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Salvador, el lustrabotas que garantiza brillo y elegancia en la zona de Tribunales

HISTORIAS DE ACÁ

Desde hace más de 20 años se instala de lunes a viernes en la plaza Yrigoyen y, con productos de la mejor calidad, le saca brillo hasta al zapato más viejo.

Salvador, personaje emblemático de la zona de Tribunales.





“Al zapato se lo cuida como a una pared. Primero se debe sacar toda la pomada vieja, para que no quede manchado”, explica Salvador, desde su banquito de madera colocado a la sombra de un árbol en la plaza Yrigoyen. Durante la mañana calurosa del miércoles, espera la llegada de sus clientes, con su camisa celeste de cuello gastado y un pantalón azul oscuro. Sus zapatos negros acharolados, brillan.

-Adiós, Salvador.

-¡Buenos días, Doctor!

Salvador de Jesús Navarro, tiene 80 años y desde hace más de 20, viaja desde La Banda hasta la plaza Yrigoyen, frente al palacio de Tribunales, para instalar su puesto de lustrabotas, venta cordones y plantillas para zapatos.


A las seis de la mañana se toma el colectivo de la línea 122 para llegar a las 7 a la plaza que ya alberga el movimiento de la ciudad en días de semana. Llega, ordena sus herramientas de trabajo y se pone a orar. “Le pido a Dios que me fortalezca y que me ayude, por eso estoy bien”, asegura. Salvador le hace honor a su nombre y a cada rato habla de Dios. Para él las cosas deben estar ordenadas, y las personas deben ser humildes, piadosas y buenas.

“Los primeros años he venido y trabajaba por $5 pesos. Yo era el más caro, porque  todos hacían el servicio por $1. Porque  yo trabajo con materiales buenos y de calidad”, dice con orgullo y asevera que el precio nunca espantó a sus clientes.

Una mujer que camina al lado del puesto de Salvador, vuelve en sus pasos y pregunta: “¿Qué salen las trenzas?”. El vendedor se levanta del banquito y consulta cuál es el color que busca, a lo que la mujer responde: “las grises”. Con sus dedos recorre una fila de cordones gruesos y finos de diferentes tonos que cuelgan de una escuadra de madera que pende del mismo árbol que le da sombra. “Bueno, le vamos a dar un parcito de trenzas a la señora”, responde.

En sus años mozos, Salvador trabajó en la construcción y para empresas que vendían materiales para la construcción. En otros momentos trabajó de sereno. Hoy, tras dos décadas, continúa dedicándose a sus clientes más fieles de la plaza Yrigoyen de lunes a viernes. “Le hago el servicio a los zapatos, el que necesita se lleva trenzas, y al que necesita plantillas, se le pone las plantillas. Se les hace un servicio completo. Traigo un diario del día también, para que lea el que venga, mientras les hago el servicio al zapato. Siempre compartiendo siempre con ellos, conversando”, cuenta.

Cuando termina sus actividades, alrededor de las 12.30, camina con sus petates hasta Lavalle y espera el colectivo de la línea 121 para retornar a su casa, donde lo espera su esposa para almorzar.


Los sábados trabaja también desde primera hora de la mañana hasta las 18, en la vieja terminal de ómnibus. Pero el domingo, eso sí, es sagrado. “Tengo que ir a la iglesia para orar”, dice y explica que “lo más esencial para el ser humano es encontrarse con Dios”. Su primer encuentro con el Altísimo fue cuando tenía 40 años y escuchó que predicaban el evangelio en un espacio público. Después estudió la biblia y hoy cita de memoria algunos pasajes.

Un hombre de chomba blanca y  pantalón de vestir espera mientras Salvador le vende los cordones a su cliente. Lo saluda y le pide que lustre sus zapatos negros. Se sienta en un banco pocos centímetros más alto que el del veterano lustrín y apoya su pie derecho sobre la caja. Rápidamente, Salvador se pone un trapo sobre la pierna y coloca un calzador que rodea el tobillo y protege las medias para que no se manchen con la pomada. Con un cepillo, le saca la tierra para despúes pasar un líquido limpiador con una esponja. “Si no le saco la tierra antes, se mancha y se pega toda el polvo. Le pasamos el líquido antes para que quede una lustrada perfecta, hermosa”, explica.


Una vez que se seca el líquido, con pequeños golpes le aplica pomada negra y a dos cepillos le saca brillo. Pasa un trapo a toda velocidad por la superficie del calzado y por último, con una esponja, le sacar las pelusas que quedaron del trapo. “Todos esos pasos son para que le dure más tiempo, por eso yo cobro un poco más”, justifica. 

Cuando termina de sacar las pelusas, Salvador ajusta el moño de los cordones y baja la botamanga arremangada del pantalón. Recién después, se despide de su cliente. Y, con la satisfacción del trabajo cumplido, se vuelve a sentar en banquito y mira el reloj para ver cuánto falta para las 12.30.