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Con Justicia y con lo justo: San Martín, el traje que no calza y el empuje que obliga

análisis

Al Santo no le sobró demasiado para ganarle a San Telmo auqnue si hizo méritos más que suficientes. El resultado quedó corto y terminó sufriendo ante un rival que no pateó al arco.





No hay frío que detenga al Pueblo Ciruja que va en procesión hacia el barrio más popular de Tucumán. Hoy, como siempre que juega el Santo, todos los caminos conducen a Ciudadela y que justo es el día más frío del año y que el invierno se haya acordado de aparecer justo hoy, no frena a nadie porque a la cancha se o se va. 

Se va o se va aunque haya que escaparse del laburo, meterle una  excusa ridícula al jefe, o simplemente no ir alegando enfermedades. Se va o se va aunque llueva, truene o hagan temperaturas por debajo de los 5 °C. 

Por eso hay filas largas en el Club Nicolás Avellaneda, y las esquinas emblemáticas están llenas de gente. Des Pura Cultura Ciruja, pasando por la Quiaqueña, la Esquina del Santo, Potente y algunos más, los locales no paran de vender y hace la diferencia que extrañaban desde hacía tres semanas. 

Cuando el Santo sale a la cancha, casi media hora después de lo anunciado por las fuentes oficiales del Club, estallan los fuegos artificiales, llueven papelitos y se despliega el telón sobre la Pellegrini con la leyenda tan escueta como poderosa: “Ciudadela”, en letra negra sobre los lienzos rojos y blancos. Belleza. 

Ese impulso de cancha en ebullición se traslada al equipo que sale decidido a meter contra un arco a San Telmo. Lo que pasa es que para eso hace falta más decisión, y acá la creatividad no abunda, entonces el ímpetu choca de frente contra las impericias. 

Aún así es San Martín el que propone y dispone de la pelota y en los pies de Bucca está el fútbol, a veces cansino, pero fútbol al fin. Andrada se diluye en los últimos metros, y Ciccolini no termina de ponerse ele quipo al hombro. 

Aunque Dening, Banegas, Andrada y Acosta tienen sus chances, a San Martín le falta claridad y calidad. De todos modos, los méritos para abrir el marcador se hicieron con creces. 

El entretiempo puede ser un buen momento para refrescar ideas, para hacer algún cambio, para pensar en variantes para al fin abrir un partido mezquino y peligroso, pero Frontini decide que los cambios se hacen de a tres y a los 15 del segundo tiempo.

No pasaron ni cinco minutos cuando Iván Molinas, uno de los recién ingresados, por fin lanzó un buen córner que Orellana peinó y Meritello completó, marcando un gol bien de los centrales. 

Ahora sí, por suerte se destrabó el partido y parece el momento de que San Martín haga más, saque su coraje de equipo candidato, está todo dado para eso. Encima un defensor de ellos se hace expulsar por un codazo en mitad de cancha. Pero esto es fútbol, y en Ciudadela hay miles de ejemplos de partidos que se descontrolaron de la nada. 

Termina pasando que no hay lucidez para controlar la pelota, para moverla de lado a lado y buscar los espacios para liquidar. Al contrario, hay una especia de parálisis colectivas y si bien el rival no hizo nada para aprovecharla y se fue de la cancha sin patear al arco, en San Martín volvió a quedar demostrado que todavía le queda un poco grande el traje de candidato. 

No hay dudas que este equipo es mejor que el de Delfino, pero todavía le falta peso como para considerarse como uno de los más fuertes del certamen. 

Claro que la camiseta tira del carro y empuja para adelante, es por eso que con algunos buenos resultados basta para ilusionar a propios y amedrentar a extraños. E eso se trata, más que de ponerse el traje de candidato, de no sacarse la camiseta de San Martín porque con eso puede terminar bastando. 

Aunque no hayan sobrado luces, hay que decir que tampoco hubo sombras, que San Martín no sufrió y siguió siendo San Martín, que el marcador dice que ganó con lo justo, pero que en realidad ganó con justicia. 

Pero esto hoy a nadie le interesa porque ganó el Santo y lo demás no importa nada, porque en un par de días sale el bondi a Córdoba, porque para el Pueblo Ciruja siempre sobran los motivos para festejar.