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"Hasta que Dios quiera": vida y obra de Ramón, la cara del Anglo, el guardián de la 25

HISTORIAS DE ACÁ

Hace 40 años controla y mira todo lo que pasa a su alrededor: un Hércules lo dejó en los yuyos y no se fue más de Tucumán. Aquí construyó un hotel, sufrió los 70, despidió a un amigo en la calle y encontró la felicidad en un trabajo que no quiere abandonar. Su historia refleja lo que muchas personas de su edad sienten: "Rechacé la jubilación: si no trabajo, no sería el mismo".

Ramón.





Ramón Marcos Cayetano Romano nació el 21 de noviembre de 1954 en la avenida Martín Berho 632 y lo ha visto todo. Hace 40 años que está día y noche parado en la puerta de la calle 25 de Mayo 347, donde funciona el Instituto Anglo, su lugar en el mundo, su segundo hogar.


Hagan la prueba: de lunes a viernes, de 8 a 14 y de 17 a 23, pasen por la vereda y ahí estará nuestro guardián, el hombre de 65 años al que no le pasa el tiempo, no tan igual que al joven que se paró una vez aquí donde ahora sonríe y no se fue más. “Nací en Villa 9 de Julio, me fui por trabajo a Buenos Aires, pero la vida de allá no me convencía: trabajaba de lunes a viernes encerrado, lavaba la ropa los sábados y el domingo iba al Italpark con mi primo. Esa era toda la molestada”.


Ramón volvió a Tucumán para hacer la colimba: su físico duro como un roble lo había construido en base a choques y topetazos en el glorioso estadio del Club Sportivo Alfredo Guzmán: “Siempre jugué de 2. Llegué a la Reserva de una época maravillosa de Sportivo: el equipazo que salió campeón en el 65 y el 68: “Con el Mago Rodríguez, Papa, El Mudo Ruate y Pedro Farías, que vivía en la Posse. Qué equipo”.


Ramón se mantiene vigente en la cancha con los campeonatos que se organizan detrás de la Terminal. Es el principal plan del fin de semana porque su vida está dedicada a ser el portero del Anglo, de la 25 de Mayo al 300, una cuadra neurálgica de Tucumán desde donde ve todo: basta que se despierte a las 6 de la mañana, tome el 12 a las 7 desde su casa en B° Los Plátanos, llegue y confiese: “Conozco a todo el mundo”. Pausa en la entrevista cuando llega el padre de un alumno, quien pregunta:


- ¿Para pagar?
- Pará un cachito. ¿Apellido?
- Villafañe.
- Adelante.


Ni Ramón sabe a cuántos niños y adultos les ha abierto la puerta de una de las instituciones más reconocidas de la provincia. Un trabajo al que llegó Ramón después de curtirse las manos junto a otro grupo de jóvenes albañiles que construyeron el Hotel del Jardín en el 72: “A los 13 pisos los hicimos en un año y dos meses. Era de los Casadei. Trabajamos frente a la plaza Independencia día y noche. Eran tiempos muy pesados, previos al Proceso. No se dormía tranquilo”.


Mientras Tucumán ya ha vuelto a salir a las calles desde hace un tiempo, los primeros días de la cuarentena le han dejado una reflexión a Ramón cuando compara cómo se vivía en la calle los años de la dictadura y los días  de pandemia: “El miedo era salir a la calle y que te agarre la policía, ahora estaba el miedo de que te agarre el virus. Se nota cuando el miedo llega a la gente, pero aquel con este no se comparan”.


Un Hércules lo llevó de Tucumán a San Luis para hacer la colimba en aquel año y gracias a un llamado de su madre un Hércules lo trajo de vuelta: “Nos dejó en los yuyos. Me tocó hacerlo en el Comando. Eran tiempos bravos. Pero eso ya quedó atrás. También los tiempos de la albañilería. Llegué aquí recomendado por López Festa y no me fui más: empecé haciendo limpieza, fui a los bancos, hice cadetería, trámites, mensajería, recepción y ahora me han pasado hasta la puerta. Soy una persona de rutina, pongo el reloj con el celular. A las 6 estoy despierto, a las 7 tomo el colectivo, llego temprano, pongo la FM Sensaciones, y desayuno aquí antes de empezar a trabajar”.


Mientras Ramón habla con el tucumano, la nota se interrumpe porque cada dos por tres levanta la mano y saluda: “¡Adiós, pareja!”, “¡Hola, papi!”, “¡Chau, papi!”, “¿Cómo anda, doctor?”, “Jefe”, “¿Qué tal, señora?”, y así. “Es todo el día así. Una vez me dijo el padre de un alumno: ‘Usted es la cara visible de la institución. El día que no esté más va a ser raro”.


Una de las fuentes de combustible para el corazón de Ramón es el cariño de aquellos chicos que ahora pasan con sus propios hijos: “Me acuerdo de Bottini, de Palito Herrera, de La Tana, de los hermanos Barchini, de Lazarte, del Negro Emanuel, de Heber, de Duchito que se hizo sacerdote. Los veo en la calle y me saludan. La Carola viene todavía; de las teachers ha fallecido la Chichí Rotundo y la señora de Bellomío. La señora Bertini sigue vigente”.


Hay mucha gente que no sabe que el Anglo ha sido colegio, durante 9 años: “Viene López Festa y de la mañana a la noche me dice: ‘Ahora vamos a abrir la inscripción. Estamos cortos de aulas con el inglés, vamos a abrir un colegio. Y anduvo bien. Los alumnos que hacían inglés se pasaron al colegio, cambió mucho el trabajo”.


Mientras el Flaco Agüero sigue con el Traductorado y Ramón es el último en cerrar la institución pasadas las once de la noche mientras los alumnos se despiden a puro “See you later”, “Cheers”, “Bye”, “Take care”, Ramón confiesa: “No sé inglés. Con la teacher Matilde Ruiz, iba a aprender- Vino y me dijo un día: ‘Yo le voy a enseñar’ Tenía un cuadernito y un lápiz, estaba por empezar la clase, cuando me llamaron que tenía que estar con la puerta. El laburo siempre fue la prioridad”.


Los ojos de Ramón se emocionan cuando repasa su vida abrigada por un pólar bordó mientras Jorge ya prepara los inciensos que sahuman el clima de época, la energía de la gente que pasa apurada con sus problemas y de las que le dedican una sonrisa a Ramón: “Estoy acá hace 40 años: puedo decir que la gente ha cambiado mucho. No es la misma confianza de antes. No es el mismo respeto”.


Como hombre que lo ve todo, Ramón relata: “Todos los días reniego con las mecheras de la cuadra. Las conozco a todas. Se meten al Todo Moda, con las bolsitas andan de a cuatro y por detrás las sigue el famoso Patovica con un bolso, ahí guardan todo lo que roban. Les aviso a los que lean la nota que en la esquina de Mc Donald’s andan. Esa esquina es peligrosa cuando se llena, igual que la de Il Postino. Son estrechas, quedan todos apretados y zas”.


Ha vivido y ha visto tantas cosas Ramón desde su trono en el mundo que hasta la muerte ha aparecido una mañana cuando despidió a Juancito, el señor encorvado de la guardería de autos lindante: “Siempre trabajó junto al Gordo Huguito, quien no ha fallecido. Juancito estaba sentadito, lo veía mal. Le dije: ‘Juan, ¿querés que te llame al médico?’ No quería saber nada. Andaba tan encorvado del miedo. Hace muchos años lo operaron de la vesícula y quedó con el miedo. Lo ha operado Daniel León, le decíamos que se ierga: ‘Vas a quedar Curcucho’. Pero no hubo caso: murió sentadito”.


Enzo el mozo del Empuje, los muchachos de Musimundo, los de Castillo, toda la calle 25 de Mayo revive día a día a Ramón: “Este trabajo es mi vida. El Anglo es mi vida, mi segunda casa, mi segundo hogar. Aquí los problemas quedan a un lado: mucha gente se derrumba cuando no trabaja. No puedo quedarme quieto. Por eso sigo desde acá. Soy portero. Veo las cosas que pasan, protejo, observo, miro. Es mi vida”.


¿Hasta cuándo va a estar Ramón? Aquí es donde surge una de las sensaciones que muchos varones y mujeres sienten a los 65 años: “Rechacé la jubilación porque quiero trabajar. Trabajar me mantiene vivo, activo, el día a día me da alegría. Si me jubilara no sé cómo sería mi vida sin trabajar. Y así será hasta que Dios me diga: ‘Hasta aquí, Ramón’”.