"Tengo vecinos que no volvieron": ser una niña en los años 70 en Tucumán
Graciela era todavía una niña pequeña en medio de los años de dictadura. En su diario, escribía las impresiones de ser una nena chiquita en el interior de Tucumán cuando las botas pisaban fuerte.
Los años de la dictadura militar en nuestro país, no fueron pocos, y según la zona, la edad, el género, el trabajo y la condición social, afectaron de una u otra manera a todos los argentinos y argentinas… inclusive, a los niños.
A pesar de que muchos creen que los pequeños no perciben o pueden obviar muchos de los problemas sociales que suceden a su alrededor, eso no es cierto. Y además, los hay niños y niñas que tienen una sensibilidad especial a estos temas, como es el caso de Graciela Pappalardo, que era una estudiante de primaria cuando un gobierno de facto se hizo con el poder de Argentina.
Por eso y en la semana de la memoria, Graciela, una monteriza erradicada en Buenos Aires, compartió en sus redes sociales las impresiones escritas en su diario cuando era una mujer muy joven, recordando su niñez en medio del difícil proceso que dejó tantas heridas abiertas en miles de familias argentinas y, por supuesto, tucumanas:
“Un solo canal de televisión , e intervenido... Una escuela de patios y aulas militarizadas, con soldados que no tenían más años que nuestros hermanos mayores... Con libros prohibidos... Con la poesía censurada... Calles pobladas de azul y de verde... Atardeceres oscuros por los apagones...Vecinos que no volvieron... Amigos y compañeros de la escuela que quedaron solos... Entrenados para las amenazas de bomba, marcando el paso en la calle respondiendo al "izquierdo, izquierdo, derecho izquierdo" de maestros y maestras...” comienza el relato, que tiene más de 30 años de existencia.
“Aún, al menos a mí, nadie me ha preguntado qué sentía, cómo vivía entonces, qué imaginaba, qué entendía, qué preguntas me hacía, con qué soñaba, qué me dolía, qué necesitaba. Qué aprendía acerca de qué era el mundo, los adultos, la escuela, los maestros, la autoridad, el derecho...la vida...”, continúa.
“Siento con mi niña de entonces una deuda que saldo cada vez que abrazo, beso, respondo, enseño y aprendo. Siento una deuda inmensa cuando un niño/a necesita ser escuchado, tenido en cuenta, Cuando necesita ser respetado, amado, cuidado... Siento que todos los niños/as soy yo también...y que cada cual, con su singularidad me convida a la vida para honrarla y hacerla bella como puede serlo en sí misma”, sigue.
“Estos días ponen mi corazón de batucada, y casi como en un ritual, veo venir un futuro de compromiso con mi vivir, con esta existencia hecha de tantos pedacitos que amilagrando, supieron juntar mis padres para mí y para mis hermanos… como pudieron... como imaginaron que un día serían raíces contundentes para poder resistir a las marcas de la historia y elegir cómo ser, y volvernos en el mundo cada vez más conscientes de que hay hilos que no se rompen ni con balas, ni con bombas, ni con gritos, ni con injusticias, ni con dominios inhumanos...”
“Extracto de mi cuaderno de vida, 24 de Marzo del año 1981”, cierra el texto compartido por Graciela Pappalardo en las redes sociales.
Al igual que Graciela, una gran cantidad de adultos que hoy tienen entre 50 y 60 años, atravesaron la mejor parte de sus infancias en medio de la incertidumbre, el miedo, el apagón nocturno, los nervios de sus padres, y muchos, en medio de la desaparición de miembros de su familia.
Cada 24 de marzo, inclusive, muchos integrantes de esta generación que quedaron huérfanos en el proceso, aprovechan el alcance de las redes sociales para rememorar a quienes ya no están, pero que por lo menos tienen un día en el año en donde un país entero –quieran o no-, los recuerdan.








