"No me quiero morir sin volverlo a ver": María busca a su hermano en Tucumán hace 50 años
HISTORIAS DE ACÁ
Se separaron cuando ella tenía 10 y él 8. Ella vive en Salta y lo último que sabe es que él dejó El Tala y vino a nuestra provincia. Ella nunca perdió las esperanzas de encontrarlo: “Si alguna vez lo puedo abrazar voy a ser la mujer más feliz del mundo".
“Hace muchos años que lo estoy buscando sin éxito”, dice María Tapia y se nos estruja el corazón en la redacción de el tucumano. María guarda un profundo dolor, una ausencia que sólo ella sabe bien cuánto le cala el corazón y que solo podrá subsanar el día que encuentre a su hermano menor, a Antonio Tapia, al que vio por última vez cuando ella tenía 10 años y él 8. Esta es la historia de una búsqueda, la historia de una separación dolorosa pero necesaria, inevitable. Pero, por sobre todas las cosas, es una historia de amor.
“Nosotros nacimos y crecimos juntos en Salvador Mazza, Salta, en el límite con Bolivia. Cuando yo tenía 10 años, una vecina le pidió a mi mamá llevarme un tiempo a Salta capital. Primero mi mamá se negó, pero yo era muy inquieta y quería irme, así que me terminó dejando ir”, comienza el relato María.
“Nos fuimos un enero, llevábamos algunos días allá y la señora que me llevó se enteró que mi mamá había muerto. Al comienzo no me lo quería decir, porque yo era muy chiquita y podía sufrir. Finalmente me terminé enterando. Yo quería volver a Salvador Mazza porque mi hermanito había quedado solo, mi hermanito Antonio”.
“Éramos muy unidos, jugábamos todo el tiempo juntos. Yo era muy protectora, siempre estaba pendiente de Antonio. Trataba de cuidarlo de todo”, comenta María, quien motivada por ese amor de hermana mayor no soportó la idea de que su hermano no tuviera con quién vivir.
“Un día volvimos a Salvador Mazza y yo busqué a mi hermano por todos lados y lo encontré viviendo en la calle. En algunas casas le daban comida o lo protegían un rato, pero estaba en la calle. Ahí algunos adultos nos ayudaron a sacar nuestros documentos, y figuramos como nacidos el 10 de marzo: yo del 55 y él del 56, pero no son fechas reales, yo le llevo más de dos años”, aclara.
Sin su mamá, los hermanitos no tenían dónde quedarse: entonces, una mujer se llevó a la niña a la capital salteña para criarla: “Esa mujer vive aún y es como una madre para mí”, dice María, quien no iba a dejar solo a su Antonio y antes de irse movió cielo y tierra para encontrarle una casa: “Logré contactar a una familia de El Tala, en el límite entre Salta y Tucumán, que aceptó criarlo. Era una pareja grande, cerca de los 60 años, de apellido Miranda. Muy buena gente”.
De esa forma, María y Antonio bajaron hacia el sur, separados, cada uno por su lado con un pedazo del alma del otro para, así, hacerse compañía toda la vida: “Yo estuve pendiente de él todos esos años, no tenía muchos recursos, ni formas de contactarlo, pero trataba de saber de él. Desde que nos separamos nos vimos una sola vez más y fue al poco tiempo. Después no lo vi más”.
Un día, ya siendo grandes, María intentó encontrar a Antonio y supo que Antonio había dejado la casa de los Miranda cuando tenía 18 años: “Me dijeron que un día se fue y nunca más supieron de él”, cuenta María que desde entonces lo busca sin obtener noticias: “Yo estoy segura que está en Tucumán, me lo imagino en el campo, porque a él siempre le gustó eso. Tengo la intuición de que ahí está: no creo que se haya ido muy lejos y tengo esperanza de que él lea esta nota, o que la lea algún hijo o nieto, si es que tiene”, confiesa.
Ella lo describe como lo recuerda: “Antonio tiene un lunar grande, arriba de la boca, tenía la piel blanca, clara, pero, tal vez, de tanto trabajar en el campo y bajo el sol tal vez se le oscureció la piel”.
Con los años, María formó su propia familia, tuvo tres hijos, a la mayor le puso Elva, como su mamá biológica. Hoy, María tiene 8 nietos, una de ellas, Antonella fue quien la ayudó, a través de las redes, a buscar a Antonio: “La historia de mi abuela es muy fuerte y le prometí que lo encontraríamos”.
A medio siglo de la separación, María no se arrepiente de las decisiones drásticas que siendo una niña tuvo que tomar: “Yo creo que él estuvo muy bien con la familia Miranda. Después, cuando se hizo adulto eligió su camino y espero que haya seguido estando bien”.
María sueña con el día del reencuentro: “Si alguna vez lo puedo abrazar voy a ser la mujer más feliz del mundo. Voy a poder llorar de alegría y no de tristeza y dolor. No me resigno a irme de este mundo sin encontrarlo. No me quiero morir sin volverlo a ver. No pierdo las esperanzas”.
“Quiero sepa que siempre recuerdo cuando jugábamos juntos con las bolillas, las carretillas, con una honda. Cuando compartíamos todo, cuando hacíamos todo juntos. Quiero que sepa que lo amo y que nunca lo he dejado de buscar”.
“Nosotros nacimos y crecimos juntos en Salvador Mazza, Salta, en el límite con Bolivia. Cuando yo tenía 10 años, una vecina le pidió a mi mamá llevarme un tiempo a Salta capital. Primero mi mamá se negó, pero yo era muy inquieta y quería irme, así que me terminó dejando ir”, comienza el relato María.
“Nos fuimos un enero, llevábamos algunos días allá y la señora que me llevó se enteró que mi mamá había muerto. Al comienzo no me lo quería decir, porque yo era muy chiquita y podía sufrir. Finalmente me terminé enterando. Yo quería volver a Salvador Mazza porque mi hermanito había quedado solo, mi hermanito Antonio”.
“Éramos muy unidos, jugábamos todo el tiempo juntos. Yo era muy protectora, siempre estaba pendiente de Antonio. Trataba de cuidarlo de todo”, comenta María, quien motivada por ese amor de hermana mayor no soportó la idea de que su hermano no tuviera con quién vivir.
“Un día volvimos a Salvador Mazza y yo busqué a mi hermano por todos lados y lo encontré viviendo en la calle. En algunas casas le daban comida o lo protegían un rato, pero estaba en la calle. Ahí algunos adultos nos ayudaron a sacar nuestros documentos, y figuramos como nacidos el 10 de marzo: yo del 55 y él del 56, pero no son fechas reales, yo le llevo más de dos años”, aclara.
Sin su mamá, los hermanitos no tenían dónde quedarse: entonces, una mujer se llevó a la niña a la capital salteña para criarla: “Esa mujer vive aún y es como una madre para mí”, dice María, quien no iba a dejar solo a su Antonio y antes de irse movió cielo y tierra para encontrarle una casa: “Logré contactar a una familia de El Tala, en el límite entre Salta y Tucumán, que aceptó criarlo. Era una pareja grande, cerca de los 60 años, de apellido Miranda. Muy buena gente”.
De esa forma, María y Antonio bajaron hacia el sur, separados, cada uno por su lado con un pedazo del alma del otro para, así, hacerse compañía toda la vida: “Yo estuve pendiente de él todos esos años, no tenía muchos recursos, ni formas de contactarlo, pero trataba de saber de él. Desde que nos separamos nos vimos una sola vez más y fue al poco tiempo. Después no lo vi más”.
Un día, ya siendo grandes, María intentó encontrar a Antonio y supo que Antonio había dejado la casa de los Miranda cuando tenía 18 años: “Me dijeron que un día se fue y nunca más supieron de él”, cuenta María que desde entonces lo busca sin obtener noticias: “Yo estoy segura que está en Tucumán, me lo imagino en el campo, porque a él siempre le gustó eso. Tengo la intuición de que ahí está: no creo que se haya ido muy lejos y tengo esperanza de que él lea esta nota, o que la lea algún hijo o nieto, si es que tiene”, confiesa.
Ella lo describe como lo recuerda: “Antonio tiene un lunar grande, arriba de la boca, tenía la piel blanca, clara, pero, tal vez, de tanto trabajar en el campo y bajo el sol tal vez se le oscureció la piel”.
Con los años, María formó su propia familia, tuvo tres hijos, a la mayor le puso Elva, como su mamá biológica. Hoy, María tiene 8 nietos, una de ellas, Antonella fue quien la ayudó, a través de las redes, a buscar a Antonio: “La historia de mi abuela es muy fuerte y le prometí que lo encontraríamos”.
A medio siglo de la separación, María no se arrepiente de las decisiones drásticas que siendo una niña tuvo que tomar: “Yo creo que él estuvo muy bien con la familia Miranda. Después, cuando se hizo adulto eligió su camino y espero que haya seguido estando bien”.
María sueña con el día del reencuentro: “Si alguna vez lo puedo abrazar voy a ser la mujer más feliz del mundo. Voy a poder llorar de alegría y no de tristeza y dolor. No me resigno a irme de este mundo sin encontrarlo. No me quiero morir sin volverlo a ver. No pierdo las esperanzas”.
“Quiero sepa que siempre recuerdo cuando jugábamos juntos con las bolillas, las carretillas, con una honda. Cuando compartíamos todo, cuando hacíamos todo juntos. Quiero que sepa que lo amo y que nunca lo he dejado de buscar”.









