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Como hace más de 130 años, la Iglesia tucumana propone frenar la epidemia de dengue con ayuda divina

BUSCANDO UN MILAGRO

Desde el Arzobispado de Tucumán convocaron a los miembros del clero provincial y a los fieles a venerar al “Señor de la Salud”, cuya imagen reposa dentro de las instalaciones de la Basílica Nuestra Señora de la Merced desde 1753. También recomiendan una oración específica para rezar contra la enfermedad. Recuerdo de una letal epidemia de cólera.





A través de la circular nro. 7, publicada este lunes 8 de abril, desde el Arzobispado de Tucumán, presidido por Monseñor Carlos Sánchez, realizaron un pedido especial y desesperado a todos los tucumanos por la situación actual del dengue en la provincia. Convocan masivamente a sacerdotes, consagrados, miembros de instituciones y movimientos laicales y a los fieles a venerar al “Señor de la Salud” en la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, en la intersección de calles Virgen de la Merced y 24 de Septiembre, desde 1753. La cita, sin horario específico, es en el marco del cuarto aniversario de la Consagración Diocesana y Continental a la sagrada imagen.

El comunicado viene acompañado, además, por una oración específica que los fieles deberán rezar sin excepción para intentar mitigar los efectos del virus transmitido por el mosquito Aedes Aegypti en el territorio provincial.

Oración al Señor de la Salud

Dulce Jesús: que eres el autor de la vida y en tus manos

esta la salud de los hombres, no rechaces mi humilde plegaria.

Señor, que en los días de tu vida mortal sanaste a cuantos

enfermos te invocaron con fe y confianza, animado con tales

sentimientos vengo a pedirte concedas la salud a nuestros

hermanos enfermos, a fin de que experimentando una vez más

tu paternal amor, te sirvan en adelante con más fidelidad y constancia.

¡Más no se haga mi voluntad sino la tuya!

Virgen Santísima, Tu que eres la "Salud de los Enfermos", intercede ante tu Hijo

por la salud de los enfermos de este día y de esta hora, que con filial

confianza imploran tu maternal intercesión. Amén

 

El pedido del Arzobispado tiene como argumento una de las peores epidemias que azotó a Tucumán, durante el verano de 1886-87, cuando el cólera se cobró la vida de aproximadamente seis mil tucumanos. En aquella ocasión –recuerdan los miembros del clero provincial-, la invocación del “Señor de la Salud” decretó el fin de la enfermedad. “Los tucumanos ante la devastadora epidemia del cólera, invocaron con profunda fe y devoción al Señor de la Salud y sus clamores fueron correspondidos con el cese de aquella epidemia”, describen en el documento que lleva la firma del canciller y secretario general de la institución, Pbro. Lic. Antonio Yapur. “Confiamos que Jesús Redentor nos fortalezca en nuestra fe, aliente nuestra esperanza y nos comprometa con amor solidario, especialmente con quienes experimentan la enfermedad, dolor, pobreza, soledad, temor e inquietud”, concluye.


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No es la primera vez que en Tucumán se pretende combatir una epidemia con liturgia religiosa. El 4 de enero de 1887, el precursor diario tucumano El Orden publicaba en su edición la “Oración contra la Peste”. El conjunto de versos ya había sido utilizado en Buenos Aires para combatir una epidemia de fiebre amarilla en 1870.

“La plegaria pone de manifiesto el imaginario religioso de los miembros de la Iglesia católica en la Argentina de fines del siglo xix Los textos producidos en esa circunstancia hablan de un Dios que es ofendido por los pecados de los seres humanos, que tiene derecho a castigarlos pero que a la vez es misericordioso y por ello es necesario dirigirle una plegaria y realizar obras caritativas para obtener el perdón”, describe la investigadora Cynthia Folquer en su trabajo realizado para la Universidad Santo Tomás de Aquino y la Universidad de Barcelona.

Grandes son, Señor, los motivos que tenéis para castigarnos porque la impiedad en unos y la indiferencia en otros produce una corrupción sin límites; pero también grande es vuestra misericordia, y a la vez que envías un azote para castigar los errores de los pueblos, también tenéis el poder de desarmar vuestro brazo.

La ciencia avergonzada divaga y se confiesa impotente para dominar el mal; sólo a Vos, Médico Divino, os es posible cambiar tan lamentable situación Cede pues, Querido Padre, a las súplicas de tus hijos atribulados y contritos Tuya será nuestra vida siempre.

Acuérdate, justísimo Dios, de la promesa que hiciste a Abraham respecto de las ciudades de Pentápolis ¿Qué no hay entre nosotros diez justos que calmen tu cólera? ¿Es tan triste y miserable el estado de tantas almas? ¡Ah gran Dios! No, no es posible que así sea.

Tuya será nuestra vida desde hoy, pero si nuestra promesa no os basta, interpongo la mediación y méritos de esa divina criatura predestinada entre los predestinados y los del glorioso San Roque, a quien elegisteis para abogado contra la peste…

 

Como incentivo para rezar la oración, diario El Orden el imprimatur del obispo de la época y el anuncio de la concesión de 80 días de indulgencia por pronunciarla con devoción.

El clima de miedo que se vivía en ese entonces por la epidemia también facilitaba este tipo de pedidos por parte de la Iglesia. El pasaje de una crónica periodística de esos años describe el escenario:

Familias enteras se extinguían víctimas de la peste El aspecto de la ciudad era de una gran desolación […] A los muertos los llevaban almacenados, como se trasladan de una parte a otra las bolsas de azúcar u otra mercancía cualquiera en los carros En las calles grandes fogatas encendidas para purificar el ambiente y en las que se arrojaban grandes cantidades de azufre, alquitrán y otras sustancias desinfectantes, aterraban el ánimo y hacían pensar en el juicio de Dios ¡Era un horror ver el estado en que se encontraba la ciudad”, describe Tomasa Alberti en la biografía que escribió para su amiga y compañera Elmina Paz de Gallo, personaje destacado del acontecimiento epidemiológico al dar lugar al primer orfanato para huérfanos de la epidemia.

Historia del Señor de la Salud

Según consignan en el blog de la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, la devoción por el Señor de la Salud en Tucumán data de 1753, aunque pocos son los datos que se tienen de su llegada, ya que los mercedarios, primeros custodios de la imagen, se fueron de estas tierras a mediados del siglo XIX y sus archivos se extraviaron. Sin embargo, en las novenas de principios del siglo XIX ya se hablaba de una veneración (a una imagen de Cristo Crucificado) "de época inmemorial", que provenía del Cuzco, Perú, y se calcula fue tallada por los indígenas por su aspecto tan doliente y sangrante. En las novenas de principios del S. XIX ya se hablaba de una veneración “de época inmemorial”, que provenía del Cuzco, Perú y se calcula fue tallada por los indígenas por su aspecto tan doliente y sangrante. Esto viene de tradición oral y única fuente por mucho tiempo.

Hacia 1990 la historiadora tucumana Celia Terán, en base a documentación encontrada, reveló que la imagen del Señor de la Salud llegó a Tucumán en 1753 desde Potosí (Bolivia), traída por un aventurero español llamado Miguel de Learte. Los historiadores Páez de la Torre, Terán y Viola en “Iglesias de Tucumán”, narran textualmente: “Dice Learte que, al llegar a Jujuy con unos contrabandistas, fueron detenidos por los guardias, estos examinaron la mercadería que portaban, y hasta en dos cajones en que traía una imagen de Cristo Crucificado, muy hermosa, que con el título de la Salud se venera en el convento de La Merced de Tucumán”. Aparentemente esta es la versión más valedera de la llegada del Cristo.


La imagen del Señor mide más de 1,5 m, adornada con rayos de madera tallada y dorada a la hoja. Los clavos son de piedras preciosas y los extremos de la cruz están realzados con punteras de plata, donados por Luis F. Aráoz y Sra. en 1888. Según la tradición fue la primera imagen de este porte en llegar a tierras tucumanas.

La novena del Señor de la Salud fue compuesta y publicada en 1791 por Fray Diego de Toro y Villalobos e impresa en la Casa de los Niños Expósitos en 1791. La festividad se celebra los 10 de noviembre, comenzando la novena los 1º de cada mes.