"Mi papá no quería que dejara de estudiar, pero no quedaba otra": el sueño de Claudia, la realidad de Claudia
HISTORIAS DE ACÁ
Su padre era carcelero en Villa Urquiza. Una noche pisó mal, cayó desde las alturas y dejó de trabajar. Ante tal situación, ella dejó el secundario, empezó a trabajar día y noche, pero nunca postergó el gran día que imagina. Una historia para saber que siempre, pero siempre, se puede.
Claudia.
Era de noche y llovía a cántaros sobre San Miguel de Tucumán cuando Juan Gordillo, carcelero en el penal de Villa Urquiza, pisó mal y cayó desde la garita al suelo. Esa caída terminó en el hospital: se había quebrado las caderas, quedaba inválido, jubilado y marcaba la hora de la verdad para su hija mayor, Claudia Alejandra Gordillo: “Yo en ese entonces tenía 16 años. Soy la mayor de cuatro hermanas. Mi papá no quería que dejara de estudiar, pero veía la situación y tomé la decisión: dejé la secundaria y empecé a trabajar para ayudar en mi casa”.
Familia de clase media argentina, con casa propia en el corazón de Villa Carmela, antes de la caída, Claudia era una joven estudiante que cursaba el secundario con sus primas en Villa Luján: “Me gustaba la escuela y yo ya tenía un ideal de lo que quería hacer. Pensaba en voz alta: ‘A mí me gustaría ser maestra jardinera’. Eso pensaba”.
El amor por los niños siempre fue un instinto natural en Claudia: “Los domingos íbamos a la casa de mi tía, la hermana de mi papá, juntábamos todos mis primos, y la que los cuidaba era yo. Mientras los grandes descansaban, yo los cuidaba. Dicen que tenés que tener algo especial para que los chicos se te peguen, te sigan. Y yo siempre lo tuve”.
Hay momentos bisagras en las vidas de las personas y uno de ellos fue cuando Claudia le dijo a su papá Juan y a su mamá Nina que iba a dejar la secundaria para ayudar en la casa: “De tener nuestra casa en Villa Carmela, nos fuimos a alquilar al barrio El Bosque. Solamente con mi familia sabemos todo lo que pasamos: hasta un desalojo. Pero en las buenas y en las malas que hemos pasado, siempre estuvimos juntos. Hoy, gracias a Dios, los tengo vivos. Cumplen 49 años de casados. Ya se vienen las bodas de oro”.
“Empecé a trabajar en un barrio nuevo, en El Bosque, donde no conocíamos a nadie. Y empecé por una señora que se hizo amiga de mi mamá. Recuerdo que con mi primer sueldo me compré un pulover. Yo estaba chocha. Ahí aprendí el valor de lo propio hasta el día de hoy, de tener lo que tengo que porque me lo he ganado yo. No me gusta pedir, siempre valoré lo propio”.
“Uno de los primeros trabajos era cuidar a la tía Elisa, que tenía arteriosclerosis. Yo le hacía compañía y esperaba que se durmiera a las diez de la noche para irme a mi casa. Tenía apenas 19 años”, recuerda Claudia, quien mientras cuidada a doña Elisa nunca dejaba de pensar en el gran pendiente: terminar la secundaria y ser maestra.
“Por suerte en la casa donde trabajaba siempre me hacían sentir como una más: a veces miran a una empleada y creen que porque no sabe leer o escribir no puede conversar con el otro. Aquí no pasaba eso: yo puedo conversar con vos, con cualquiera. Escuchar, hablar con cualquier persona, eso siempre enriquece a la persona, son experiencias de vidas que se cuentan, ¿no?”
A la espera de que llegue la segunda quincena de enero para casarse con Pedro en la Iglesia Anglicana, con su hijo Iván ya grande, Claudia cuidaba a una hermosa bebé una mañana, la hija de María Eugenia, cuando supo que el momento había llegado: “Estaba cuidando a la bebé, sentada en el sillón. Mientras la bebé dormía, estaba viendo Canal 10 y veo la publicidad de un instituto secundario, del ISE, para adultos mayores. ‘Qué bueno’, dije. Tengo otras cosas que hacer, pero es una señal”.
Mientras la bebé dormía, Claudia tomó una lapicera y se quedó atenta a que volvieran a pasar la publicidad en Canal 10: “Anoté el teléfono para llamar en la palma de mi mano, llegué a mi casa, lo pasé a un papel y llamé. Era el último día para que me inscriba y pensaba: ‘Voy o no voy’. Me tomé el 7 y dije: ‘Que sea lo que Dios quiera’. Me inscribí, veía el tema virtual, tantos chicos jóvenes, pero se me acercó una chica, todos eran re buenos conmigo, me animaban y la primera clase la pasé de 10. Estaba chocha”.
Así como todos recordamos el primer día que nos dejaron solos en el aula por primera vez, a Claudia le temblaban las piernas aquel día, pero encontró el apoyo para seguir en sus compañeros, en una compañera de 60 años (Claudia tiene 47), y en los chicos jóvenes: “Me he sentido acompañada, ven la forma de ayudarme si no entiendo algo, sobre todo con el teléfono. Y la madre de la bebé que cuidaba, que es profesora, también me ayudaba y me trajo una sorpresa: una maestra de Religión también mayor que estaba feliz porque iba a ir su familia a la recibida. La vida me estaba dando varias señales para no dejar de estudiar. Me siento con fuerzas, con ganas, con salud y con el deseo de terminar el secundario el año que viene para empezar el profesorado de maestra jardinera”.
Los días de Claudia son largos: se despierta a las 7, toma unos mates, se sube al colectivo o a la moto con su futuro marido Pedro (¡darán el sí tras 21 años juntos!), realiza las tareas de limpieza en otras casas, hace las compras en su propia casa, no puede estar quieta, prepara unos mates, mira el informativo, lee la Biblia, y estudia: “Mi nuera Belén es una genia, se sienta a la par mía, y me enseña. También estudio en el colectivo. Y así se hace la noche: me acuesto, voy a mi pieza, pongo la televisión bajita, la Biblia a la par, y la carpeta. Es mi rinconcito, el que amo, ese lugar donde te gusta estar solo. Es mi momento del día. Y con la tranquilidad de que ya he trabajado, ya he cumplido con el trabajo”.
Durante la pandemia, Claudia no ha parado de trabajar y ha podido mejorar su casa, su casa donde hay un delantal imaginario colgado en la pared de su cuarto, un delantal de colores con su nombre bordado: “Señorita Claudia”. “Sí, me veo recibida. Algunas cosas me cuestan: adjuntar archivos, subir el pdf, esas cosas. El otro día, mi nuera estaba durmiendo y no la quería despertar. Pero tampoco quería tocar por si metía el dedo en el celular y me mandaba una macana. Pero sé que me voy a recibir. La madre de la bebé que cuido, María Eugenia González, me dijo: ‘Ponete un delantal en el frente que diga seño Claudia'. Y lo imagino así”.
“Sé que nunca es tarde, de verdad que nunca es tarde. Depende de la voluntad de uno. Agradezco a Dios y por medio de Él empecé y voy a terminar lo que me propuse. Mi hijo Iván es el tesoro más grande que tengo, mis papás Juan y Nina son ese ejemplo que te han inculcado los valores que también cuentan mucho más allá de un título. Si el día de mañana tengo un jardín, una guardería, un materno, se va a llamar Esperanza”.
“El tiempo que me quede de vida lo voy a brindar a lo que más me guste: a los chicos. Me gusta ese mundo: las hamacas, las sillitas. Los chicos son muy inocentes, son muy perceptivos. Y el día que me reciba, ya será sin barbijo si Dios quiere. Sé que no todo es color de rosa, pero le pido a Dios saber afrontar lo que me espera. Sé que no voy a ser solamente Claudia, voy a ser la Seño Claudia. Así lo imagino, así lo siento”.
Familia de clase media argentina, con casa propia en el corazón de Villa Carmela, antes de la caída, Claudia era una joven estudiante que cursaba el secundario con sus primas en Villa Luján: “Me gustaba la escuela y yo ya tenía un ideal de lo que quería hacer. Pensaba en voz alta: ‘A mí me gustaría ser maestra jardinera’. Eso pensaba”.
El amor por los niños siempre fue un instinto natural en Claudia: “Los domingos íbamos a la casa de mi tía, la hermana de mi papá, juntábamos todos mis primos, y la que los cuidaba era yo. Mientras los grandes descansaban, yo los cuidaba. Dicen que tenés que tener algo especial para que los chicos se te peguen, te sigan. Y yo siempre lo tuve”.
Hay momentos bisagras en las vidas de las personas y uno de ellos fue cuando Claudia le dijo a su papá Juan y a su mamá Nina que iba a dejar la secundaria para ayudar en la casa: “De tener nuestra casa en Villa Carmela, nos fuimos a alquilar al barrio El Bosque. Solamente con mi familia sabemos todo lo que pasamos: hasta un desalojo. Pero en las buenas y en las malas que hemos pasado, siempre estuvimos juntos. Hoy, gracias a Dios, los tengo vivos. Cumplen 49 años de casados. Ya se vienen las bodas de oro”.
“Empecé a trabajar en un barrio nuevo, en El Bosque, donde no conocíamos a nadie. Y empecé por una señora que se hizo amiga de mi mamá. Recuerdo que con mi primer sueldo me compré un pulover. Yo estaba chocha. Ahí aprendí el valor de lo propio hasta el día de hoy, de tener lo que tengo que porque me lo he ganado yo. No me gusta pedir, siempre valoré lo propio”.
“Uno de los primeros trabajos era cuidar a la tía Elisa, que tenía arteriosclerosis. Yo le hacía compañía y esperaba que se durmiera a las diez de la noche para irme a mi casa. Tenía apenas 19 años”, recuerda Claudia, quien mientras cuidada a doña Elisa nunca dejaba de pensar en el gran pendiente: terminar la secundaria y ser maestra.
“Por suerte en la casa donde trabajaba siempre me hacían sentir como una más: a veces miran a una empleada y creen que porque no sabe leer o escribir no puede conversar con el otro. Aquí no pasaba eso: yo puedo conversar con vos, con cualquiera. Escuchar, hablar con cualquier persona, eso siempre enriquece a la persona, son experiencias de vidas que se cuentan, ¿no?”
A la espera de que llegue la segunda quincena de enero para casarse con Pedro en la Iglesia Anglicana, con su hijo Iván ya grande, Claudia cuidaba a una hermosa bebé una mañana, la hija de María Eugenia, cuando supo que el momento había llegado: “Estaba cuidando a la bebé, sentada en el sillón. Mientras la bebé dormía, estaba viendo Canal 10 y veo la publicidad de un instituto secundario, del ISE, para adultos mayores. ‘Qué bueno’, dije. Tengo otras cosas que hacer, pero es una señal”.
Mientras la bebé dormía, Claudia tomó una lapicera y se quedó atenta a que volvieran a pasar la publicidad en Canal 10: “Anoté el teléfono para llamar en la palma de mi mano, llegué a mi casa, lo pasé a un papel y llamé. Era el último día para que me inscriba y pensaba: ‘Voy o no voy’. Me tomé el 7 y dije: ‘Que sea lo que Dios quiera’. Me inscribí, veía el tema virtual, tantos chicos jóvenes, pero se me acercó una chica, todos eran re buenos conmigo, me animaban y la primera clase la pasé de 10. Estaba chocha”.
Así como todos recordamos el primer día que nos dejaron solos en el aula por primera vez, a Claudia le temblaban las piernas aquel día, pero encontró el apoyo para seguir en sus compañeros, en una compañera de 60 años (Claudia tiene 47), y en los chicos jóvenes: “Me he sentido acompañada, ven la forma de ayudarme si no entiendo algo, sobre todo con el teléfono. Y la madre de la bebé que cuidaba, que es profesora, también me ayudaba y me trajo una sorpresa: una maestra de Religión también mayor que estaba feliz porque iba a ir su familia a la recibida. La vida me estaba dando varias señales para no dejar de estudiar. Me siento con fuerzas, con ganas, con salud y con el deseo de terminar el secundario el año que viene para empezar el profesorado de maestra jardinera”.
Los días de Claudia son largos: se despierta a las 7, toma unos mates, se sube al colectivo o a la moto con su futuro marido Pedro (¡darán el sí tras 21 años juntos!), realiza las tareas de limpieza en otras casas, hace las compras en su propia casa, no puede estar quieta, prepara unos mates, mira el informativo, lee la Biblia, y estudia: “Mi nuera Belén es una genia, se sienta a la par mía, y me enseña. También estudio en el colectivo. Y así se hace la noche: me acuesto, voy a mi pieza, pongo la televisión bajita, la Biblia a la par, y la carpeta. Es mi rinconcito, el que amo, ese lugar donde te gusta estar solo. Es mi momento del día. Y con la tranquilidad de que ya he trabajado, ya he cumplido con el trabajo”.
Durante la pandemia, Claudia no ha parado de trabajar y ha podido mejorar su casa, su casa donde hay un delantal imaginario colgado en la pared de su cuarto, un delantal de colores con su nombre bordado: “Señorita Claudia”. “Sí, me veo recibida. Algunas cosas me cuestan: adjuntar archivos, subir el pdf, esas cosas. El otro día, mi nuera estaba durmiendo y no la quería despertar. Pero tampoco quería tocar por si metía el dedo en el celular y me mandaba una macana. Pero sé que me voy a recibir. La madre de la bebé que cuido, María Eugenia González, me dijo: ‘Ponete un delantal en el frente que diga seño Claudia'. Y lo imagino así”.
“Sé que nunca es tarde, de verdad que nunca es tarde. Depende de la voluntad de uno. Agradezco a Dios y por medio de Él empecé y voy a terminar lo que me propuse. Mi hijo Iván es el tesoro más grande que tengo, mis papás Juan y Nina son ese ejemplo que te han inculcado los valores que también cuentan mucho más allá de un título. Si el día de mañana tengo un jardín, una guardería, un materno, se va a llamar Esperanza”.
“El tiempo que me quede de vida lo voy a brindar a lo que más me guste: a los chicos. Me gusta ese mundo: las hamacas, las sillitas. Los chicos son muy inocentes, son muy perceptivos. Y el día que me reciba, ya será sin barbijo si Dios quiere. Sé que no todo es color de rosa, pero le pido a Dios saber afrontar lo que me espera. Sé que no voy a ser solamente Claudia, voy a ser la Seño Claudia. Así lo imagino, así lo siento”.









