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A 28 años del atentado a la AMIA: quién fue Martín, el "tucumano que ayudaba a todo el mundo"

triste aniversario

Este lunes se cumple un nuevo aniversario del ataque terrorista a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). En 2020, la organización recordó a una de sus víctimas como parte de un proyecto para honrar su memoria.

Imagen de archivo. Foto Perfil.-





El 18 de julio de 1994, Argentina sufría uno de los peores ataques terroristas de su historia, en el que murieron  85 personas y más de 200 resultan heridas.

La tragedia fue ejecutada con explosivos en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires y que se convertía en el segundo atentado terrorista contra la colectividad judía en el país luego del cometido en 1992 contra la embajada de Israel. 

A 28 años, el crimen, que se atribuye a terroristas islámicos apoyados por Irán, permanece impune.

Dos años atrás, la AMIA comenzó un proyecto llamado "Sueños quebrados” que tiene como finalidad "generar una señalética para el ejercicio de la memoria a partir de los sueños no realizados de las víctimas fatales del atentado”. La acción consiste en la colocación de una placa en los lugares que ellos habrían querido ocupar para concretar sus ilusiones.

Una de las víctimas que fue recordada por esta iniciativa fue el tucumano Martín Figueroa y su placa fue colocada en la escuela N° 288 de Santa Ana, en Tucumán.

Martín había nacido en Tucumán y tenía 47 años. Era electricista y trabajaba en las refacciones que se llevaban a cabo en esos momentos en la AMIA. A los 16 años decidió mudarse a Buenos Aires para encontrar un futuro mejor.

 Lo apasionaban varias cosas: su oficio, el fútbol, la política, el barrio y su familia. Se había afiliado al radicalismo y desde esa militancia ayudaba a quienes podía: si había que conseguir un remedio, él estaba; si se trataba de hacer el trámite para una jubilación o un sepelio, ayudaba; si había que buscarle trabajo a alguien, ponía el hombro. Su mujer, María Magdalena Albornoz, recordaba que “en cada inundación se metía con el agua hasta la cintura para colaborar en los rescates”

Fue dándole una mano a un amigo que necesitaba una casa, Hugo Basiglio, que Martín entró a trabajar en los arreglos que se hacían en la AMIA. Él se lo recomendó al arquitecto Andrés Malamud, a cargo de las refacciones. Y ambos comenzaron su labor allí. El dinero sería para poner en marcha sus proyectos: finalizar su casa, terminar de pagar el auto y tomarse vacaciones con su esposa (llevaban casi 25 años de casados y nunca habían salido de veraneo) y sus seis hijos.

En diciembre Martín y María cumplirían sus Bodas de plata, y ese mismo mes de julio harían una gran fiesta a modo de anticipo. Alquilaría la misma parrilla de un amigo, en la que habían celebrado la compra de su primer auto al mismo Malamud, al que se lo estaba pagando en cuotas.

El 18, Martín fue a la AMIA para que le pagaran por su trabajo. Al día siguiente, los Figueroa tenían alquilado un micro para ir de excursión a la Ciudad de los Niños, en La Plata. Ese viaje quedó trunco por la violencia extremista. Y también, su sueño de regresar a Tucumán el 14 de octubre, el día que su escuelita, la N° 288 de la localidad de Santa Ana, cumpliría 75 años. Estaba invitado para los festejos, e izaría la bandera Argentina junto a una compañera. Hasta había calculado a qué velocidad haría la ruta a su ciudad para llegar a tiempo y disfrutar del manejo.

María recuerda lo último que le dijo Martín: ”Nosotros lo tenemos todo, nos tenemos a nosotros, tenemos hijos, una nieta hermosa y sana, tenemos la casa, el coche, el trabajo, ¿qué nos falta...? Nada”.

Una semana después del atentado, Martín fue velado en su casa de Villa de Mayo. Todo el barrio se reunió para aplaudirlo en su despedida, seguida por una enorme caravana de vehículos. Al poco tiempo, un panadero ambulante de la zona llegó a su casa. Y le dejó a María y sus hijos unas palabras: “A la familia de mi amigo Martín quiero hacerles saber que lo recuerdo con su sonrisa amplia, sincera, y que extrañamos su generosidad y su hombría de bien. Recuerdo que cuando mi esposa estuvo enferma y la internaron por segunda vez, yo necesitaba una suma importante de dinero que no tenía, y apareció la mano desinteresada del amigo, el que recurrió a su vez a distintos amigos y me solucionó el problema”.