La resurrección de San Martín: la mano de Forestello y el canto del vestuario
ANÁLISIS
El Santo se impuso en Entre Ríos con otro cambio ganador del técnico para alcanzar lo más alto del torneo y que el sueño del ascenso a Primera esté más vivo que nunca.
Gonzalo Rodríguez, Matías García y Claudio Bieler, figuras de este San Martín. Foto Repúblik de Ciudadela.
Alentar y beber, porque se pone el cuerpo. Valorar y aplaudir, porque se deja el alma. Soñar y creer, porque se entrega el corazón. La resurrección de San Martín no es de manual ni se encuentra en los libros sagrados. Se alteran los verbos, pero no la esencia de un relato que empezó a escribirse de la mano de Forestello y se tradujo en el espíritu Santo de un grupo de hombres con Fe, que nunca dejaron de confiar en sí mismos, pero que sí necesitaban a este líder capaz de convencer al más ateo.
Las estadísticas dirán que, por unas horas, por una fecha, o hasta el final del campeonato, San Martín es puntero y pelea mano a mano con Rafaela el pasaje directo a Primera. Justamente contra la Crema, la noche del cumpleaños 108, este equipo tocó fondo, perdió en Ciudadela y se fue pateando piedras un viernes de fiesta a la noche con la única ventaja del tiempo a favor para torcer la historia y celebrar el presente que este nuevo triunfo trae.
Lanzas apuntaban a las cabezas dirigenciales cuando Cagna se fue. Llegó Forestello, cruzó el debut con Los Andes, pero una caída y un empate milagroso le quitaron la cuota de fe al inicio. Pese a ello, el técnico no se derrumbó: después del empate contra San Luis, siguió creyendo. Pero con la fe no alcanza, y como esta lluvia de domingo que limpia los pecados cometidos, lavó sus pies y metió sus manos de lleno en el corazón del equipo: también metió a Albín atrás, revolucionó el mediocampo con Galeano y bancó a Gonzalo arriba. Victoria en Tandil, victoria contra Chicago, empate contra Almagro, empate contra Instituto y victoria en Entre Ríos: más allá del resultado (que no es menor), San Martín hace rato que es otro equipo y juega y mete como su propia historia le demanda. Hoy, otra muestra fue el ingreso de Busse en el entretiempo y, como una señal divina después del dolor en el hombro, metió el primero de la tarde. Queda claro: en todas las canchas sale a ganar y, a la larga, eso se traduce a la tabla de posiciones y sus respectivos mandamientos.
“Este equipo logró que la gente crea en ellos”, fue la definición de Forestello esta tarde en medio de un fuerte viento entrerriano y un torbellino propio de sensaciones. Uno de los secretos de lo que dice el técnico es que este equipo logró lo que logró por la comunión de un vestuario que ha sufrido y ha pagado, al que se le ha reprochado no estar a la altura de las circunstancias y que se ha levantado, entre varios nombres, por un jugador clave en la cancha y fuera de ella: Claudio
Bieler, capitán con goles y la personalidad suficiente para bancarse las pelotas y las críticas que le tiren. Taca empezó a gritar esos goles que antes no gritaba y ahora también los baila en el festejo. Es más: cuando terminó el partido, reunió a todos en un círculo cerrado, todavía en el campo de juego: es el momento de una comunión de jugadores abrazados en ronda, con las manos sobre el hombro del compañero, y una frase: “Mantengamos los pies sobre la Tierra, todavía no hemos ganado nada”.
Esa frase la predica el capitán, la pide el técnico, la atienden Seoane y Galina en el vestuario, la cree Seri y así la entienden los jugadores que puertas adentro de ese vestuario de seis metros por nueve se sacan los formalismos y cantan por el ascenso: “Y vamo Ciudadé, que vamos a volver”. Ese canto es el que le pone música a este último tramo de la recta final: por lo pronto, quedan cuatro fechas, San Martín está arriba y los hinchas pueden matar la espera del sábado contra Agropecuario mañana mismo para juntar o sacar la entrada en la calle Maipú o en las boleterías del club. Ahí las venden. Ahí, pasito a pasito, se construye la realidad de Ciudadela. Ahí, y en muchas calles más de la provincia, donde se alimenta un sueño que está vivo, más vivo que nunca.








