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"Todo empezó cuando abrí ese libro y encontré el papel": qué pasó con María Gómez en Tucumán

HISTORIAS DE ACÁ

Nació en Tucumán, su primer recuerdo es en la calle Chiclana y desde que leyó que decía ese papel, su vida cambió: "Quiero conocerte, quiero saber quién sos, qué pasó conmigo’”.

María a los 16 años y en la actualidad.





La historia de María Gómez comienza en una casa ubicada en Chiclana 82: “Ya de grande volví a ver quién vivía ahí y supe que yo había estado en esa casa cuando era chica. No sé cómo explicarlo, pero recordaba que las ventanas y la puerta de madera estaban igual que ese día: cerradas”.

La historia de María Gómez, quien habla con el diario el tucumano desde Santa Teresita, tiene dudas y certezas. Ella cuenta cómo empezó todo, o cómo cree que empezó todo: “Yo nací en Tucumán. Supuestamente el 27/7/63. No sé exactamente dónde. Yo viví hasta el 86 en Tucumán. Y recibí el apellido Gómez recién en el 76”.

De niña, María Gómez recuerda que en la nueva casa donde vivía, ubicada en la calle Perú 1178, su madre adoptiva llamada María Irma de Gómez, directora durante muchos años de una escuela rural en Cruz Alta, no la trataba como una hija: “Recuerdo un día que conozco que era adoptada. En ese entonces, mi ‘madre’ agarra y le dice a mi ‘padre’: ‘Ya es hora de cambiarle el apellido’. Recién ahí me pusieron Gómez. Era una familia muy estricta. Y desde ese día que me pusieron el apellido de ellos, ella empezó a tratarme diferente: ‘Yo te crío para que me sirvas’, me decía. Y es una frase que me acompaña”.

María Gómez dirá al pasar y, sin entrar en detalles, que vivió situaciones difíciles en esa casa de la calle Perú: “Hubo violencia doméstica, gritos. A mi papá no lo trataba como papá: ‘Sí, señor’, ‘No, señor’. Desde que tengo uso de razón estuve para atenderlos. Hasta el día de hoy eso lo agradezco porque me sirvió para enfrentar la vida sola. Era una casa bien, clase media ni alta ni baja. Pero yo ya quería saber mi verdad, quién era yo, de dónde venía. Entonces empezaron las preguntas. Y una pariente de mi padre, a los 5 años, me dijo que me sacaron de la cuna a lo que me mi mamá respondió: ‘La llevemos, total la madre no la va a buscar’”.

Con la ayuda de la tía Elba para aprender a caminar, María Gómez estuvo con esta familia hasta los 20: “Mi madre adoptiva falleció en el 84. Tres días antes de irse, me dijo las palabras que más me duelen: ‘Recién me doy cuenta del tipo de hija que tengo al lado’. Me lo decía en agradecimiento por todo lo que había hecho por ella”.

“Cuando falleció mi madre, ahí empiezo a buscar a mis verdaderos padres. Fui al Registro Civil, a ver si estaba anotada. Pero nada”, le cuenta María Gómez al diario el tucumano y revela el gran secreto que la impulsó a conocer su verdadera historia.

Fue cuando María, sin querer, buscaba un libro en la biblioteca, sacó un tomo de una enciclopedia, lo abrió, y entre sus páginas encontró un papel que decía su verdadero nombre, el nombre de su verdadera madre y el domicilio de nacimiento: “El papel decía: ‘María Eugenia Pedraza, hija biológica de Marta Argentina Pedraza, que vivía en la calle Chiclana 82, bautizada en la iglesia San Pío X’. Ahí empezó todo y desde entonces no he parado”.

Con ese pedazo de papel en la mano, María Gómez volvió al Registro Civil de Tucumán. Abrió los registros y se llevó otra sorpresa: “El libro de actas de nacimiento estaba adulterado. ¿Viste como cuando arrancás la hoja de una libreta? Bueno, así: faltaba una página y en un lugar determinado, escrito, decía sin más datos: ‘Hija de Miguel Silvestre Gómez y María Irma de Gómez’. Ese era el nombre de mis padres adoptivos”.

María Gómez está radicada en Buenos Aires desde hace unos años, pero cada vez que vuelve a Tucumán va a la casa de la calle Chiclana, que permanece con las ventanas y la puerta de madera cerradas: “Le cambiaron el color de la fachada, pero nunca se supo quién vivió ahí. Pregunté y pregunté, pero nadie me contestó. Hasta que empecé mi búsqueda por las redes sociales: hay gente que fue a preguntar y supe que esa casa fue vendida hace años. Nunca recuerdan el nombre de la persona. La casa siempre estuvo cerrada. Le cambiaron el color de la pintura. Ahora están haciendo edificios. La compró un ingeniero, pero sigue cerrada”.

Cuando María Gómez creía que todo estaba perdido, le llegó un mensaje: “Se puso un contacto una chica cuya mamá vivió en Chiclana 54: ‘Quizás vos seas nuestra hermana’, me dijo la chica. Yo le pregunté por qué me decía eso. Y ella me respondió: ‘A mi mamá le sacaron un hijo o una hija que nunca vio al nacer. Nos llamó poderosamente la atención que hayas vivido en Chiclana a unos metros, en Chiclana 82’. Eso me dijo y eso me da vueltas hasta el día de hoy”.

La búsqueda por saber la verdad de María Gómez o de María Eugenia Pedraza sigue así: “Hoy tengo la cabeza puesta en quién fue o es mi madre, qué hizo. Siento que lo voy a saber. Es buscar una aguja en un pajar. Pero no puede ser que no se sepa nada. Muchas veces me preguntan mis hijos y mis nietos y no sé qué decirles. No tengo fotos de chica. Mis papás adoptivos no me dejaban ir a los cumpleaños. Tampoco sé los nombres de mis padrinos. Y una cosa: mi madre biológica no dio la firma de adopción. Cuando preguntaban por ella, me respondían: ‘No te dejaron, por eso te dejaron’. Si yo la encuentro es para saber de dónde vengo. Si está leyendo esta nota mi mamá o mi hermana o mi hermano, quiero decirles: ‘Quiero conocerte, quiero saber quién sos, por qué me dejaste, por qué me abandonaste, qué pasó conmigo’”.