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San Martín y el precio excesivo por los pecados cometidos ante Boca

ANÁLISIS

El equipo de Forestello jugó un gran partido, anuló al Xeneize y tuvo todo para ganarlo, pero falló en la definición primero, y luego en la jugada clave de Cardona. Las claves de una gran oportunidad desaprovechada.

Espíndola tuvo el primero para San Martín pero falló en la definición. Foto Copa Argentina.





¿Cuánto cuesta perder así? ¿Cuál es el precio a pagar por una derrota así? Invertirlo todo, no ahorrarse nada, romperse el lomo y que lo mismo no te alcance. “Bastante problemas tiene el país para que un técnico ande llorando”, había dicho Forestello antes del partido. Después del partido, no hay lugar para el llanto pero sí para el lamento. Lo demostraron los miles de hinchas que viajaron a Formosa. La última imagen fueron ellos: agradeciéndoles a los jugadores lo dejado, lo vivido. Pero también con el dilema, con esa sensación de que perder así duele más, de que a veces es mejor que te claven de entrada, que no te dejen margen a la ilusión, gol de Zárate a los cinco minutos, gol de Benedetto a los diez, y a pelarse, a resignarse de entrada, a pensar en Vélez y nada más. Pero eso no pasa: nada de eso pasa. San Martín hace pie en Formosa. Es local en Formosa. Se lleva puesto a Boca en Formosa. Arregui se consagra y le gana el medio a Gago. Matías García desborda, Nico Giménez la pisa y que pase el que sigue, Boca está a un golpe del nocaut, a una sola mano, una bien pegada y te juro que no se levantan más. Porque están desorientados desde que salieron a jugar. Pusieron el día, la hora y la sede que quisieron. ¿Sagra? Bien, gracias.

Entonces dejás de mirar el partido de costado. Hacés un trago y creés en Acevedo, y bancás a Cahais cuando Boca ataca. Y lo mirás sentado hasta que te tenés que parar porque Espíndola, el que lo clavó a Atlético con una comba inolvidable, ese mismo ahora no sabe qué hacer cuando Andrada le sale y le ahoga el hueco y el disparo le va al cuerpo. Y te lamentás, pero aplaudís y saltás como esos enfermos, perdónenlos, allá arriba en un parante, tan incómodos como en Junín, levantando el cuello para ver cómo Maxi Martínez le copa la parada a Jara, traba y gana, Caco saca el centro y ves, vos la ves, ves que la pelota blanca está llegando al botín derecho del Taca que le da con alma y vida en el aire y que esa pelota viaja, mirá cómo viaja, mirá cómo se estrella en el palo: "Y la puta madre que los parió, no pueden tener tanta suerte estos bosteros". En ese momento, después de ver la repetición, volvés a agarrarte la cabeza, a patear el cajón de cerveza vacío que tenés al lado, o que vuelen los hielos de la conservadora. Cuando la calentura se te pasa, empieza a invadir la sensación que no querías que llegara, la que a todos les pasa: San Martín lo tiene en un arco a Boca, lo tiene, con el permiso de la RAE, cagando a Boca, pero no lo emboca.

Hay otra sensación que te tiene en vilo durante el entretiempo. Es la que se suma a la desconfianza del árbitro, el que ante la duda pita para el equipo de Angelici, la más vergonzosa cuando Bieler sobre el borde del área, adentro o afuera, le cobra un codazo a Taca sobre Pablo Pérez, y Forestello no llora porque todo está bastante podrido y hay tanto hambre que quiere comerse al línea cómplice. El técnico de San Martín declarará después del partido que se va orgulloso de sus jugadores, pero nadie le saca lo que ha pasado, la posibilidad concreta de haber estado ahí, a un poco de puntería por el amor de Gonzalo Rodríguez, Turbo, justo vos y toda la pelota entregada en bandeja para sacudirle el alma a ese mundo que es Boca como lo hizo Vidal González en la Bombonera, para tapar a los que dudan si estás para Primera, y pif, una masita, un rosquete vencido lejos del palo de Andrada: "Y la reputísima madre que me parió".

Ahí, en esa jugada, comienza a terminarse la ilusión de eliminar a Boca. ¿Cuántas veces podés fallar ante el arquero? Entonces entra en juego una serie de eventos consecuentes de ese juego y empieza a cobrar el banco, justo el banco en estos tiempos de crisis, el banco que tiene Boca, un cheque escrito a nombre del portador, justo a nombre del desclasado, al ex jugador del pueblo, el que entra por el ex ídolo de Vélez y se lleva puesta a la defensa y casi castiga. Y vos sabés que jugaste el lunes, que tuviste que ir a Aeroparque, combinar hasta Formosa, tomar unos mates y salir a jugarle al equipo que durante 70 minutos tuviste contra las cuerdas, al que le perdonaste todos los pecados cometidos, pero que en Andrada tuvo lo que no tuvo Arce en esa jugada de Cardona. Fue el gol de Boca: y sí, engancha bien, y sí, remata mejor, y sí, se desvía en el talón de Purita, pero sí, también encuentra las manos débiles del 1 para sacarla, para poner los puños en lugar de llevarse la costra gomosa de los guantes a la cresta. Entonces toda la adrenalina cae: pegás un insulto y la sensación que te invade es la de incredulidad. Porque no habían hecho nada, absolutamente nada, y aún así te quedás con la sensación de que lo ganabas, de que si no fallabas en las áreas, lo ganabas. Entonces, acaso, si querés, si te sirve de algo, te quedará la tranquilidad de saber que este equipo, si ajusta un par de clavijas, va a seguir creciendo y hará pie en la Superliga. De que este equipo tiene todo para hacer una gran temporada en la Superliga. Pero también te queda la seguridad de que ya habrá tiempo para hablar de eso. Claro que habrá tiempo. Hoy no.