No tan distinto: San Martín, sin hambre no hay gloria
Como en aquellas primeras fechas con Delfino, como en algunos partidos de Ferrero, ahora con Frontini, el Santo no muestra ni caracter, ni ambición de campeón. Un empate que sabe a poco para el hincha, pero que es más de lo que el equipo merece.
“La prioridad es el ascenso”, había declarado Pablo Frontini en la previa del partido contra Racing, quizás por eso rotó algunos jugadores pensando en este juego contra Alamgro. También es Frontini, y todo su cuerpo técnico, el que se ofusca cuando el árbitro marca que se van a jugar tan solo cinco minutos más. Parece el DT de un equipo ambicioso que busca el triunfo con desesperación, pero es, en realidad, todo lo contrario: es el DT de este San Martín, magro, timorato, anodino, desalmado que cada día se parece más al de Delfino.
Mientras Frontini se fastidia por la escasa adición, Nahuel Banegas tarda casi un minuto en reponer un lateral y sus compañero no se muestra ni la piden. Si las ganas de ganar existen, están bien guardaditas, bien escondidas, bien disimuladas detrás de una actitud apática propia de los equipos sin ambiciones.
Banegas, el que demora el lateral, también pierde en cada salto y así casi llega el primero a los dos minutos, cuando el palo salvó a Sand. Banegas, no gana un cruce, no sale jugando en ninguna bien, no pasa al ataque con eficacia. Banegas es la sombra de Banegas. Es la peor versión de sí mismo. Eso sí, es el único que casi hace un gol, con un cabezazo en el único centro bien tirado de la tarde.
Dening, como Banegas, atrqviesa su peor momento en el torneo desde hace varias fechas, pero su bajón no encuentra el fondo y sigue perforando su propio piso. Entre enredos, malas decisiones y, sobre todo, el empecinamiento en hacer siempre una de más, el goleador y capitán conduce al equipo al desastre futbolístico. Es el abanderado del desmadre colectivo, el estandarte de la confusión que parece no inmutar a Frontini que se pasa todo el partido sentado, mirando sin ver, viendo sin mirar. Por eso se aviva de hacer cambios como a los 70 minutos, como si todo estuviera bien y elige mal porque saca Pierce abandonando a Bucca a la buena de Dios cuando más cansado está, prefiere sacar Ciccolini, cuando Andrada hizo más méritos para salir y reemplaza a Acosta, mucho más criterioso que Dening.
Todavía no se entiende por qué sigue entrando Enzo Martínez y el único que justifica su ingreso es Iván Molinas al que con muy poco le alcanza para ser de lo mejorcito. En el país de los ciegos, el tuerto es rey.
Si hablamos de reyes de los ciegos, de tuertos que dominan un mundo donde nadie ve, de jugadores que se destacan por solo cumplir con lo más básico de su función, ellos son los centrales de San Martín: haciendo lo justo y necesario, más allá de algunas malas salidas, porque no les sobra nada, se sostienen como puntos altos en relación a sus compañeros de este equipo sin luces, de brillo ni hablemos.
Lo más parecido a jugar bien, lo hace Bucca que con despliegue, esfuerzo, sacrificio y criterio futbolístico, se erige como el único relieve en la llanura colectiva del equipo más chato de los últimos san martines.
El flaco hace lo posible por estar en todos lados y aunque el físico lo traiciona, se las ingenia para tirarse de cabeza hasta en la última pelota, para ganar el último cruce, para salvar al equipo de un contragolpe con pinta de letal que empezaba a armarse cuando Sand envió un centro más anunciado que la separación de los Chalchaleros.
El empate tiene sabor a poco para el Pueblo Ciruja que quiere más, pero le queda grande a este San Martín que aunque su técnico palee por el tiempo adicionado no hubiera hecho un gol ni jugando tres días más. Para hacer goles hay que patear al arco de vez en cuando, al menos.
Así se escapan dos puntitos más contra uno de los peores equipos del campeonato y también se escapan los otros, los morón, Agropecuario, Almirante Brown y algunos más que ganan mucho de los que pierde y la tabla nunca miente.
A esta altura, el San Martín de Frontini no es tan distinto al de Ferrero, ni al de Delfino. Pasaron tres técnicos, cambiaron cinco jugadores que se fueron, cuatro más que llegaron y todos sigue igual porque falta de todo, desde juego colectivo y jerarquía individual a los más importante de todo: hambre de gloria.








