"Sólo querés que no les falte nada": la lucha y el premio de un papá tucumano
HISTORIAS MÍNIMAS DE ACÁ
Giuliano es el papá de Bruno y Catalina y abre su corazón sin filtros ni secretos: qué siente desde el primer día, por qué llora, qué le preocupa por las noches, cómo divide el tiempo con su compañera de vida Constanza y la gran presión diaria que enfrenta y hace que la vida valga la pena.
Giuliano y Catalina.
Es mediodía en la casa de la familia Marchese, suena Báilame de Nacho, Bruno juega con los stickers de un huevo Kinder, Catalina se acaba de comer con las manos la mitad del bocadito Dos Corazones (el mismo sabor que la bananita Dolca pero más poético) y tiene la cara llena de chocolate que limpian las manos de su mamá Constanza.
Pero es de Giuliano de quien hablamos hoy, el papá tucumano que abre su corazón sin filtros ni secretos, quien cuenta qué siente desde el primer día que tuvo a sus hijos en brazos, por qué llora, qué le preocupa por las noches, cómo divide el tiempo con su compañera de vida y la gran presión diaria que enfrenta y hace que la vida valga la pena.
Pero es de Giuliano de quien hablamos hoy, el papá tucumano que abre su corazón sin filtros ni secretos, quien cuenta qué siente desde el primer día que tuvo a sus hijos en brazos, por qué llora, qué le preocupa por las noches, cómo divide el tiempo con su compañera de vida y la gran presión diaria que enfrenta y hace que la vida valga la pena.
“Estoy cocinando milanesas con arroz”, dice Giuliano en la cocina de la casa de calle Las Piedras, mientras pica cebolla y un pimiento para el arroz, milanesas con arroz, una comida al plato del amplio menú que aprendió de sus padres y cuyo podio es así: milanesas de carne o de pollo, pizzas caseras en todas sus variedades y arroz en todas sus formas.
“El secreto de la cocina, más allá de lo que preparaban mi mamá o mi papá, es el amor. La madre siempre tiene algo en las manos que y lo que prepara le sale con amor. Y yo cuando le cocino a mis hijos trato de hacer lo mismo: a Brunito le gustan mucho los fideos, las pizzas y las empanadas. La primera comida elaborada que comió es guiso”, relata el padre de familia, quien protagonizó la imagen que acompaña la nota: con su hija en el pecho, y las manos libres para poner la mesa.
“El secreto de la cocina, más allá de lo que preparaban mi mamá o mi papá, es el amor. La madre siempre tiene algo en las manos que y lo que prepara le sale con amor. Y yo cuando le cocino a mis hijos trato de hacer lo mismo: a Brunito le gustan mucho los fideos, las pizzas y las empanadas. La primera comida elaborada que comió es guiso”, relata el padre de familia, quien protagonizó la imagen que acompaña la nota: con su hija en el pecho, y las manos libres para poner la mesa.

“Así es la vida desde que sos padre. Cuando te das cuenta que tenés dos hijos y no podés andar dependiendo de gente que lo tenga, o por ahí estás solo, no vas a dejar de comer, no vas a dejar de hacer las cosas que tenés que hacer porque tengas un hijo. Uno tiene que ingeniarse como sea”, explica Giuliano, quien se estrenó en el arte de ser padre con Bruno y luego con Catalina.
¿Cuáles son las diferencias entre ser padre primerizo y la llegada de la hermanita para Giuliano papá? “Con el segundo hijo uno ya está más ducho. Se va cierto nerviosismo que tenés con el primero. El primer temor con Brunito era que se caiga de la cama. O levantarse cada dos por tres por las noches pensando que tiene frío, se va a verlo que esté tapado, pero lo mismo: todas las noches, cada media hora, me levantaba automáticamente para ver si estaba bien, si está tapado, si no tiene frío en los pies, en las manos. Desde muy chiquito duerme en su pieza a los seis meses. Cuando dormía con nosotros la preocupación era que se cayera de la cama o de aplastarlo. El colecho tiene ese miedo”.
Nunca se compararán con los de una madre (¿o sí?), pero por supuesto que los miedos del padre también existen. ¿Cuándo desaparecen? “A partir del año uno siempre empieza a descansar un poco más, pero está siempre como atento a cualquier ruido, a la temperatura, miedo a que tengan frío. O un miedo que tengo es que cuando se duerman estén doblados. Uno dice: ‘Son chicos, no les duele’. Pero si nosotros llegamos a dormir así al otro día no podemos caminar”.
Mientras la madre de familia trabaja generalmente por las mañanas, Giuliano queda solo con los chicos y viceversa. Cuando Giuliano está con los chicos, algo le pasa especialmente con la menor, pronta a cumplir su primer añito, quien no habla, pero dice cosas. “Los chicos se hacen entender. Si bien es lógico que lloren porque algo les falta, a medida que los vas conociendo. Cada niño tiene su forma de pedir las cosas. A veces con mirarlos te das cuenta si tienen hambre. En el caso de Catalina grita cuando tiene hambre. Se hacen entender bastante bien”.
El aroma a comida se empieza a sentir en el aire. Estamos en una casa decorada por los niños de la familia y sus juguetes en el piso, sus crayones hechos trazo en las paredes, mamaderas, chupetes, platos, vasos, papilla, puré, Nutrilón, andadores, pelotas, perros, manteles de hule, yerba mate Serranita, el ding de la pava eléctrica, amor pasame el chúker, la música bajita de youtube, el ruido a caño de escape que hace Brunito mientras juega con la moto del huevo Kinder, el ñam ñam ñam de Catalina mientras la cuchara de plástico con papa entra a su boca por donde asoman los primeros dientes.
Es una casa donde se sienten los sonidos porque queda en el corazón de la manzana de la cuadra, bien adentro, al fondo de una construcción con portón azul que se abre para dar paso a una larga galería para autos, motos, bicicletas y al costado con departamentos para estudiantes y familiares que saludan a los niños Marchese mientras salen y entran en coche, o en los hombros de Giuliano, un mastodonte de 1,93 y 140 kilos que deja el cuchillo con el que pica la cebolla, se enrolla como un chico, lleva su manopla a la cara y trata de sostener los anteojos porque toda su cara estalla en llanto cuando escucha la pregunta: “¿Qué sentiste cuando nació tu primer hijo?”
¿Cuáles son las diferencias entre ser padre primerizo y la llegada de la hermanita para Giuliano papá? “Con el segundo hijo uno ya está más ducho. Se va cierto nerviosismo que tenés con el primero. El primer temor con Brunito era que se caiga de la cama. O levantarse cada dos por tres por las noches pensando que tiene frío, se va a verlo que esté tapado, pero lo mismo: todas las noches, cada media hora, me levantaba automáticamente para ver si estaba bien, si está tapado, si no tiene frío en los pies, en las manos. Desde muy chiquito duerme en su pieza a los seis meses. Cuando dormía con nosotros la preocupación era que se cayera de la cama o de aplastarlo. El colecho tiene ese miedo”.
Nunca se compararán con los de una madre (¿o sí?), pero por supuesto que los miedos del padre también existen. ¿Cuándo desaparecen? “A partir del año uno siempre empieza a descansar un poco más, pero está siempre como atento a cualquier ruido, a la temperatura, miedo a que tengan frío. O un miedo que tengo es que cuando se duerman estén doblados. Uno dice: ‘Son chicos, no les duele’. Pero si nosotros llegamos a dormir así al otro día no podemos caminar”.
Mientras la madre de familia trabaja generalmente por las mañanas, Giuliano queda solo con los chicos y viceversa. Cuando Giuliano está con los chicos, algo le pasa especialmente con la menor, pronta a cumplir su primer añito, quien no habla, pero dice cosas. “Los chicos se hacen entender. Si bien es lógico que lloren porque algo les falta, a medida que los vas conociendo. Cada niño tiene su forma de pedir las cosas. A veces con mirarlos te das cuenta si tienen hambre. En el caso de Catalina grita cuando tiene hambre. Se hacen entender bastante bien”.
El aroma a comida se empieza a sentir en el aire. Estamos en una casa decorada por los niños de la familia y sus juguetes en el piso, sus crayones hechos trazo en las paredes, mamaderas, chupetes, platos, vasos, papilla, puré, Nutrilón, andadores, pelotas, perros, manteles de hule, yerba mate Serranita, el ding de la pava eléctrica, amor pasame el chúker, la música bajita de youtube, el ruido a caño de escape que hace Brunito mientras juega con la moto del huevo Kinder, el ñam ñam ñam de Catalina mientras la cuchara de plástico con papa entra a su boca por donde asoman los primeros dientes.
Es una casa donde se sienten los sonidos porque queda en el corazón de la manzana de la cuadra, bien adentro, al fondo de una construcción con portón azul que se abre para dar paso a una larga galería para autos, motos, bicicletas y al costado con departamentos para estudiantes y familiares que saludan a los niños Marchese mientras salen y entran en coche, o en los hombros de Giuliano, un mastodonte de 1,93 y 140 kilos que deja el cuchillo con el que pica la cebolla, se enrolla como un chico, lleva su manopla a la cara y trata de sostener los anteojos porque toda su cara estalla en llanto cuando escucha la pregunta: “¿Qué sentiste cuando nació tu primer hijo?”

Es un minuto entero que Giuliano llora, solloza, y se calma. Es un llanto que llama la atención de su hijo, que pregunta qué le pasa al papá, que por qué se pone así hasta que un abrazo de oso familiar consuela, alivia, llena de aire y respuestas: “Tengo locura por mis hijos. Los dos son una locura. Pero Bruno es el primero. Siempre va a ser el primero. Anda todo el día conmigo, me acompaña al trabajo. Antes me decía que tenía miedo a las máquinas, ya no le tiene miedo a las máquinas. Cuando te das cuenta que a tu hijo le gustan las mismas cosas que a vos, te sorprende. Me descuido, está la caja de herramientas abiertas y empieza a jugar con el martillo, sabe poner tornillos, le gusta. Él quiere ayudar, todo para él es ayudar. Mi papá estaba haciendo un mueble, agarró el centímetro, tomó las medidas y decía cualquier número y nos decía: ‘Así es, ¿ven?’ Ya nos daba órdenes”.
“Cuando nació Cata fueron los mismos nervios del primero. Creo que uno puede tener 10 hijos, pero el nervio ese es único: que todo esté bien, que mi señora esté bien porque si ella no está bien no va a estar bien la criatura, que todo salga bien. Pero hasta que no los tenés en tus brazos, no te quedás tranquilo. No tenés lucidez en esos momentos. Te empiezan a temblar las manos, es una transpiración helada que te corre por la frente. Soy bien intrépido en líneas generales, hasta ese momento: nunca sentí ese miedo que sentís con el nacimiento de un hijo”.
Pasa en todas las familias tucumanas: hay días que simplemente cuesta levantarse, poner el primer pie en el suelo, después el otro, sentir el frío del piso en la planta de los pies, tomar un respiro profundo, una bocana de aire, sacudirse el sueño y enfrentar el nuevo día: “Nos pasa a todos, ¿no? También con la pareja, no siempre todo es color de rosa. Hay días malos. Uno no está con ganas de aguantar a nadie, y cuando vos llegás después de trabajar, llegás cansado, no querés saber nada, sólo querés sentarte a ver la tele, una película, y ellos quieren jugar: son chicos, necesitan jugar, ellos no tienen la culpa de nada. Uno llega con los cables pelados, pero ellos tienen una virtud: todo lo malo que te pueda pasar afuera, queda afuera. Los ves a ellos cuando llegás a la casa y hacen que todo lo que pasó afuera de la casa valga la pena”.
“Pasa que renegás por cuestiones monetarias, hoy que la cosa que no está muy bien, que salís como todo el mundo a buscar la plata a la calle, que andás preocupado, uno llega renegando, y vale la pena el esfuerzo de cada día por ellos. Te das cuenta que ya no sos solo: hay otras personas que dependen de vos y no las podés dejar a pata. Es la presión que te acompaña constantemente, y es el combustible que te alienta a hacer todo lo que hacés: si estuviera solo, ¿para qué haría todo lo que hago? Estando solo soy yo. Pero uno al ser padre quiere darle todo lo mejor en educación, en bienestar”.
¿Cuándo Giuliano sintió el deseo de ser padre? “Llega una edad que ya sentís esa necesidad de ser padre. A las mujeres generalmente les pasa eso. Pero en mi caso a mí me agarró ese deseo también. Era un pensamiento flojo que cada vez se va haciendo más fuerte y más fuerte, hasta que vos decís: ‘Yo quiero ser padre, yo necesito ser padre’. Los Marchese somos familieros y siempre he tenido la mentalidad de tener hijos algún día y si pueden ser varios, mejor”, dice Giuliano, mientras a su lado Constanza sonríe. ¿Cuántos hijos más? “Si fuera por mí, tres más, pero la Conty no quiere: uno más y cerramos la fábrica”.
“La vida te cambia absolutamente todo: el pensamiento, la forma de ser, metas en la cabeza día a día. Nadie en la Tierra puede vivir sin propósitos. Y el propósito más fuerte para mí desde el momento que sos padre son tus hijos, que estén bien y darles lo mejor que puedas. Todos los días cambian, todos los días van a decir algo nuevo, planteos, ocurrencias. A pesar de que en nuestra pareja, por decirlo así, el que pone la mano dura soy yo, quiero que se den cuenta que uno no lo hace de malo sino para poner los límites y a mí me cuesta más que a ellos: no es por malo, es para darle lo mejor. Todos los padres vamos a tener errores, pero siempre vamos a hacer lo mejor que se pueda”.
La mesa ya está servida: el humito sale del corazón de arroz acompañado por dos milanesas grandes como el corazón del padre que llena los platos de comida mientras la mamá corta en pedacitos para después maniobrar todo con la mano libre. Antes, el cierre viene con un mensaje para Bruno y Catalina, el día que crezcan, ya sepan leer y sepan que un día de julio en Tucumán, su papá pensaba así: “Simplemente quiero que sepan que son lo mejor que me ha pasado, que los amo, y que siempre voy a hacer lo mejor posible para que ellos tengan lo mejor y que no les falte nunca nada”.











