Top

Pánico y locura en Moscú: el hincha de San Martín que sigue en Rusia

HISTORIAS DE ALLÁ

Jesús Díaz cargó la camiseta del Santo, tres banderas, se fue a ver el Mundial y todavía no volvió: la vida en una pensión, piñas, vodka, goles y toda la historia de un viaje increíble.

Pomelo en El Pabellón: paga 150 pesos la noche en la pensión.





Son las tres de la mañana en Moscú y Jesús Díaz es el único que está despierto. Alrededor suyo, en la pieza que comparte en la pensión conocida como El Pabellón, roncan ucranianos, rusos y uzbekos. Son hombres gigantes a los que les cuelgan los pies de la cama mientras duermen. Tienen entre cuarenta y cincuenta años y se ganan la vida arreglando techos en las casas bajas. Todo el día lo hacen y a la noche, después de comer, duermen. Hasta que en el celular de Jesús Díaz aparece Claudio Bieler en escena: ya recibió el pase de Giménez, ya dejó atrás a Sánchez y ya metió el gol del empate que sacude las redes del Monumental y la pieza de una pensión en Rusia: “Más vale que lo grité. No se cayó internet ni nada. Para no molestar a nadie con la luz del celular, armé una carpa en la cucheta con las tres banderas que llevé: la argentina, la de Ciudadela y la de la Matienzo”.

El Mundial de Rusia, gracias a Dios, terminó hace quince días. ¿Qué hace todavía ahí este músico tucumano, fanático del Santo, allá? “Saqué el pasaje de ida cuatro días antes del Mundial sin regreso. Pasaron muchas cosas este tiempo, desde que llegué”, cuenta hoy Jesús, mientras cae de nuevo la noche en Moscú, a horas del debut de San Martín en la Copa Argentina, el partido que verá como vio el clásico pasado y como verá el del domingo, con seis horas y 18 mil kilómetros de diferencia. “Salí de Tucumán un martes a la tarde y llegué a Rusia el viernes a la noche. En el medio hice Buenos Aires, Atlanta (Estados Unidos), Londres, Azerbaiyán y Rusia”, agrega en la charla con eltucumano.com, mientras mete un paquete entero de arroz en la única olla hirviendo de la pensión ubicada en Vostochnoye, uno de los barrios más peligrosos de Moscú, en la última estación de subte, a 25 kilómetros de la Plaza Roja.

Es un arroz que Jesús empieza a cocinar a fuego lento y, a medida que vuelven los ucranianos, uzbekos y rusos de trabajar en los techos, el arroz se hace un arroz comunitario: “Aquí los muchachos trajeron unas presas de pollo, otro le agregó porotos, y hasta que se cocine armamos una picadita. En vez de salame y queso, acá las picadas son raras: panes con salchichas y huevos, peces ahumados, sardinas, todo ya cocido, listo para comer”. Y no, cerveza Norte no hay: “Se lo baja con vodka. Pero no escabian para escabiarse. Y si yo me quedo medio arrancado, no tengo nada cerca. Los bondis y el subte dejan de andar a las 12 de la noche”.    

Las andanzas de Jesús incluyen breves estadías en hospitales, comisarías, embajadas, consulados y casas de celular: “Vinimos con los changos, con la bandera de la Matienzo. La mitad perdió el celular y tuvimos que comprar otro. Pasaron muchas cosas este tiempo. Hubo un par de veces que nos fuimos a las manos, como el día del partido contra Croacia. Todo empezó cuando caímos a un bar. Empezamos con las latas desde temprano, colgamos las banderas, armamos un show que les gustaba a los rusos, se nos unió una agrupación de chinos que cantaba con nosotros, aplaudían. Y otro grupo empezó a cargarnos en la mesa que compartíamos”. Para colmo de males, un grupo de rusos grandes como Iván Drago se acercaron a Jesús y también empezaron a gastarlo por el 3 a 0 de Croacia. 

“Estábamos muy calientes y muy tristes. Los chinos intentaban calmarnos: ‘Bueno, es solo un partido de fútbol’. Y no, no era un partido de fútbol nada más. Dejamos muchas cosas para viajar a Rusia. Las rusas nos preguntaban si éramos millonarios. Y no, no somos millonarios. En ese momento aparecen los rusos y empiezan a gastarnos. Nos invitaban a la mesa, pero sabíamos que querían cargarnos. No le entendíamos nada, se me acerca uno, me quiere agarrar del brazo y le digo: ‘A mí no me toqués, cageta. Volaron un par de piñas y cuando todo se calmó nos sentimos mal. A mí me agarró la culpa, porque cuando hacés mal las cosas todo vuelve. Y apareció el karma: después del incidente, me fui a comprar unas latas más, un amigo se fue al baño del subte y no volvió más”. ¿Qué le pasó? Mientras Jesús estaba con las latas en la mano, esperándolo, preguntando si alguien lo había visto, alguien se acercó y le dijo: “Me parece que es el que está allá”. Allá era un banco de plaza donde el amigo se desmayó: “Lo empecé a cachetear pero no respondía. Lo tuvimos que llevar al hospital porque le agarró un coma alcohólico. Al día siguiente se despertó y lo primero que pensó es que le habían sacado un órgano, no entendía nada. Le pusimos al viaje: Pánico y locura en Moscú”.

Las aventuras de Jesús siguieron marcadas a fuego en Rusia. Y cuando llegó a la pensión que, según el traductor de Google, se llama El Pabellón, jura que se sintió protagonista de un capítulo de El Marginal: “Cuando llegamos al Pabellón, una escena fuerte nos recibió: había un tipo con la cabeza sangrando, habían estado peleándose hasta con las sartenes, tremendo. Pero después todo empezó a calmarse y hoy estamos compartiendo esta cena, yo no hablo ruso ni ellos hablan castellano, pero nos comunicamos con el traductor de Google y acá estoy: soy uno más, me tratan como uno más. No son criminales, son todos laburantes, obreros. Ya les enseñé las canciones de San Martín y ando con la camiseta de San Martín por todos lados. Es mi identidad en el mundo: soy Ciruja".

Y sentencia: "Es un modo de vida lo que estoy haciendo: las duchas son un asco, como cualquier cosa, no pregunto, pero me la banco. La estoy rancheando. Y sigo unido a San Martín porque es como dice la canción: ‘Ni la distancia nos va a separar’. Hoy voy a ver el partido contra Patronato, el domingo también. Les hago llegar a los vagos la plata para seguir con la cuota del socio al día. Y eso es una forma de seguir ahí, en Ciudadela, aunque esté en Rusia: es muy importante ser socio. Si sos de San Martín tenés que ser socio”, va despidiéndose Jesús. ¿Cuándo terminará el viaje? “No tengo el pasaje de regreso todavía. Extraño a mi familia, la cancha. En unos días voy a seguir el viaje, le voy a meter Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia, Turquía y voy a volver al Pabellón. Siempre con las banderas y la camiseta de San Martín puesta. Voy a hacer un par de changas, lo que haga falta. Y cuando pinte la vuelta, ahí estaré, en el barrio, en mi lugar en el mundo, como dice la bandera: Ciudadela, Tucumán, Argentina”.