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Bajo la tormenta: el emotivo banderazo de los hinchas de San Martín

ciudadela

El Santo juega a todo o nada en Río Cuarto frente a Atlanta y el viernes a la noche cientos de hinchas fueron a despedir al plantel sin importales la alerta meteorológica. La locura y la pasión Ciruja más vigente que nunca. Videos.





“No hay tormenta que nos pueda parar”, dice Oscar, que tiene 19 años, vive a dos cuadras de la cancha y no dudó ni un segundo en llegarse, al igual que otros cientos a los que la alerta amarilla del Servicio Meteorológico Nacional parece no importarles en los más mínimo.

Es noche cerrada ya en La Ciudadela y el plantel ultima detalles para emprender el viaje en ómnibus hasta Río Cuarto, primera o última estación rumbo al segundo ascenso. El rival es Atlanta, la esperanza es lo último que se pierde, o mejor dicho lo único que no pierde el Pueblo Ciruja que jamás apaga el fuego de su pasión ni con un temporal que inunda barrios completos.

Es por eso que a las 23.30 cuando el colectivo arranca con la delegación a bordo, son cientos los hinchas que los despiden con cánticos, vengalas, banderas y camisetas. Como siempre, la gente del Santo al pie del cañón, entendiendo que el domingo se juega por la dignidad y que no está muerto quien pelea, porque por más que le llamen “mata-mata” a estas series de eliminación directa, eso locos empapados saben que aún en la derrota, el lunes, con la camiseta puesta sobre la piel herida, empezarán a soñar con futuros desafíos porque al Santo no hay quien lo mate.

“Mi lo que es esto”, comenta un hombre con la cara curtida de arrugas y que por antigüedad es de los que vio a Jacinto, al Capo, a Cucaracha, a Pamperito, a los hermanos Corbalán y al gran Pechito Pereyra. A pesar de que por su edad se ha ido endureciendo y no es un tipo fácil de impresionar, esta vez se le pianta un lagrimón que se disimula con las gotas de lluvias que no paran de caer. Él sabe dos cosas, esa lágrima no es la primera que tira por el Santo y esa no será la última.

La gente de San Martín es así, al próximo partido lo empieza a jugar ni bien termina el anterior, sus vidas son partidos de San Martín uno tras otros, encadenados, sin descansos, o, mejor dicho, San Martín es su vida, por eso un lunes, aunque el equipo haya perdido, se ve el centro inundado de camisetas rojas y blancas, portadas por alumnos del secundarios, los changuito que limpian vidrios en los semáforos, el muchacho que se entrena en un gimnasio de barrio norte, o el chico que vende turrones. Lustrabotas o bancarios, oficinistas o vendedores ambulantes, comerciantes o bohemios, verduleros o ejecutivos. El Pueblo de Tucumán.

Y aunque a veces duelan los ojos al ver jugar a algunos que no tienen idea donde están parados, al final siempre pesan más los colores que el apellido y el orgullo no se negocia, porque ser de San Martín es ser San Martín, no es solo sentido de pertenencia, es también la esencia de todos.

Algunos jugadores aterrizados de la B Metropolitana no entienden nada cuando ven tanta locura, y por eso san sus celulares por la ventana del ómnibus para registrar el momento. Algún día le dirán a sus nietas: “Yo jugué en San Martín, ahí la gente te iba a ver salir de viaje en medio de la tormenta. Nunca más viví algo así”.

Es que están todos locos y mañana volverán a paralizar sus corazones frente al televisor en busca de un poco de alegría. Si hay triunfo, sonará la Mona y se encenderá el color de la fiesta en cada barrio. Si hay derrota, las camisetas seguirán luciendo orgullosas en la piel del pueblo en las calles tucumanas. Total “somos San Martín”. ¿Qué más querés?