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Ciro en Tucumán o el amor entre Persas y viejos piojosos

análisis

Ciro se mueve como una marioneta que baila rock y dos generaciones lo aplauden, le gritan, le piden. Banderas de Los Piojos y zapatos con taco. Un encuentro, un amor. El bajón: chorearon celulares a dos manos.

Ciro entre sus dos amores, el pasado y el presente, retratado por Anabella Podestá.





Ciro canta Mírenla. La brisa mueve el pelo largo y claro de la chica que luce una remera blanca con un corazón rojísimo en el pecho. Parece que se deja acariciar por la melodía que trae el viento y que la ha vuelto fascinada, con los ojos cerrados y con apenas un movimiento de hombros: suave para atrás, suave para adelante. Mirenlá. Miren, miren, miren; mirenlá.

En ese momento, dos hombres de barba crecida y ya de una pancita que se marca por la remera, han decidido alejarse del público e ir a comprar cerveza: 60 pé el vaso. "Este tema no me mueve ni un pelo", dice uno.

Y quizás un piojoso cabeza es eso: alguien que cuando suena el tema más repetido de Ciro y Los Persas, el que vuelve locas a las chicas, prefiere ir a comprar porrones.



En este universo de dos generaciones rockeras marcadas por el antes (Los Piojos) y el ahora (Sus Persas) de Andrés Ciro Martínez, el cantante interpreta Mírenla y son más los que lo acompañan que los que compran cerveza. Pero luego canta El Farolito -himno piojoso si los hay- y todos saltan.

Pese a que la lona horrible y peligrosa que pusieron para proteger el piso de Central Córdoba se ha vuelto una trampa que enreda al pogo y la gente se cae, todos saltan. Y sí. Qué no; si se escucha como si tuvieras puestos los auriculares, qué no vas a querer saltar. Miles de almas en un ritual sin calma, saltan.

Un vaso de cerveza vuela al cielo como señal de partida y el amigo se mete al kilombo de adelante. Otros saltan en grupo mirándose la cara, cantando entre amigos, entre amigas, entre conocidos, entre desconocidos.

Saltan en el lugar, con la mano arriba, sonriendo, cantando, rockeando.

Y en la hermandad de la noche, hay unos culiaditos que se aprovechan de lo bien que la está pasando uno, de lo alegre, de lo feliz que está, y te chorean el celular.

Pasa siempre, pero en este último recital de Ciro fue alevoso como chorearon.

Tanta atención que ponen en el control de la entrada para encontrarte un encendedor. O no se qué tanto buscan y manosean en las carteras de las chicas.

Tan cuidadosos, serios y rectos que están cuando te piden la entrada, que ya deberían saber que quiénes son los que van a chorear y no dejarlos pasar.  Ay, ay, ay.

Bueno. En fin: Qué placer verte otra vez.





Una bandera amarilla con el piojo de Tercer Arco se flamea de acá para allá, Santiago del Estero dice. También hay otra de Jujuy, de Catamarca y de Salta.

¿Y dónde andaba el amigo de la bandera de Concepción? Infaltable, la bandera récord tucumana. Espero que este bien donde esté.

Ya casi no hay flequillos rolingas, ni pañuelos enroscados en el cuello; ¿hay más tacos que zapatillas de lona? ¿más corazones que lenguas stones? Difícil contar. Pero mírenla. Y mírenlo. Ciro tira sus pasos: parece una marioneta que baila rock. Y cuando termina sus movimientos dice: este es el último tema de la noche. El público responde:

-Noooo

Y Ciro:

-Siiii

Y empieza un ida y vuelta con el público, al mismo tono, donde se repite de la misma manera con la palabra opuesta.

-Noooo

-Siiiii

-Noooo

-Sí, sí-sí

-No, no-no

-Sí, sí-sí, sí-sí-sí-sí-sí-sí

-No, no-no, no-no-no-no-no-no

Y todos cantamos juntos en el ida y vuelta, casi jueguito infantil, que nos invita Ciro.



Luego, en esa intimidad de recital, una chica se sube a los hombros de un chico y desde arriba mueve en círculos un pañuelo. Las luces están bajas, el sentimiento alto. Y quizás no sea el vino.

Al final, para Persas y Piojosos, Ciro sale solo. Solo con su armónica. Y toca el himno. Algunos se retiran. Otros, sueñan con escuchar Maradó, pero en la lista de temas esta vez ya no había espacio para el Diez.