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La noche en el Centro de Salud que cambió la vida del doctor Marangoni

HISTORIAS DE ACÁ

Desde hace 35 años, Gustavo Marangoni trabaja para mejorar la vida de enfermos alcohólicos tucumanos. Sus planteos abordan la enfermedad y profundizan la problemática que trasciende el consumo: “Hay enfermedades como el alcoholismo que no se curan".

El doctor Gustavo Marangoni.





El doctor Gustavo Marangoni está sentado al lado del parlante que aturde de reguetón en el nuevo bar de El Cadillal. Impasible, se quita el barbijo, toma por la oreja el pocillo y de un sorbo plum: chau, café. Pero todavía no paga la cuenta Marangoni. Ni dibuja la firma en el aire. Ni siquiera mira el parlante. No le molesta.

Quienes lo conocen dirán que es así desde la primera noche que hizo guardia en el Centro de Salud cuando ya le decían Doctor, aún antes de haberse recibido. Quizás la anécdota de aquella noche empiece a explicar quién es este médico que ha trabajado, tratado y ayudado a enfermos alcohólicos en Tucumán desde hace 35 años y que aquí está en El Cadillal después del café, todavía sentado, mientras el sol del mediodía pega fuerte como parlante de domingo.

“Aquella noche de guardia yo todavía era alumno de los últimos años. No había ni remedios para los enfermos en el Centro de Salud. Hacíamos colectas para comprar remedios. Nadie me daba plata. Entonces gasté toda mi plata de mi cena en suero, vitamina B y diazepam cuando al rato me llama la enfermera: ‘¡¡¡Doctor, doctor!!!’ Un paciente en evidente estado de alcoholismo se arrancaba de las venas el suero y le salía la sangre por todos lados”.

“Cuando se le acercaba la enfermera, con cualquiera de los dos puños le pegaba. Hasta que me acerco yo, le paré las manos y cogoteándolo le digo: ‘Escuchame, ponete tranquilo, mirá cómo estás perdiendo sangre’. Se levanta, me vuelve a tirar un manotazo y no logro sacarle la cinta adhesiva: iba arrastrando el suero con la sangre por el pasillo, me quedo mirándolo, viene una enfermera y me dice dos veces: ‘¿Doctor? ¿Doctor? ¿Le pasa algo?’ A lo que yo le respondo: ‘No me pasa nada, pero en mi vida voy a atender a un enfermo alcohólico'. Y acá estoy, 35 años después”.

El doctor Marangoni se ríe de sus inicios. De ese juramento en vano, de esa traición en sano juicio, predestinado a ayudar al otro, toda una eminencia cuando habla, capaz de romper con los protocolos cuando lo saludan los compañeros y las compañeras de Alcohólicos Anónimos, justo a Marangoni capaz de revolver todo con su cuchara mágica de café, avisar que está esperando la vacuna que a él lo inmunice, pero que se sepa más que nunca que también hay enfermedades como el alcohol y otras que sencillamente no tienen cura y que hay que aprender a, pese a que suene a latiguillo de moda, a convivir con ella".

Hay enfermedades como el alcoholismo que no se curan. En realidad, las enfermedades que se curan son muy pocas. Son casi las mínimas. Las enfermedades más bien se tratan. Algunas entran en remisión como la tuberculosis, la lepra, el virus herpes, que no se van a ir jamás de nuestro organismo y a los que hay que hacerles controles. Por eso, en el caso del herpes, cuando estás nervioso y bajan las defensas, aparecen las ampollitas en la boca. La remisión significa que conviven con nosotros: están ahí, dormidas. Y van a aparecer con tus defensas bajas”.

Hay temor a convivir con cualquier enfermedad porque el hombre se aferra a ilusiones porque culturalmente le vendemos ilusiones: por ejemplo, no aceptamos la vejez. La vejez pareciera ser una enfermedad. Ya a los 30 empieza a manifestarse este tipo de temor. Querés demostrar en una canchita que corrés igual que uno de 20. Y cada vez te cuesta más".

"Hasta que llega la etapa donde te das cuenta que has querido pertenecer y ya no pertenecés más”, explica Marangoni, cuyas reflexiones de vida trascienden al trato con el enfermo de alcoholismo sino con justamente con el sentido que se le aplica a la existencia o a la búsqueda de ese sentido en palabras de otra eminencia como el doctor Viktor Frankl.

“No tiene que ver con los años sino con limitaciones que antes no teníamos y ahora sí. Empezás a ser más prudente, no menos transgresor, a los 40 años. La finitud de la vida se te va haciendo realidad a los 70, a los 75. Hay un dicho que dice: ‘Che, nos reunamos, solo nos vemos para los velorios’. Empezás a darte cuenta que no te convocan las reuniones sociales sino las pérdidas. Ahí es donde te das cuenta que empezás a tener finitud, lo cual está muy asociado al programa de Alcohólicos Anónimos”.

“Hay programas como el de Alcohólicos Anónimos que te obligan a hacer una introspección emocional y espiritual según cada cual la conciba, pero espiritual al fin. ¿Para qué? Para hacer que tu significado de vida tenga un soporte. Y esto es muy importante: a medida que van transcurriendo las etapas de tu vida, vos te aferrás a aquellos vínculos que te sostienen como tu madre o tu padre. Si llegás a tener un familiar alcohólico, se te rompe todo un esquema. De golpe, el ser al que vos amaste, te daña mucho. Pero mucho. Entonces vos decís: ¡epa! Sin darte cuenta, vos tratás primero de desapegarte, construir una vida familiar diferente y, sin darte cuenta, la mayoría de las veces, fracasás”.

¿Y por qué fracasás? Porque no tenés el patrón de lo que es una vida armónica. No la has conocido. No la tenés. No la podés vivir. No la podés replicar. Si tenés muy, pero mucha suerte, cosa que es casi imposible porque te casás con alguien con quien te identificás, te podés encontrar con ese alguien que te sumerja en un mundo diferente para que encontrés una armonía sin dependencia, son co-dependencia. Generalmente, aunque no te haya pasado eso, te apoyás mucho en los hijos, te apoyás mucho en la familia, y de golpe uno dice: ‘Yo vivo para mi familia’. Parece buena la frase, pero al no nombrarse parece que no tenés un proyecto de vida personal”.

“Por ahí encontrás gente que dice: ‘No, es que además de mi familia, yo soy un deportista’. Sí, perfecto, ¿pero vos dónde estás como persona? La gente no piensa en eso. No hace introspección. Y si no se hace introspección no encuentra qué significado tiene su vida, no las cosas que hacés en tu vida. Las cosas que hacés en tu vida pueden tener significado: tu profesión, la amistad, el deporte, ayudar al prójimo, ¿pero y vos? ¿Qué te sostiene a vos? Un crecimiento interno que te dé paz independientemente de la paz o de la armonía que puedas conseguir con gente. Independientemente de eso. Es un tema que Occidente no toca. Y las religiones lo tocan poco desde la posición del pecado y no desde la posición del amor a sí mismo”.

Es difícil e imprudente interrumpir a Marangoni, pero atentos a esta parte: “El programa de Alcohólicos Anónimos, su pie principal, además de una espiritualidad que te diga que hay algo superior a vos y que hay un camino que lo tenés que encontrar, te hace que te preguntés: ¿qué estoy haciendo? ¿Cuáles son mis defectos de carácter y cuáles son mis fortalezas? Y desde ahí: ¿eso qué tiene que ver conmigo?

“Vos decís: ‘Yo soy paciente. Yo escucho’. Y esa paciencia, ¿adónde te lleva? ‘A escuchar?’ ¿Y escuchás? ‘¿A quién escuchás?’ ¿A tus amigos? ‘¿Realmente los escuchás? ¿Cuando llegás a tu casa, en verdad escuchás? ¿O seguís con la bulla de afuera? Cuando abrís la computadora, ¿seguís escuchando lo que hablaste afuera o ya te metiste en la computadora? ¿Cuánto tiempo escuchás entonces? Y en el almuerzo, ¿usás el celular o te ponés a conversar con alguien mirando a los ojos? Esas son las cosas de la introspección que enriquecen el interior’”.

Es mediodía y es Cadillal y una conservadora sin tapa pasa delante de la charla: desborda, se caen los hielos, se polarizan los tetras, las latas, y las botellas. La pregunta que se impone es más terrenal aunque le hace un guiño al huevo o a la gallina: “¿La botella es la causa o la consecuencia? Son las dos cosas. Es causa porque no puedo vivir sin beber. Entonces la botella es causa. Pero es consecuencia porque cada vez más me alejo de mí mismo”.

“El principal problema de la bebida alcohólica no son los problemas orgánicos ni la pérdida de la familia, del trabajo ni de todo lo que constituye la pérdida del alcoholismo. La peor pérdida es que perdiste absolutamente la noción de adónde estás vos, de quién sos, que es lo que interpretamos como daño espiritual. Y que es la conciencia de sí mismo. Tomamos conciencia de ese yo espiritual cuando lo perdemos. Por eso la gran ventaja entre un enfermo alcohólico recuperado y una persona no alcohólica es que las probabilidades de encontrar una buena armonía espiritual están más en el alcohólico que en el no alcohólico”.

“Me ha costado mucho abordarlo porque debí hacerlo desde la medicina, desde una negación tremenda. Luego de la anécdota de aquella noche de guardia, me ofrecen una guardia en una clínica o en un psiquiátrico. Me dicen que es una patriada del doctor Palacios: cuidar enfermos alcohólicos. Año 86. Era justamente una locura: me costaba mucho. Yo leía el programa de ellos y sabía que a ellos los ayudaba pero me costaba entenderlo".

"Si bien un alcohólico solo puede saber el infierno que atraviesa un alcohólico, la neurociencia se empalma desde el año 2000 para acá con el programa de Alcohólicos Anónimos: es un calco. Se acoplan. Todo lo que Alcohólicos Anónimos ha dicho en el año 36, lo reafirma la neurociencia”.

“El camino para ser una persona exitosa no es tanto que estudiés algo y que seas eficiente en algo sino que aprendas a tener una buena autoconciencia, un autodominio (es decir, poder modular tus emociones para adaptarlas en los lugares donde vos te estás manejando y que tus acciones sean lo más armónicas posibles), la tercera es lograr registrar al otro con tu wifi que es un cerebro inconsciente para poder ver al al otro y nunca ser inoportuno, siempre decir la palabra precisa, y que tu gesto, tu actitud, tu mirada y tu boca respondan a lo que vos estás diciendo; y por último llevar todo eso a una autogestión en tu vida: lo que te guía no es lo que sabés sino todos esos otros conocimientos. Porque lo que sabés, ya lo sabés”, remarca.

“Te doy un ejemplo: es la final del mundo, último minuto, tenés que patear el penal y sos Messi. ¿Qué hace la diferencia? Lo que te acabo de decir: ese ruido de afuera, ¿te saca de tu concentración? Tus miedos interiores de fallar y que pierdas, ¿te están poniendo nervioso? Eso es autodominio. ¿Bloqueás las influencias externas o no? ¿Modulás tus miedos interiores? Sí. ¿Manejas tu autoconciencia de que eres muy bueno, pero muy bueno? Sí. ¿Te has aislado a tal punto que tus tripas no te dicen nada? ¿No te dicen nada? ¿No te da miedo? ¿El mundo se queda en silencio? Se detuvo el tiempo (y se detiene el tiempo) y sos vos y la pelota. ¿Y nada más que vos y la pelota? Es gol: 100% es gol. Y no es Messi. Es en ese estado en el que se mueve Messi”.

“¿Y sabés cuál es el estado en que se mueven muchas veces los compañeros de Alchólicos Anónimos? El miedo al cocodrilo. Primero el cocodrilo gigantesco, que es el miedo a beber; después los desequilibrios emocionales: su trabajo, la familia y las hormigas lo atacan; hasta que en algún momento se dan cuenta que el programa no es cada vez que te vienen a picar las carencias o los miedos sino aprender cada día a ser mejor que ayer, en algo, te das cuenta que el programa es para toda la vida”.