San Martín y las molestias de ponerse el traje de candidato
ANÁLISIS
Desde los técnicos en el banco hasta Pons en el ataque, el Santo nunca se sintió cómodo contra un rival que sabe lo que vino a hacer y un árbitro impresentable. Claves para saber qué le pasó a Mercier.
Mosca, el 10 de San Martín, no tuvo claridad esta tarde. Foto Prensa CASM Oficial.
La camiseta del Santo se tiene que transpirar. Y se transpira. Por eso al final del partido no hay ronda grupal, pero sí los aplausos para los jugadores que se van con las medias bajas, muertos, exhaustos, agotados, levantando los brazos pese al empate. Y con tiempo de acordarse del iluminado que puso el partido un domingo a la siesta en Ciudadela.
Si de iluminados hablamos bajo el sol picante de este día, la falta de claridad y pragmatismo empezó por la dupla técnica: desde el saco que no se saca Gómez hasta la camisa manga larga que transpira Orsi, esa incomodidad en el ropaje fue la misma que sintieron los jugadores de San Martín para andar cómodo por esta vida, romper los círculos de fuego que propuso el Dragón y besarse la camiseta nueva. Pero no hubo goles ni mayores motivos para festejar este empate en blanco.
Es una incomodidad que se ha notado como nunca en Pons: Luciano ha sonreído y posado el jueves en la presentación de la camiseta, pero toda la alegría quedó ahí, en la pasarela, en los flashes: muy irritado el delantero, demasiado fastidio contra el impresentable que dirigió, peleándose con los defensores, guapeándola al pedo con el arquero que vivió en el suelo, incapaz el buen Lucho para salir de esa zona caliente, la zona a la que al único que le conviene es al rival.
No se trata de instalar el pánico ni avivar fantasmas, pero a San Martín van a querer bajarlo de la pelea por el ascenso siempre: el que juega los domingos en San Martín ya debiera saber eso. Y quienes juegan en las oficinas de la AFA durante la semana, viendo todo lo que ha pasado en el pasado, ya debieran estar más atentos a los nombres que tocan, que paran el partido, que cobran las divididas para el visitante, que así como son capaces de meter a Pons en el hastío, también lo hacen con los que entran y no dan pie con bola.
Ramiro, Brandán y el uruguayo entraron fuera de eje: Costa perdió todo de arriba y definió apurado de abajo, el chiquito vio la amarilla al segundo y jugó sin datos para conectarse y Aguiar demostró que puede tener toda la experiencia del continente, pero acá al trote no, papá, acá cuando pela la pelota, cuando el tiempo se va, cuando queda la última pelota, jugala, tocala, hacé algo.
Ha sido un partido incómodo para San Martín desde el inicio. Sí, se celebra que Ciudadela sigue sumando ladrillos en el fondo. El dúo dinámico ha encontrado la defensa completa con Arce; Pier, Amor, Abel y Diarte. Y sí, se confirma cómo han recuperado al mejor Gonzalo Rodríguez, intratable para ser el único que ha intentado desequilibrar en esta tarde donde el candidato al ascenso no ha aparecido. Si San Martín no ha confirmado lo realizado como local y ante Tigre tiene mucho que ver con la apatía, con el clima en el que juegan Mosca, Castro y principalmente Fissore, incapaces durante todo el juego de establecer una sociedad de juego. Se nota que saben, por algo están, pero cuando empiezan a chocar, nadie los saca de ese formato.
Y si ellos no juegan, si no ayudan a Mercier, Pichi como le dicen muchos, o el Pelao como le dice el de la Coca, solo no va a poder. Por eso se va como se va Juan Ignacio: exhausto, pegándole una patada al cartel de la Pellegrini ante la última situación de juego ideal para ganarlo, esa que no supo manejar Ramiro Costa, apurado, sin luces, apretado, incómodo, como un saco de gabardina puesto bajo este sol, como un traje de candidato que tiene que quedar más suelto, no tan apretado, menos ceñido, más relajado, un poco más acorde al tono de lo que se juega, de los tiempos, de los climas, de las circunstancias.








