"Soy un buen vago": lo discriminan y maltratan, sólo quiere una oportunidad
Historias de acá
Cuando tenía cuatro años sufrió un grave accidente que le generó problemas motrices, pero la mayor dificultad siempre fue la mirada de los demás. Del bullying en el colegio a la discriminación actual por su forma de hablar y de caminar. Hoy con 43 años, Fabricio dice basta: “Yo soy muy tonto o muy discapacitado para mucha gente, pero soy más inteligente que esa gente”.
Ese día Fabricio Periotti cumplía sus cuatro años y los celebraba en casa de sus abuelos, en la localidad mendocina de San Rafael. En un descuido de los mayores, se escapó como suelen hacerlo los niños traviesos y plenos de vitalidad. Una vez en la calle, la desgracia se cruzó en su destino en la forma de un camión. Una de las últimas ruedas del vehículo lo golpeó en la cabeza. Estuvo al borde de la muerte, pero le ganó y, tras distintas operaciones y terapias que se repitieron hasta los doce años, pudo adaptarse a las secuelas motrices y vivir su vida. Lo que no se imaginó es que, a pesar de tanto esfuerzo y tantas ganas de superación personal, los demás nunca dejarían de verlo como un enfermo, un distinto, un anormal: “De los trece en adelante empecé a hacer una vida normal, aunque mi vida nunca fue normal. El límite no me lo ponía yo, me lo ponía la gente”.
“Pato baleado”, “culo con hipo”, “engaña baldosas”, eran algunos de los apodos que le habían puesto sus compañeros del Colegio Carducci por su forma de caminar. Desde que sufrió el accidente, Fabricio tuvo que reaprender muchas cosas, entre ellas, cómo caminar; por eso se desplazaba usando los talones. Otra de las secuelas se manifiesta en su forma de hablar pausada Según explica, sus dificultades nunca fueron físicas, sino motrices. Todas, consecuencia del golpe que sufrió en la cabeza. Logró readaptarse, pero lo más tortuoso no fue esa ardua lucha para que su cuerpo respondiera a las órdenes de su cerebro, sino la mirada ajena siempre hiriente y discriminatoria: “Me hicieron bullying durante toda la secundaria y en cuarto año quedé de curso porque me tenían harto. Después, me cambié a otro colegio”.

Apodos, insultos y discriminaciones de todo tipo. Su adolescencia fue un calvario. Si bien había aprendido a convivir con los problemas motrices, día a día su autoestima recibía los dardos emponzoñados de los demás que fueron haciendo mella en su personalidad. Ante el maltrato de la gente y los pozos depresivos en los que caía, se refugió en el alcohol. Esa fue otra de sus luchas ganadas: “Cuando salía tomaba y tomaba. Me ponía en pedo, pero no lo hacía por borracho, lo hacía parta olvidarme del problema que llevaba todos los días. Después bajé de peso, empecé a hacer gimnasia y dejé de tomar”. A los 19 años, se alejó de aquello que le hacía mal y volvió a comenzar, pero los obstáculos seguían ahí como murallas muchas veces infranqueables que los demás ponían en su camino; un camino que ya era muy cuesta arriba y que le demandaba mucho esfuerzo.
“Cuando empecé la facultad tenía todo el miedo del mundo porque me habían rechazado mucho en la secundaria”, cuenta Fabricio hoy con 43 años a eltucumano.com. A los 23 años comenzó a cursar la Licenciatura en Biología, aunque lo que a él siempre le había gustado era la educación física. Fueron muchos los que le dijeron que, dada su condición, esa carrera no era para él. Por aquellos años, corría por los pasillos de la facultad y se saltaba los últimos escalones de las escaleras sólo para demostrarle a los demás que él no era muy distinto de todos ellos: “La gente no entiende que yo estoy a la par de los demás, pero de otra forma. Desde los 4 años que camino de la misma manera. Ahora camino bien, pero tiro para adentro el pie izquierdo. Yo puedo caminar bien, pero soy muy lento y no me sirve a mí para el trabajo que hago”. Sus estudios no prosperaron porque había empezado a trabajar y no tenía tiempo para seguir en la facultad. Sin embargo, la experiencia le sirvió como aprendizaje personal para superar los traumas de una adolescencia signada por la discriminación.
Después de transitar por distintos trabajos, Fabricio descubrió que el mundo laboral estaba atravesado por esa misma violencia que había sufrido en otros ámbitos de su vida. En una sanguchería donde trabajaba, uno de los dueños lo llamaba rengo. En una empresa le dijeron que no podía atender la caja porque era “enfermito”. En una importante pizzería lo corrieron cuando se quejó porque lo explotaban haciéndolo trabajar alrededor de once horas diarias. En esa misma firma, lo obligaban a usar una remera con la leyenda: “Gracias por incluirme”. “Actualmente cobro la pensión por discapacidad porque los empresarios de Tucumán se aprovechan, te tienen contratado por medio jornal y te hacen trabajar todo el día, a veces, te tienen como pasante”, comenta. Actualmente, trabaja como cadete haciendo trámites: “La pensión no me alcanza y me la rebusco como cadete. Trabajo por mi cuenta, me muevo en colectivo y caminando por el centro, también en bicicleta. El trabajo que tengo lo inventé yo por la confianza que me tienen porque soy un buen vago. No gano mucho, pero lo mejor que tiene este trabajo es que hace que te des con la gente, sino me quedaría en mi casa y pensaría pelotudeces todo el día”.
Hace dos semanas, cuando intentó subirse al 102 como lo hace casi todos los días cada vez que va a trabajar desde su casa en Yerba Buena al centro, el chofer le exigió que le presente su pase de colectivo y Fabricio descubrió que se lo había olvidado. Mientras el conductor le exigió que se bajara, los pasajeros se pusieron de su lado, pero, al hacerlo, lo maltrataron: “La gente le empezó a decir al chofer: cómo lo vas a hacer bajar si es enfermito… me discriminaron”. Entonces, al llegar frustrado a su casa, escribió en su cuenta de Facebook un relato con los distintos padecimientos que sufrió a lo largo de su vida. Su mensaje no tardó en viralizarse en las redes sociales y muchos les escribieron para manifestarle su apoyo: “Me mandaron un montón mensajes diciendo que ellos tienen los mismos problemas de discriminación. Yo todos los días me levanto para pelearle a la vida”.
“También hice la publicación porque a principio de año conocí a una chica y nos hicimos amigos, pero nunca salimos porque me dijo que era madre soltera y tenía dos hijos chicos. Me empezó a pedir plata prestada y me pidió que le compre un celular. Siento que ella me usó y me estafó. En su momento, como persona, no me dio la oportunidad que merecía. Después, se aprovechó y es bastante plata, aunque no importa el monto, sino su actitud”, explica Fabricio. No fue esa la primera vez que alguien lo rechazó: “Yo tengo una vida normal, me compro mis cosas, puedo jugar a la pelota, no soy Maradona, pero pongo el alma, como en todo lo que hago. Por ahí te querés acercar a alguien y te dice no te quiero ilusionar o te dice te quiero sólo como amigo. Creo que primero te tenés que tomar el trabajo de conocer a una persona, darle una oportunidad… pero se dejan llevar sólo por la apariencia. Es algo que hasta el día de hoy me pasa”.
Fabricio vivió once años en concubinato, pero la relación se fue desgastando y terminó en 2013. Desde entonces, cada vez que quiso relacionarse afectivamente con alguien, debió enfrentarse a los prejuicios, esa manera en que los demás suelen mirarlo: “La gente ve lo que quiere ver. Es difícil que alguien te dé una oportunidad y que no se dejen llevar sólo por la forma de caminar y de hablar”.

En los momentos de soledad, cuando los demás parecen ignorarlo, suele refugiarse en el cariño de sus amigos, como Jorge D´Orta, a quien define como un hermano que le dio la vida. La fe es otro de sus escudos ante la indiferencia, la discriminación y el maltrato. También suele de participar del Centro Junior de San Martín de Porres donde es guía de grupos infantiles y juveniles: “Yo podría estar muerto, después de lo que pasó con el camión tuve otros accidentes. Siempre me caí y después me levanté. Siento que estoy predestinado a demostrar algo, pero todavía no sé qué”.
“La gente tiene que querer de otra forma. A la gente le diría que no sea tan ignorante, que no se deje llevar por la apariencia y que trate de darle una oportunidad a la gente para conocerla. Yo soy muy tonto o muy discapacitado para mucha gente, pero soy más inteligente que esa gente”, reflexiona Fabricio quien, en su lucha de todos los días, solo busca una oportunidad de que lo conozcan y de que lo quieran así como es, con sus defectos y virtudes; como todos, como cualquiera.









