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Daniel Chocobar, cuando la música trasciende los sentidos

HISTORIAS DE ACÁ

Viaja en el tiempo al momento más difícil de su vida: tenía 7 años y un accidente doméstico lo dejó ciego. Dejó Anfama para estudiar y se sobrepuso a todo: "He dejado las tinieblas y he salido adelante". Sobrevive apenas con una pensión y busca trabajo.

Daniel, en la mirada de su amigo GUstavo Guaraz.





Daniel Chocobar recuerda que tenía apenas siete años cuando jugaba en su casa rancho en el corazón de Anfama. Recuerda que sus padres habían encendido el centro musical con un casete de Los Manseros. Y que fue un viernes de abril por la mañana cuando sufrió un accidente en la cocina que obligó al traslado de urgencia a la capital. “Recuerdo un accidente doméstico con una tabla de cocinar y una caída. Recuerdo que mi mamá y mi papá me levantaron, me llevaron a la cama, me dieron de comer y cuando me bajaban a Tucumán, me quedé sin poder ver”.

Además de Los Manseros Santiagueños, Daniel recuerda su primera radio a cuatro pilas. El paso al casete con más folclore, románticos como Christian Castro, las cumbias del recuerdo, las canciones de Daniel Agostini, los tangos de Piazolla, Goyeneche y Argentino Ledesma y su primera guitarra. Veinte años después, Daniel recuerda como si fuera hoy cómo llegó la guitarra a sus manos: “Al momento más difícil de mi vida lo llevo en mi mente, en mi alma, en mi corazón. Me tuvieron que sacar todo lo que tenía desarmado en el ojo. Según cuentan, lubricaron mal una parte del ojo izquierdo y, después de tres años de operaciones, ya me quedé sin ver. Ahí empecé con la música”.

Desde la pieza que alquila en una casa de Barrio Sur, la historia de Daniel está marcada a fuego por la superación. Y, luego de sus comienzos con la guitarra, está marcada a fuego por el acordeón: “Tengo cosas que siempre recuerdo, que quedaron para siempre en mi memoria. Una de ellas fue mi primer acordeón, quien nos lo vendió un vecino de Anfama. Era usado. Y cuando cumplí los 18 me regalaron mi primer acordeón. Si bien he nacido así, si bien veo cosas raras, imágenes blancas y negras como tinieblas, cuando hago música las cosas cambian: teniendo oído no es difícil tocar. He salido adelante, he podido terminar el secundario, y veo desde adentro las cosas que logro ver, no como ven ustedes, pero las veo”.

A los 20 años se mudó Daniel a barrio Sur. Pese a todas las dificultades, cumplió el sueño de terminar la secundaria en las noches del Colegio Nacional. “Quedaron atrás las cosas no tan buenas que pasé en mi vida y siento alegría y esperanza. He aprendido muchas cosas y una de las más importantes son las ganas de progresar. Me pasa cuando toco ante la gente: conozco el reconocimiento del otro, el aplauso, el alivio que trae el aplauso, el apoyo, el aliento, de todo un poco”.

Daniel Chocobar vive apenas con 6.800 pesos, lo que cobra por su pensión. En 2017 ingresó al Instituto Superior de Música, donde estudia las partituras en braille, pero como cualquier persona necesita un trabajo y lo está buscando: “Algo más quiero buscar, las cosas están muy mal. Quiero salir adelante y levantarme todos los días con un motivo para insistir y triunfar. Tengo personas que me ayudan, pero me gustaría un pequeño trabajo, de empleado administrativo, ser gestor, llevar papeles, algo así. Como todos, necesito trabajar”.

Entre las personas que lo rodean, Daniel habla de Gustavo Guaraz, quien le dedicó hermosas palabras con un mensaje: “Me pidió que les avise que terminó la secundaria y ya está en tercer año (Ciclo superior) en el Instituto Superior de Música de la UNT. Agradece infinitamente... Por mi lado quiero mandar emocionados abrazos a todos los hermanos, padres y madres (tantos...) que Daniel Chocobar sembró en este camino. Buscan la esencia / músicos ciegos / almas que abrazan / lo verdadero...”.

Y también Daniel Chocobar habla de Carolina Villafañe: “Soy un hijo de corazón de su familia. A pesar de que no puedo ver, siempre sentí su respeto. Es como que me adoptaron y me han hecho sentir que no soy una persona desigual, pese a mis cicatrices. Siempre agradezco a ellos, a Dios, a la Virgen, a la Pachamama, al Cielo, a la Tierra”, celebra el músico que mientras anda por la calle escucha el clima social que se vive en esta época: “Escucho cosas malas, pero sobre todo escucho la música de la ciudad, el respeto del otro, la solidaridad. Yo también soy solidario con el otro. He madurado en todos los aspectos y si consigo un trabajo voy a tener más motivos para celebrar”, se despide Daniel, listo para componer, escuchar, tocar, ir a una peña, en barrio Sur, en Raco, en Anfama, donde suene un acorde, donde haya un recuerdo, y una esperanza.