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San Martín y la misión de dar vuelta la página para dar la vuelta

ANÁLISIS

El equipo de Forestello perdió una gran oportunidad para ascender a Primera porque entraron todos los hinchas, pero falló el juego y no entró la que tenia que entrar. Cómo se vivió desde las tribunas y el regreso a la concentración.

La escena del final: lágrimas en los jugadores. Mañana empieza otra historia.





Buenos Aires (Enviado especial).- ¿Cuánto dura el silencio de lo que no fue? De San Martín campeón, de San Martín de Primera, de San Martín en el Obelisco primero y en la Plaza Independencia después. Cuarenta y cinco minutos contados dura el viaje de regreso de Adrogué al hotel en el microcentro porteño. Pero parece mucho más, como si los diez años del último ascenso a Primera se metieran aquí, entre los asientos del micro Flecha Bus que traslada a los jugadores con las cortinas cerradas, en el micro que acompaña a los jugadores con los hinchas que entraron a la cancha, con los que hicieron de todo para entrar y entraron todos los que no podían quedarse afuera, entraron todos los que dejaron todo para entrar y ver el triunfo de San Martín que tampoco fue.

Son hinchas que se hicieron pasar por periodistas e inventaron medios radiales para acreditarse, los que consiguieron un carné de discapacitado para pasar por los controles policiales, los que se colaron por los alambrados de una casa vecina y me muestran la sangre de sus manos y un tajo en la camiseta, los simuladores que estuvieron horas y horas en la puerta del club, todos sintiéndose mirados en un club tan familiar, todos metiéndose la camiseta por debajo del pantalón no sea cosa que, los que se cortaron solos mientras los otros se iban hasta Florencio Varela para seguir el partido con los miles de hinchas que quedaron afuera, ellos no, como El Turco que pidió prestado un morral con cables para reforzar la labia en la puerta y no, no y no hasta que sí, bueno, está bien, tomá, pasá.

Son hinchas que una vez adentro de la cancha, todos fueron a la tribuna sin tribuna, pero algunos quedaron del otro lado, pegados al alambrado junto a los hinchas de Brown, detrás del arco que defendió Arce en el primer tiempo y vieron el gol de ellos ahí, a dos metros, vieron como nadie ese gol al minuto de juego, la peor manera posible de empezar un partido cuando todavía los jugadores se subían las medias, y entre el reclamo de Arce y Benegas a la defensa y la mano levantada pidiendo offside de Maxi Martínez, entre todo eso, San Martín empezaba a tener problemas para probarse el traje de campeón, como una chomba que te queda apretada o el cinto que no ciñe, pero lo mismo te lo ponés y así estás, como los hinchas detrás del arco de Brown, apretados, incómodos, buscando todo el tiempo ver de la mejor manera posible algo imposible de ver, tan cerca de los jugadores y sin embargo no se puede. 

Lo que sí se puede ver en detalle son las venas de las pantorrillas del 2 de Brown reventando lo que le tiren, la cara de Bieler y la mirada de Bieler, estirando los párpados para que vean su mirada mientras saca a sus compañeros adelante, también mirás a Gonzalo Rodríguez que tiene que encarar y no encara hasta que entra en el partido, porque Gonzalo Rodríguez también entra, y empieza a jugar, y saca a pasear al 4, y le hacen un penal que el Mocho Darío, aquí al lado, escupe de la bronca y baña de saliva sin querer, claro, a su mujer que le cuida la mochila y escucha los insultos del Mocho Darío y se contagia de su amor enrulado y también insulta a Beligoy, que le guiña el ojo a Gonzalo Rodríguez y deja una de las primeras sensaciones en la cancha: "No te va a cobrar un puto penal ni en pedo".

Llega el entretiempo y los hinchas se acuestan en el césped de la cancha auxiliar que tiene Brown, ese pedazo de pasto que podría ser una tribuna para todos los que quedaron afuera y festejar en esa tribuna y otra sensación: si entra una, entran todas. Por lo pronto están todos los hinchas más juntos, con la mirada allá en el arco más lejano y que Dios quiera que no pase nada en el arco de aquí, en el de Arce cuando ataquen ellos. Todo ocurre mientras cae la tarde de Adrogué y no hay torres de iluminación en el estadio, mientras el solcito ya se va y todo se hace oscuro, los hinchas de Brown dicen algo de  Libertadores y de Atlético, también pendientes de lo que pasara hoy, todo parte del folclore del fútbol mientras la única certeza que que se tiene es que San Martín,  a esta altura del partido, se tiene que apurar porque empieza el segundo tiempo, y esos segundos que demora Beligoy en arrancar el segundo tiempo para sincronizar con los segundos tiempos de los partidos de Almagro y Aldosivi, esos segundos son eternos, son segundos en los que se hace la última seca al cigarrillo, la más dura, la que ilumina bien la brasa de tabaco, la que suelta todo el humo y un "¡Aaaaaaaah!" para sacudir la tensión del cuerpo que se siente en el techo de la cabeza, en el cuello, en los hombros, en la espalda y en la punta de los dedos.

Se tiene que apurar San Martín, porque en Madryn todo sigue igual, y más que nunca hoy hay que ganar para ser campeón, más que nunca depende de San Martín: esa es otra sensación, depende de San Martín, Almagro no va a ganar en Madryn, pero si hay un gol de Madryn que derrote a Almagro y un gol de Bieler que empate el partido, San Martín alcanza a Almagro y hay un partido desempate que en este momento se firma con sangre, pero de repente hay "gol de Aldosivi, gol de Aldosivi, gol de Aldosivi, gol de Aldosivi, gol de Aldosivi", es uno solo el gol, pero la mala noticia se repite en boca de todos y hay que ir al frente, y Maxi Martínez sigue siendo el corazón del equipo, pero Matías García no puede romper la última línea, y la incomodidad de San Martín en el campo de juego es la misma que sienten ahora los hinchas que ya son más, que de alguna manera son más, porque entraron más hinchas a la cancha durante el entretiempo, entraron saltando la cancha auxiliar desde el techo de las vecinas y entraron abriendo un portón y pegaron un pique largo como Pomelo Díaz, ese pique que después de la gira y la previa no sale del cuerpo, no puede salir del cuerpo, pero te sale del alma, ese pique con la sonrisa de la travesura, de la colada, de que ahí viene el cana y alcanzame si podés, de que todos te dejamos atrás, vigilante, menos el gordo de camperón rojo que se va escoltado por el gordo de camisa azul.

Pasan los minutos, faltan 20. El Mocho Darío sabe que San Martín no le encuentra la vuelta al partido y escucha ese presentimiento que nadie quiere escuchar: "Hoy no es el día". Pero el Mocho no se resigna y se da vuelta y les grita a todos: "Vamos, lo saquemos nosotros al equipo, ¡dale che!". Y los hinchas empiezan a cantar y por un momento se olvidan de todo y le gritan al cielo, esa que resume todo el viaje sin entradas, toda la espera, todo este día, esa versión de Amor Clasificado de Rodrigo que reconoce: "Ciudadela yo no puedo entender, tu camiseta me va a enloquecer, Ciudadela yo te ofrezco mi vida por volver a Primera". Y el Mocho Darío se saca la remera, muestra el cuero que sólo da el sol de la Pellegrini y cree, todavía cree en darlo vuelta, en dar la vuelta.  

Después del aplauso cerrado que vuelve a meter a los hinchas de lleno en el partido, de que algunos hinchas ya no miren el partido y fumen esperando un grito, un murmullo, algo, ahí aparece el silencio cuando se da vuelta Bieler, en la única del segundo tiempo, cuando Bieler está por darse vuelta, y el que fuma se para, y me agarra del hombro, y me estruja la campera, y se queda en pausa cuando el Taca termina de darse la vuelta, apunta el botín, descarga su furia, tiene que entrar, es la más clara, es una de las últimas, quedan diez minutos después para ganarlo, pero primero tiene que entrar ésta, culiao, va al arco, no muy esquinada pero va al arco y va fuerte, y vas a gritarlo, pero aparecen las manos del arquero de Brown que vuela y la saca. Esa pelota fue la última. Ahí se derrumbó la ilusión, ahí se supo que si esa no entraba, no entraba más.

Son jugadas que marcan el termómetro del partido, como cuando el canto de los hinchas crece en un córner y de ese córner tiene que venir el gol, pero la despeja el 2, o el equipo está en ataque, la tiene Damián Arce, se le reza a sus botines verdes pero le pegan a la pelota y la tiran a la tribuna. O el centro de Maxi Martínez, incansable, cuando llega al fondo y ya el centro se le va por detrás del arco. Son esos momentos en los que hace falta un cambio y es Costa, el chiquito capaz de desequilibrar el encierro, y da la sensación de que Costa, el chiquito, debiera haber entrado hace 20 minutos y no ahora que quedan cuatro, los que adiciona Beligoy, cuando sólo queda tiempo para las lágrimas de Matías García, conmovedor, abrazado por Busse, y el llanto del Pampu González, y los hombres para levantarlo.

Son los últimos momentos y queda la última sensación con una frase que se reitera: "No sale una, y cuando sale, no quiere entrar". Antes del pitazo final, los hinchas asumen la pérdida de la gran oportunidad que tuvo San Martín para ascender a Primera con todos los resultados a su disposición. Se lo asume como se lo tiene que asumir: evitando mostrarse vencido ante el rival que goza, deseando volverse a encontrar en el Reducido, y de repente ya se habla de Dálmine y mientras quedamos a oscuras, se prenden los flashes de los celulares y se grita: "Prendé las luces, la puta que te parió". El problema fue el que estuvo apagado fue San Martín, justo hoy, cuando necesitaba del brillo que le daba el gran ausente de la tarde, el que estuvo tomando mate en una cabina de prensa junto a Nico Benegas y periodistas, el que no se aguantó las ganas de estar más cerca de la cancha y se trepó a un techo, cerca del banco de suplentes de Forestello, justo de él, el que descubrió a Juan Galeano como 5 y pieza fundamental de la revolución futbólística y mental que permitió a San Martín llegar a este partido definitorio.

Ya en el micro de regreso, tampoco sin luces, sólo con las caras iluminadas por las pantallas del celular, los hinchas vuelven mirando los mensajes, fijándose cuánto demora el viaje hasta el centro, con ganas de estar ya en Tucumán, tratando de no pensar en lo inevitable, en lo que hubiera sido, en por qué no fue, en ese silencio que dura todo el viaje, esos cuarenta y cinco minutos, ese tiempo que dura hasta que a diez cuadras pasamos el Obelisco, justo ese Obelisco vacío como la plaza Independencia, todo ese nudo en la garganta hasta que alguien dice Dálmine, y otro dice el domingo, y otro confirma que se juega en Ciudadela, y alguito vamos a tener que tomar, y vos ponés la carne, y vos hacés el fuego, y qué vas a hacer, no te queda otra que aceptar que hoy dolerá lo que tenga que doler, y como dice Forestello, a partir de este martes a las cinco de la tarde, se da vuelta la página y se empieza a escribir otra historia, como hizo Roldán en la final perdida contra Villa Mitre, de local, y a los tres días había revancha, no había tiempo de lamentos, y llegó el gol de Cortés, y llegó el ascenso, no el día que todos pensaban, pero llegó. Y puede llegar, claro que puede llegar: el Reducido va a ser durísimo, pero todos los que lo juegan saben que San Martín se hace fuerte en estas instancias, primero Dálmine, y después ida y vuelta, a todo o nada, a matar o morir, a barajar y dar de vuelta, la vuelta que no puede esperar, la vuelta que no puede esperar más.