Top

Carnaval toda la vida: San Martín gana en la cancha, gusta en la tribuna y golea en las calles

análisis

Un viernes hermoso, con la vuelta de los hinchas, con la provincia de rojo y blanco, con las tribunas repletas, con los jugadores a la altura de la historia. El partido perfecto existe, y no se juega en la cancha, sino en la previa de un Pueblo Ciruja feliz de ser lo que es.





Si no se sufre también es San Martín, y si no preguntale a esos viejos que te vieron cuatro veces en la A, pregúntales por el equipo de Pedro Nelson, del Uruguayo, el del 88, a ese equipo que los hinchas iban a ver por cuánto ganaba, a aplaudir lo goles, casi que no hacía falta gritarlos. 

Los mismo con el del 85, ese que como hoy se vestía con el pantalón negro, con la Zeus y que una tarde también le pintó la cara a este Estudiantes de Río Cuarto con un Coya descollante, con Juárez saliendo desde abajo por entonces pichón de ídolo como Orellana; con el Capo a lo Tino, con Roque Martínez a lo Larralde. 

Si no se sufre también es San Martín, muchachos, porque la piel está curtida de heridas, de cicatrices, pero también de alegrías eternas, de felicidad de ser lo se es, lo que ya nunca se va a dejar de ser. “Se extrañaba la cancha”, le dice un hincha a eltucumano en la previa más previa de las previas y después clava los ojos en la cámara y lo dice todo: “Acá ya ganamos, después volvemos a ganar en la cancha”. “Nosotros ya ganamos”, dice el Pueblo Ciruja y tiene razón. 

Explota la cancha, antes del partido y más cuando salen los de rojo y blanco. Los de celeste y blanco tiemblan, claro: nunca vieron algo así, no lo pueden creer, se lo van a contar a sus nietos: “Yo un día jugué en una cancha en la que no cabía un alfiler, saltaban todos, gritaban como locos y no sabés el calor que hacía. Te lo juro, nunca vi algo así en mi vida”. 

Después estuvo el otro partido, el que el hincha había anticipado que también iban a ganar: a ese partido lo maneja Tino, que marca el camino, que todo lo que toca lo convierte en oro. Por eso estuvo bien Sand cuando amagó jugar hacia afuera con los laterales y se la dio a Tino que giró, metió un bochón, vino el corner teledirigido de Tino hacia al mate de Orellana, reemplazante de Pellerano, el que acaba de firmar un contrato por dos años y hoy paga con un gol de cabezazo de manual: de pique al suelo a contrapierna. 

“Es por acá”, dice Tino que las agarra a todas, y tiene un socio que se llama Larralde: más clarito échale agua porque hace todo bien y marca. “Pero qué me van a hablar de marca”, cuestiona Herrera que tiene imanes en las piernas, se roba todo lo que anda cerca suyo. Así recupera, mira y lo busca Cano, al que le faltó el gol y nada más. Él levanta la cabeza, meta una bocha más digna de un enganche que de un nueve, Jourdan entiende el juego y lo deja sin arquero a Sosa que la empuja. Chau papá; dos a cero y pinta goleada. 

Acá puede terminar el análisis, para los que se quedan con los goles, pero nosotros no somos así, y por eso la seguimos, queremos hablar del disfrute, del goce, de la hinchada con las palmas rotas de tanto aplaudir, de las sonrisas de oreja a oreja, del “¡Bien” en cada jugada. 

“Hace años que no veíamos un partido así, tan tranquilo, tan fácil”, dice uno a la salida, y tiene algo de razón, aunque está es la tercera victoria del año y también la tercera vez que San Martín parece un equipo de otra categoría, que supera, que baila, que gana casi sin despeinarse. Que ilusiona.

Al segundo tiempo no sale Tino, golpeado de tanto ir y venir, los años no viene solos y los daños tampoco. Sale al último de la cancha en el entretiempo, y la gente lo ovaciona. Baja un primer y tímido “ole ole Tino”, cada vez será menos tímido, cada vez será más convencido.

“De pie señores”, grita uno cuando la nueva Voz del estadio anuncia la salida del cinco, de Rodrigo Herrera, el pulpo, el pulmón. Se viene abajo la cancha. Tiene 21 años y parece que tuviera toda una vida jugando en Ciudadela. “Ya le compro el pase”, tira un plateista más lúcido que cualquiera.

Entra Abregú: “Junto con Orellana el que más evolución desde que llegamos”, según De Muner y tiene razón, porque nada queda de ese lateral que pasaba desapercibido, de ese central que no hacía pie. Ahora es un cinco de toda la cancha, muerde, recupera, corre, mete y hasta la pisa y sale jugando. 

Esta vez Sand no lo toca con las manos, no le llegan, no lo atacan. Pero sabe con los pies, se nota mucho, es piyo, entiende dónde y cuándo jugarla, siempre a un compañero, sin riesgos innecesario, sin locuras, como mucha simpleza y suficiencia. 

Los demás, todos bien: Lópes y Orellana segurísimos, Diarte cumplidor y Sansotre el amo y señor de la derecha, un tractor, incansable, va y viene como si no hubiera mañana. Firme en la marca, criterioso en ataque. Ni Lahn se animó a tanto. 

Esta vez el técnico estuvo bien, no se apuró como el otro día y fue regulando los cambios, de a poquito, según va pidiendo el partido. Termina con un 4-4-2 que toca y toca, que entusiasma, que enloquece a las tribunas. 

“Desde ese norte argentino y para todo el país, llega la famosa banda, la banda de San Martín. Y Ciudadela Ciudadeeé”, saltan y cantan todos, pitazo final de un partido que ya está terminado hace rato, pero que ojalá no se termine nunca. Al resto imagínatelo vos, si todavía hay gente de fiesta en Ciudadela. En la previa se gana, durante el partido también, pero después… después se termina de golear. Nos vemos el domingo que viene en Mar del Plata, La Feliz. Que sea fiesta, como siempre.