tema del alcoholismo en general. Lo digo yo con mi experiencia: de mi casa me iba lejos a las reuniones, no quería que me vieran que iba a Alcohólicos Anónimos, pero no tenía reparos en amanecer tirado en la vereda, lo cual forma parte del grado de locura que tenemos los alcohólicos”.
Frente a Alberto, Manuel pide su segundo cortado en jarra y dice: “Mi nombre es Manuel y soy un enfermo alcohólico. Lo que voy a contar es realmente mi experiencia, lo que me ha pasado a mí. Es lo que yo realmente he vivido. No es la historia de nadie más. He empezado a beber de joven. Cuando me doy cuenta, ya tenía una carrera de alcoholismo. Trabajaba en la Administración Pública. Prácticamente lo único que hacía era ir a firmar. Tenía una familia con nueve hijos. Todo esto lo hablo con el diario del día lunes. Supuestamente estos 30 años de alcoholismo los he vivido bastante bien. Mi familia estaba bien. Mi trabajo estaba bien. Con los vecinos no tenía problemas, con el resto de la familia tampoco. Pero mi alcoholismo fue acrecentando hasta que me internaron. En ese momento de la internación, solo, no había nadie, mirando el techo, empiezo a descubrir el camino que había transcurrido junto a mi compañero el alcohol. Salgo de la internación, tenía problemas de abstinencia que ya había manifestado en la clínica rompiendo algunas cosas, llego a mi casa y realmente no reconocía nada. Con el tiempo me doy cuenta que a toda mi vida la había hecho a base del alcohol”.
Manuel liquida de un sorbo el café y continúa: “Me llega el mensaje de Alcohólicos Anónimos. Ingreso a esta comunidad que no conocía, sigo los pasos, las reuniones y descubro que había una vida que se podía vivir sin alcohol. Cuando yo salgo de la internación había muerto mi señora. Quedé con los hijos en el mes de marzo. Tenía que anotarlos en la escuela. ¿Qué sabía yo de anotarlos en la escuela? No tenía ni idea. Si yo nunca había sido padre a raíz de este problema. Pero aquí viene lo interesante de lo mío: empiezo a encontrar la respuesta a mi gran problema hace 20 años. Gracias a ellos he podido saber dónde estaba parado y ver qué iba a hacer con mi nueva vida. Primero: que no tenía que beber. Segundo: que tenía que asistir a las reuniones. Tenía muchos frentes para encarar mi vida y darme cuenta que mi vida había sido un infierno sin saberlo. Me he dado cuenta que ahora llevo una vida mucho más sana y he podido encarar el tema familiar, el tema laboral y reintegrarme con la sociedad: antes estaba peleado con todos. Gracias a Dios, hoy puedo ser un poco más responsable de mi vida. Soy un agradecido a Alcohólicos Anónimos. Estoy con mis hijos que no es una maravilla, pero puedo ser más sincero y más de la familia. Esto es una pequeña síntesis de mi vida: estar libre del alcohol junto a mis compañeros”.
Mientras Alberto habla, el resto escucha sin interrupciones como es habitual en las reuniones que se realizan en distintos lugares de Tucumán, de la Argentina y del mundo: en ronda, con el silencio como aliado fundamental para escuchar la propia voz. Sigue Alberto: “Gracias a Dios yo entré a la reunión y me quedé. Y me quedé plenamente identificado. Además recibí el cariño con que te reciben los otros alcohólicos. Los muchachos me abrazaban. Me decían que volviera. Me hicieron sentir la persona más importante de la reunión. Y como nosotros decimos: ‘El alcohólico que llega es el más importante’. Es hasta el día de hoy que cada vez que yo tengo un problema, necesito un alcohólico tanto como un alcohólico me necesita a mí. De ahí la importancia de las reuniones. Es increíble la resistencia que hay al tema de Alcohólicos Anónimos y al tema del alcoholismo en general. Lo digo yo con mi experiencia: de mi casa me iba lejos a las reuniones, no quería que me vieran que iba a Alcohólicos Anónimos, pero no tenía reparos en amanecer tirado en la vereda, lo cual forma parte del grado de locura que tenemos los alcohólicos”.
Frente a Alberto, Manuel pide su segundo cortado en jarra y dice: “Mi nombre es Manuel y soy un enfermo alcohólico. Lo que voy a contar es realmente mi experiencia, lo que me ha pasado a mí. Es lo que yo realmente he vivido. No es la historia de nadie más. He empezado a beber de joven. Cuando me doy cuenta, ya tenía una carrera de alcoholismo. Trabajaba en la Administración Pública. Prácticamente lo único que hacía era ir a firmar. Tenía una familia con nueve hijos. Todo esto lo hablo con el diario del día lunes. Supuestamente estos 30 años de alcoholismo los he vivido bastante bien. Mi familia estaba bien. Mi trabajo estaba bien. Con los vecinos no tenía problemas, con el resto de la familia tampoco. Pero mi alcoholismo fue acrecentando hasta que me internaron. En ese momento de la internación, solo, no había nadie, mirando el techo, empiezo a descubrir el camino que había transcurrido junto a mi compañero el alcohol. Salgo de la internación, tenía problemas de abstinencia que ya había manifestado en la clínica rompiendo algunas cosas, llego a mi casa y realmente no reconocía nada. Con el tiempo me doy cuenta que a toda mi vida la había hecho a base del alcohol”.
Manuel liquida de un sorbo el café y continúa: “Me llega el mensaje de Alcohólicos Anónimos. Ingreso a esta comunidad que no conocía, sigo los pasos, las reuniones y descubro que había una vida que se podía vivir sin alcohol. Cuando yo salgo de la internación había muerto mi señora. Quedé con los hijos en el mes de marzo. Tenía que anotarlos en la escuela. ¿Qué sabía yo de anotarlos en la escuela? No tenía ni idea. Si yo nunca había sido padre a raíz de este problema. Pero aquí viene lo interesante de lo mío: empiezo a encontrar la respuesta a mi gran problema hace 20 años. Gracias a ellos he podido saber dónde estaba parado y ver qué iba a hacer con mi nueva vida. Primero: que no tenía que beber. Segundo: que tenía que asistir a las reuniones. Tenía muchos frentes para encarar mi vida y darme cuenta que mi vida había sido un infierno sin saberlo. Me he dado cuenta que ahora llevo una vida mucho más sana y he podido encarar el tema familiar, el tema laboral y reintegrarme con la sociedad: antes estaba peleado con todos. Gracias a Dios, hoy puedo ser un poco más responsable de mi vida. Soy un agradecido a Alcohólicos Anónimos. Estoy con mis hijos que no es una maravilla, pero puedo ser más sincero y más de la familia. Esto es una pequeña síntesis de mi vida: estar libre del alcohol junto a mis compañeros”.
-¿Cuándo uno siente que este problema realmente comienza: es darse cuenta por sí mismo, ver a su familia yéndose de su casa, caer internado, estar preso, cuándo es?
Rafael, quien todavía no había hablado en este diálogo con el diario el tucumano, apura el segundo jugo de naranja y distingue el momento en el que un alcohólico asume que tiene un problema con el alcohol: “Es en un momento de lucidez. Cuando por algún motivo parás la ingesta, te encontrás con la realidad de lo sucedido, con lagunas mentales, aparecés en lugares lastimado, ensangrentado, con personas que no conocía, en la comisaría. Los momentos de lucidez son los que te dan ganas de quitarte la vida. No hay palabras para explicar lo que sentís después de esa borrachera larga que has tenido. No planeás terminar en lo peor, pero terminás siempre en el mismo lugar y cada vez que se repite es peor. Eso es lo que pensás: o te matás o si hay algo que te te puede ayudar, lo buscás”.
-Los límites del alcohol, como cualquier límite, siempre se pueden estirar.
Alberto recoge el guante y responde: “Para ser alcohólico no hace falta distinciones materiales, no hace falta estar tirado bajo el puente o estar preso por haber matado a alguien. En mi caso es una suerte de desolación interior. No le encontraba salida a la vida. Yo era un bebedor periódico. Creía que era una virtud decir: ‘Cuando yo tomo, tomo’. Tenías meses de tomar y otros tiempos que paraba y seguía la vida normal. Es más: tenía un trabajo que lo cumplía con dignidad. En mi caso, no le encontraba sentido a la vida: pero Alcohólicos Anónimos lo resuelve fácilmente al tema y tiene que ver con la negación. Todos los alcohólicos negamos que tenemos un problema con el alcohol. Hasta que el alcohol nos pone de rodillas”.
Agrega Manuel sobre los límites del alcohol: “Recuerdo así vagamente que al lado de donde vivíamos había una canchita de la Quinta Agronómica donde tomábamos a escondidas. Ya un poquito más grandes tomábamos los días de sábado. Muchos estudiantes que venían del norte jugaban en esa canchita, nosotros los viernes también y nos invitaban a la guitarreada. Entonces ya tomábamos el viernes, el sábado, nos componíamos el domingo y ya el lunes de nuevo. Todo un trayecto. Es como nos dicen en el grupo: esta enfermedad es lenta y progresiva. Empezó el viernes, siguió el sábado, después el domingo, después el lunes y empecé a tomar todos los días y nunca me he parado. Ha ido progresando despacito y lentamente. No recuerdo si durante ese tiempo he sentido el deseo de dejar de tomar. No lo recuerdo. Es mi verdad curda, alcohólica, no es la verdad. Yo recuerdo que siempre he andado bien en esa vida. Claro, hoy estando aquí, veo todo lo que he padeciendo creyendo esa mentira de la vida de un machao. Lo que aprendí en Alchohólicos Anónimos es que yo no era el verdadero Manuel sino el Manuel conducido por el alcohol. Pero lo que también te enseña el grupo es que te tenés que hacer de quién ahora verdaderamente sos. Son 30 años de haber tomado y 20 años ya sin tomar”.
-¿Hay un momento donde uno se cansa de vivir la fantasía, de montar las escenas, de pretender que se vive una vida que le es ajena bajo los efectos del alcohol?
“Hay una gran verdad: el alcohol es el gran artista, queremos dar una fachada de lo que realmente no somos. Hay una figura que quiere ser y otra que realmente es. Dice nuestra literatura: ‘El primer actor, el director de la escena, el que acomoda las luces, el que hace todo para ser la primera figura. Eso habla de nuestro egocentrismo extremo, de nuestro narcisismo’. Felizmente eso se puede quebrar y uno comenzar a decir: ‘Voy a comenzar a ser auténtico’. Para eso me apoyan los 12 pasos, el contacto con los demás, las verdades mías, las verdades de los demás. Yo voy al grupo y ya saben cuando les estoy mintiendo. No se puede mentir ahí porque el grupo me conoce mejor. Por eso los primeros tiempos es importante ir todos los días a los grupos. Decirle ‘No’ a la primera copa que es la que es capaz de desencadenar todo y volver a las reuniones. Poco a poco así uno va esclareciendo la mente y siendo más auténtico y honesto con uno mismo”, explica Alberto.
Agrega Rafael: “Uno siempre tiene la fantasía de brillar en cada lugar que ocupa en la vida: académico, amigos, cuando uno hace deportes… Por ejemplo con unos amigos iba a unas ONG para ayudar al otro, decían: ‘Qué buenito es Rafael’. Hasta que tomaba una cerveza y empezaba todo. Me iba moviendo a otros grupos siempre con la intención de empezar todo bien, pero no había caso: siempre estaba el alcohol en el medio. El antes y el después de uno es muy jodido. Tengo cuatro años en la comunidad y sé que es una lucha de todos los días. Yo sé que tengo una parte que está ahí, a la que no le gusta ser responsable, le gusta mentir, le gusta escapar. Y cuando yo tomaba imaginaba que dejaba afuera los problemas, que estaba todo bien”.
Acota Manuel: “Este programa es tan sabio que tiene respuestas para todo. Dice que cuando uno está en una reunión y presiente que el otro miente, no importa el mensajero que está mintiendo, importa el mensaje: ‘No me está mintiendo a mí ni a la reunión, se está mintiendo solo’. Si yo quiero respuestas, yo las tengo que buscar. Si yo quiero dejar de beber, tengo que pedir ayuda porque solo nunca he podido. Yo a la ayuda la he conseguido en Alcohólicos Anónimos. Entre tantas mentiras están las verdades del programa. Las respuestas las voy a encontrar siempre en el grupo que me hacen de psicólogo, de psiquiatra, de padre, de madre, de hermano, de hijo. Ahí encuentro todo si es que yo quiero”.
- ¿Qué sensación uno tiene cuando ingresa a la primera reunión?
Toma la palabra Alberto, quien ha vencido el primer obstáculo, el más difícil de todos los pasos por ser el primero, y relata cómo ha llegado al grupo: “He llegado a Alcohólicos Anónimos porque ya no me quedaba otra. Con este tema de la negación del alcoholismo. ‘No, cómo voy a ir yo a Alcohólicos Anónimos’. Esa arrogancia y la soberbia natural del alcohólico, ¿no? Pero finalmente el alcohol se encargó de llevarme. Como uno dice: ‘El látigo del alcohol nos arrojó a Alcohólicos Anónimos’. Al menos no conozco a nadie que haya ido porque haya querido. Lo que uno encuentra al entrar a la primera reunión es que cuando el otro habla, habla de uno mismo. Somos muy parecidos no solo en el tema de la ingesta, del químico, del tóxico, sino de lo emocional. Ahí me sentí identificado con el otro, lo cual no me pasó ni con el psicólogo ni con el psiquiatra. Ya lo decía San Agustín: ‘Si ellos pudieron, ¿por qué yo no?’. Entonces me siento estimulado. Y al final lo dicho: el cariño de la gente que te quiere, mientras que afuera la gente te tiene compasión. Sentís un amor que se da sin esperar una recompensa. Lo único que quieren estos muchachos es que yo salga de mi alcoholismo”.
Concluye Rafael esta primera etapa de testimonios del grupo de Alcohólicos Anónimos a través de el tucumano: “Yo llegué solo a los 22 años. Hacía cuatro horas que estaba esperando la reunión. Si hay algo que sentía es que estaba muerto en vida. Que estaba desahuciado totalmente. Lo peor de todo es que con mi rebeldía de chico estaba más solo imposible. Encontré a Alcohólicos Anónimos por internet, buscando programas para el alcohol, me salió una dirección, daba vueltas para ver quién entraba, quién no. Cuando me estaba volviendo a mi casa sin entrar, me di vuelta y caminé a la reunión. No sé de dónde saqué el valor: agaché la cabeza y entré. Recuerdo que un compañero me dijo: ‘¿Quién te trajo?’ Cuando le respondí que nadie, me dijo: ‘Te trajo Dios’. Me quedé con eso, ingresé, lloré toda la reunión, sentí que mi vida era una basura y ellos me ofrecían una solución a mi problema. Yo no podía creer que ellos habían vivido situaciones iguales a mí, escucharlos a ellos me sentí identificados con ellos. No sabía que era una enfermedad. No sabía nada de Alcohólicos Anónimos. Eso me hizo volver a las demás reuniones. Tuve recaídas que me llevaron a estar preso en la comisaría . Y cuando estuve preso lo único que pensaba era que quería ver a un compañero de AA. Lo único que le pedía a Dios era ver a un compañero de AA, quería volver a las reuniones. Se había cumplido todo lo que me habían dicho: ‘Si seguís tomando, esto se agrava’. Fueron golpes durísimos, pero sin dudas hay una solución. No solo en cuanto a mi manera de beber sino a lo que había por debajo”.
Rafael, quien todavía no había hablado en este diálogo con el diario el tucumano, apura el segundo jugo de naranja y distingue el momento en el que un alcohólico asume que tiene un problema con el alcohol: “Es en un momento de lucidez. Cuando por algún motivo parás la ingesta, te encontrás con la realidad de lo sucedido, con lagunas mentales, aparecés en lugares lastimado, ensangrentado, con personas que no conocía, en la comisaría. Los momentos de lucidez son los que te dan ganas de quitarte la vida. No hay palabras para explicar lo que sentís después de esa borrachera larga que has tenido. No planeás terminar en lo peor, pero terminás siempre en el mismo lugar y cada vez que se repite es peor. Eso es lo que pensás: o te matás o si hay algo que te te puede ayudar, lo buscás”.
-Los límites del alcohol, como cualquier límite, siempre se pueden estirar.
Alberto recoge el guante y responde: “Para ser alcohólico no hace falta distinciones materiales, no hace falta estar tirado bajo el puente o estar preso por haber matado a alguien. En mi caso es una suerte de desolación interior. No le encontraba salida a la vida. Yo era un bebedor periódico. Creía que era una virtud decir: ‘Cuando yo tomo, tomo’. Tenías meses de tomar y otros tiempos que paraba y seguía la vida normal. Es más: tenía un trabajo que lo cumplía con dignidad. En mi caso, no le encontraba sentido a la vida: pero Alcohólicos Anónimos lo resuelve fácilmente al tema y tiene que ver con la negación. Todos los alcohólicos negamos que tenemos un problema con el alcohol. Hasta que el alcohol nos pone de rodillas”.
Agrega Manuel sobre los límites del alcohol: “Recuerdo así vagamente que al lado de donde vivíamos había una canchita de la Quinta Agronómica donde tomábamos a escondidas. Ya un poquito más grandes tomábamos los días de sábado. Muchos estudiantes que venían del norte jugaban en esa canchita, nosotros los viernes también y nos invitaban a la guitarreada. Entonces ya tomábamos el viernes, el sábado, nos componíamos el domingo y ya el lunes de nuevo. Todo un trayecto. Es como nos dicen en el grupo: esta enfermedad es lenta y progresiva. Empezó el viernes, siguió el sábado, después el domingo, después el lunes y empecé a tomar todos los días y nunca me he parado. Ha ido progresando despacito y lentamente. No recuerdo si durante ese tiempo he sentido el deseo de dejar de tomar. No lo recuerdo. Es mi verdad curda, alcohólica, no es la verdad. Yo recuerdo que siempre he andado bien en esa vida. Claro, hoy estando aquí, veo todo lo que he padeciendo creyendo esa mentira de la vida de un machao. Lo que aprendí en Alchohólicos Anónimos es que yo no era el verdadero Manuel sino el Manuel conducido por el alcohol. Pero lo que también te enseña el grupo es que te tenés que hacer de quién ahora verdaderamente sos. Son 30 años de haber tomado y 20 años ya sin tomar”.
-¿Hay un momento donde uno se cansa de vivir la fantasía, de montar las escenas, de pretender que se vive una vida que le es ajena bajo los efectos del alcohol?
“Hay una gran verdad: el alcohol es el gran artista, queremos dar una fachada de lo que realmente no somos. Hay una figura que quiere ser y otra que realmente es. Dice nuestra literatura: ‘El primer actor, el director de la escena, el que acomoda las luces, el que hace todo para ser la primera figura. Eso habla de nuestro egocentrismo extremo, de nuestro narcisismo’. Felizmente eso se puede quebrar y uno comenzar a decir: ‘Voy a comenzar a ser auténtico’. Para eso me apoyan los 12 pasos, el contacto con los demás, las verdades mías, las verdades de los demás. Yo voy al grupo y ya saben cuando les estoy mintiendo. No se puede mentir ahí porque el grupo me conoce mejor. Por eso los primeros tiempos es importante ir todos los días a los grupos. Decirle ‘No’ a la primera copa que es la que es capaz de desencadenar todo y volver a las reuniones. Poco a poco así uno va esclareciendo la mente y siendo más auténtico y honesto con uno mismo”, explica Alberto.
Agrega Rafael: “Uno siempre tiene la fantasía de brillar en cada lugar que ocupa en la vida: académico, amigos, cuando uno hace deportes… Por ejemplo con unos amigos iba a unas ONG para ayudar al otro, decían: ‘Qué buenito es Rafael’. Hasta que tomaba una cerveza y empezaba todo. Me iba moviendo a otros grupos siempre con la intención de empezar todo bien, pero no había caso: siempre estaba el alcohol en el medio. El antes y el después de uno es muy jodido. Tengo cuatro años en la comunidad y sé que es una lucha de todos los días. Yo sé que tengo una parte que está ahí, a la que no le gusta ser responsable, le gusta mentir, le gusta escapar. Y cuando yo tomaba imaginaba que dejaba afuera los problemas, que estaba todo bien”.
Acota Manuel: “Este programa es tan sabio que tiene respuestas para todo. Dice que cuando uno está en una reunión y presiente que el otro miente, no importa el mensajero que está mintiendo, importa el mensaje: ‘No me está mintiendo a mí ni a la reunión, se está mintiendo solo’. Si yo quiero respuestas, yo las tengo que buscar. Si yo quiero dejar de beber, tengo que pedir ayuda porque solo nunca he podido. Yo a la ayuda la he conseguido en Alcohólicos Anónimos. Entre tantas mentiras están las verdades del programa. Las respuestas las voy a encontrar siempre en el grupo que me hacen de psicólogo, de psiquiatra, de padre, de madre, de hermano, de hijo. Ahí encuentro todo si es que yo quiero”.
- ¿Qué sensación uno tiene cuando ingresa a la primera reunión?
Toma la palabra Alberto, quien ha vencido el primer obstáculo, el más difícil de todos los pasos por ser el primero, y relata cómo ha llegado al grupo: “He llegado a Alcohólicos Anónimos porque ya no me quedaba otra. Con este tema de la negación del alcoholismo. ‘No, cómo voy a ir yo a Alcohólicos Anónimos’. Esa arrogancia y la soberbia natural del alcohólico, ¿no? Pero finalmente el alcohol se encargó de llevarme. Como uno dice: ‘El látigo del alcohol nos arrojó a Alcohólicos Anónimos’. Al menos no conozco a nadie que haya ido porque haya querido. Lo que uno encuentra al entrar a la primera reunión es que cuando el otro habla, habla de uno mismo. Somos muy parecidos no solo en el tema de la ingesta, del químico, del tóxico, sino de lo emocional. Ahí me sentí identificado con el otro, lo cual no me pasó ni con el psicólogo ni con el psiquiatra. Ya lo decía San Agustín: ‘Si ellos pudieron, ¿por qué yo no?’. Entonces me siento estimulado. Y al final lo dicho: el cariño de la gente que te quiere, mientras que afuera la gente te tiene compasión. Sentís un amor que se da sin esperar una recompensa. Lo único que quieren estos muchachos es que yo salga de mi alcoholismo”.
Concluye Rafael esta primera etapa de testimonios del grupo de Alcohólicos Anónimos a través de el tucumano: “Yo llegué solo a los 22 años. Hacía cuatro horas que estaba esperando la reunión. Si hay algo que sentía es que estaba muerto en vida. Que estaba desahuciado totalmente. Lo peor de todo es que con mi rebeldía de chico estaba más solo imposible. Encontré a Alcohólicos Anónimos por internet, buscando programas para el alcohol, me salió una dirección, daba vueltas para ver quién entraba, quién no. Cuando me estaba volviendo a mi casa sin entrar, me di vuelta y caminé a la reunión. No sé de dónde saqué el valor: agaché la cabeza y entré. Recuerdo que un compañero me dijo: ‘¿Quién te trajo?’ Cuando le respondí que nadie, me dijo: ‘Te trajo Dios’. Me quedé con eso, ingresé, lloré toda la reunión, sentí que mi vida era una basura y ellos me ofrecían una solución a mi problema. Yo no podía creer que ellos habían vivido situaciones iguales a mí, escucharlos a ellos me sentí identificados con ellos. No sabía que era una enfermedad. No sabía nada de Alcohólicos Anónimos. Eso me hizo volver a las demás reuniones. Tuve recaídas que me llevaron a estar preso en la comisaría . Y cuando estuve preso lo único que pensaba era que quería ver a un compañero de AA. Lo único que le pedía a Dios era ver a un compañero de AA, quería volver a las reuniones. Se había cumplido todo lo que me habían dicho: ‘Si seguís tomando, esto se agrava’. Fueron golpes durísimos, pero sin dudas hay una solución. No solo en cuanto a mi manera de beber sino a lo que había por debajo”.
La página de Alcohólicos Anónimos está disponible en este link: https://aa.org.ar/ El teléfono de emergencias y guardia permanente en Tucumán es: 381 537 9648








