"Los alumnos son como nuestros hijos": el ejemplo de Anita y las chicas de la escuela Nueva Esperanza
HISTORIAS DE ACÁ
Hace 34 años que es la conserje del establecimiento donde asisten chicos del barrio Oeste II, San Expedito, y San José. Cómo es el trabajo puntual de sanitizar las aulas y, con toda su experiencia y sin filtros, qué considera conveniente para los alumnos: clases presenciales sí o no.
Marianita, Anita, Josefa, la secretaria Liliana y Sarita, las chicas de la Nueva Esperanza. La foto es previa a la pandemia, con un obsequio en su día.
Anita Ibrahim Dip es la conserje de la escuela Nueva Esperanza desde hace 34 años. Pero desde el último 22 de febrero de este año, a su amor y dedicación por el trabajo de siempre, se le ha sumado el extremo cuidado de las tareas de sanitización de uno de los establecimientos públicos más importantes de Tucumán donde asisten alumnos del barrio Oeste II, San Expedito y San José: "Aquí han venido mis hijos y mis nietos. Esta es mi segunda casa".
Así como se ha destacado el merecido reconocimiento del personal de salud en esta pandemia, las conserjes de las escuelas tucumanas cumplen un rol fundamental para los miles de niños y niñas que asisten a clases. “Es una escuela muy grande. Somos cuatro: Josefa y Sarita, quienes son mayores de 60, y yo con Mariana, la última en entrar hace 10 años por doña María. Entre todas limpiamos cada rincón de la escuela para que los chicos estén seguros”.
Luego de la capacitación en el Ministerio de Educación, Anita y las heroínas de la escuela Nueva Esperanza, comienzan las tareas de sanitización a las 13.30: “Lo primero que hacemos es la apertura de aulas para airear los espacios. Con guantes, lavandinas, máscaras, rejillas, y provistas de todo lo que necesitamos, aireamos puertas y ventanas, buscamos los baldes, los llenamos de agua y lavandina y comenzamos la limpieza”.
La tarea es minuciosa y consiste nada más y nada menos que en higienizar todo lo que han tocado los alumnos y las alumnas separados en las distintas burbujas durante las clases presenciales: “Picaportes, las barandas, pizarrones, los bancos, los pisos, los baños, las paredes, las ventanas, los teclados, todo tiene que quedar impecable. La sanitización requiere su tiempo: una parte se hace con lavandina y otra con alcohol. De verdad que hay mucha dedicación. Somos las primeras en llegar y las últimas en irnos. Amamos nuestros trabajo y los alumnos son como nuestros hijos”.
Recuperándose de un golpecito que se dio en las escaleras de la escuela, el cariño por Anita trasciende las paredes de la Nueva Esperanza: “Estaba en el médico y me encontré con una mamá. Alumnos que salieron de acá me siguen saludando. Son muchos ya. En la escuela hay jardín de infantes donde va un nietito mío, primaria y la nocturna”.
Con la experiencia suficiente, Anita vive de cerca el debate sobre la presencialidad o no de los chicos en las aulas: “Yo puedo decir, después de todo lo vivido, después del año atípico, de nunca imaginarnos vivir el año pasado, que para mí es mejor que vayan a la escuela los chicos. Una lo vive día a día. Les hace bien que jueguen, que charlen, como si estuvieran en el barrio, juegan a la escondida, en la entrada, que tengan gimnasia”.
Luego del viernes 20 de marzo de 2020 que supo que no volvería a su lugar en el mundo, Anita y las chicas volvieron el 22 de febrero a las aulas con emoción: “Nos reencontramos con nuestras compañeras, vimos a los padres, nos preguntaban si había vacantes, nos emocionábamos de verlos entrar. Éramos las encargadas de recibir a los chicos, de tomarle la temperatura, el alcohol en las manitos. Al principio se notaba tensión, pero de a poco empezaron a relajarse”.
¿Cuál es el deseo que comparte Anita con niños y grandes al cierre de esta nota? “Recién lo hablábamos y rogaremos que esto termine pronto: recién decían el 20 o el 22. Ojalá hayamos entrado en la cuenta regresiva. Dios quiera que sea así. Yo ya he vivido, pero más que nada por los chicos para que puedan tener un mejor futuro, y que esta pandemia no sea como una película de miedo y que se termine pronto, y que todo vuelva a la normalidad".
Así como se ha destacado el merecido reconocimiento del personal de salud en esta pandemia, las conserjes de las escuelas tucumanas cumplen un rol fundamental para los miles de niños y niñas que asisten a clases. “Es una escuela muy grande. Somos cuatro: Josefa y Sarita, quienes son mayores de 60, y yo con Mariana, la última en entrar hace 10 años por doña María. Entre todas limpiamos cada rincón de la escuela para que los chicos estén seguros”.
Luego de la capacitación en el Ministerio de Educación, Anita y las heroínas de la escuela Nueva Esperanza, comienzan las tareas de sanitización a las 13.30: “Lo primero que hacemos es la apertura de aulas para airear los espacios. Con guantes, lavandinas, máscaras, rejillas, y provistas de todo lo que necesitamos, aireamos puertas y ventanas, buscamos los baldes, los llenamos de agua y lavandina y comenzamos la limpieza”.
La tarea es minuciosa y consiste nada más y nada menos que en higienizar todo lo que han tocado los alumnos y las alumnas separados en las distintas burbujas durante las clases presenciales: “Picaportes, las barandas, pizarrones, los bancos, los pisos, los baños, las paredes, las ventanas, los teclados, todo tiene que quedar impecable. La sanitización requiere su tiempo: una parte se hace con lavandina y otra con alcohol. De verdad que hay mucha dedicación. Somos las primeras en llegar y las últimas en irnos. Amamos nuestros trabajo y los alumnos son como nuestros hijos”.
Recuperándose de un golpecito que se dio en las escaleras de la escuela, el cariño por Anita trasciende las paredes de la Nueva Esperanza: “Estaba en el médico y me encontré con una mamá. Alumnos que salieron de acá me siguen saludando. Son muchos ya. En la escuela hay jardín de infantes donde va un nietito mío, primaria y la nocturna”.
Con la experiencia suficiente, Anita vive de cerca el debate sobre la presencialidad o no de los chicos en las aulas: “Yo puedo decir, después de todo lo vivido, después del año atípico, de nunca imaginarnos vivir el año pasado, que para mí es mejor que vayan a la escuela los chicos. Una lo vive día a día. Les hace bien que jueguen, que charlen, como si estuvieran en el barrio, juegan a la escondida, en la entrada, que tengan gimnasia”.
Luego del viernes 20 de marzo de 2020 que supo que no volvería a su lugar en el mundo, Anita y las chicas volvieron el 22 de febrero a las aulas con emoción: “Nos reencontramos con nuestras compañeras, vimos a los padres, nos preguntaban si había vacantes, nos emocionábamos de verlos entrar. Éramos las encargadas de recibir a los chicos, de tomarle la temperatura, el alcohol en las manitos. Al principio se notaba tensión, pero de a poco empezaron a relajarse”.
¿Cuál es el deseo que comparte Anita con niños y grandes al cierre de esta nota? “Recién lo hablábamos y rogaremos que esto termine pronto: recién decían el 20 o el 22. Ojalá hayamos entrado en la cuenta regresiva. Dios quiera que sea así. Yo ya he vivido, pero más que nada por los chicos para que puedan tener un mejor futuro, y que esta pandemia no sea como una película de miedo y que se termine pronto, y que todo vuelva a la normalidad".
Así limpian Anita y sus compañeras la escuela Nueva Esperanza:












