El grito más sagrado de todos se gritó y se lloró en Tucumán
Historias de acá
Después de 35 años, el gol de Maradona a los ingleses produjo una extraña alteración temporal en la siesta tucumana. Los videos lo confirman: hubo gritos y lágrimas en todos los rincones de la provincia.
Foto de www.ole.com
El reloj se clava en las 16:09 y algo extraño pasa con el habitual transcurrir del tiempo que pierde toda su condición de acontecer. Las agujas amagan con seguir su rutinario camino hacia el futuro, pero una insólita alquimia detiene su marcha continua. No conforme con ese acto de rebeldía a la lógica del mundo, empiezan una alocada carrera hacia atrás. Entonces se abre una tangente espacio-temporal que, de seguro, será materia de análisis para los eruditos de la Universidad de Massachusetts o de Oxford en los próximos días. Acá y ahora, en Tucumán, esta tarde y frente al televisor Led del Centro Cultural El Malecón, Mauricio Suarez se abraza con su hijo Luca y grita un gol que ya pasó y, a la vez, nunca deja de suceder. Al festejo se les suma el perro Diego, que se llamó por un par de días Gualicho por la canción de Los Redondos, pero ahora, en ese afán de eternidad que no necesita de bronces, lleva el nombre del prócer de aquel embrujo que acaba de plasmar la pantalla. El hombre de 44 años llora ante la imagen porque, por ese instante, también está allá y entonces donde estaba hace exactamente 35 años ¿atrás? En la casa de su infancia en el Barrio Victoria con el living colmado por la parentela. Ahí están sus viejos, Don José Fernando y Doña Isabel, los abuelos Ramón y Casimira, y sus tres hermanas menores. Están maravillados con las virtudes cromáticas del flamante Grundig 20 pulgadas a colores que José Fernando compró para ver el mundial, pero están más asombrados aún por lo que acaban de ver. Acaso los diez segundos más sublimes en la historia de la televisión; esos segundos en los que Diego Armando Maradona esquiva con una danza la araña de sombra del estadio Azteca y se lanza a la inmortalidad esquivando a cuanto inglés se cruza en esa carrera capaz de detener los relojes de esta siesta tucumana sacudida por los ecos de un grito de gol eterno y perfecto.
No es feriado nacional todavía, pero hoy se conmemora la más maradoniana de todas las efemérides maradonianas: el día de los goles de Diego ante Inglaterra en el mundial de México 1986, principalmente, el segundo de esos goles, ponderado como el gol del siglo. Y por los siglos de los siglos, amén. Esa fecha histórica esta vez aparece cargada de un marco emotivo especial, ya que es la primera vez que se recuerda la obra maestra de Maradona sin su genial artífice presente, al menos en el plano terrenal, porque al Diez se lo sigue pensando y viviendo en tiempo actual. Hombre y legado parecen imperecederos en la memoria emotiva de los argentinos como aquel gol forjado en la épica de su propio tiempo histórico que lo vuelve irrepetible y, a su vez, incansable en su repetición. Y es por ese deber de conservar viva la memoria que se lanzó una campaña nacional para que hoy a las 16:09, en el momento exacto en que se cumplían los 35 años de aquel gol, se lo vuelva a gritar como en aquel entonces. Con fervor, con enjundia, con éxtasis, con amor, con alma y con vida se emitió, una vez más, pero esta vez más que nunca, el más sagrado de todos los gritos. Como ocurrió en Tucumán en el instante preciso en que se detuvieron los relojes.

Gustavo Gaete gritando el gol de Diego.
“A ese gol lo tengo grabado porque veníamos de la dura derrota con los ingleses en Malvinas y con nuestros pibes muertos y era ganarles sí o sí a los ingleses… Eran nuestros enemigos, era como que la guerra continuaba ahí en esa cancha. Mi viejo compró el primer televisor a color para ver el mundial y lo vimos en casa con toda la familia. La alegría más grande de ese momento era ganarles a los ingleses. Esa era, si se puede, la venganza del pueblo argentino gritando esos goles y dejándolos afuera del mundial”, rememora Mauricio y las palabras se le entrecortan de emoción. En su recuerdo, el hincha recupera la dimensión histórica y política del gol más gritado por los argentinos a sólo cuatro años de la guerra de Malvinas. Para muchos, un auténtico desahogo de nuestro nacionalismo herido. Para otros, puro chauvinismo futbolero. Mucho le debe a esos goles esa condición de héroe patriótico –de batallas incruentas, pero batallas al fin- con la que ha sido canonizado popularmente Maradona. El propio Diego, como buen artífice de su propio destino, así lo reconoció: “Soy un tipo normal, que por hacerle un golazo a los ingleses, que nos mataban a los pibes en Malvinas, hoy todo el mundo me reconoce. Porque el abuelo se lo contó al padre, y el padre se lo contó al hijo”. De padres a hijos, de abuelos a nietos. Como Mauricio y Luca. Como Ramón, José Fernando y Mauricio ante la obra inaudita que aquella tarde les mostró el noble Grundig.
Acaso alguna abuela abandonó el crochet y un vecino curioso salió a la vereda a ver de qué se trataba ese grito que irrumpió en la siesta de Barrio Sur cuando Pedro Noli gritó el gol de Maradona, con los puños apretados y los brazos abiertos en un gesto de querer abrazarlo todo, desde su balcón. Al igual que los buenos vinos, los buenos goles nacen para ser compartidos; parecen destinados a volverse una partícula más de una orquesta colectiva que se expande con la onda expansiva de un tsunami sonoro. Y si hay un gol que merece ser compartido y gritado más que ningún otro es este. Pensémoslo incluso por fuera de Barrio Sur, de Tucumán, de la Argentina: es posible, incipiente globalización mediante, imaginar a alguien en India, en Brasil o en Italia gritando ese gol aquel día de 1986. Un gol capaz que vencer las divisiones políticas del mapamundi para trascender cualquier bandera, cualquier dogma y cualquier sofisma. Un gol universal y tan democrático que es capaz de llenar las bocas de ricos y de pobres, de creyentes y ateos, de maradonianos y del resto del mundo. Un gol que sentimos el más nuestro, pero que ya es patrimonio de la humanidad.
Lo gritaron también en el patio, saltando y bajo un cielo vestido de bandera, Leonardo “El Turco” Dumit y el fotógrafo Fabián Font, el reconocido inventor tucumano de la selfie. Lo gritó Gustavo Gaete con el puño bien apretado en alto y Sarita Loza con su remera maradoniana y también Martín Vázquez a lagrima suelta y al compás de esa poesía que reza: “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial”. Porque no existe épica sin su bardo y Víctor Hugo Morales fue el bardo del más bardo de todos los bardos. Sus palabras acompañan como sublime música de fondo la carrera eterna del hombrecito de azul y su danza fulgurante y vengadora. Esa figura del barrilete cósmico -que escondía, entre líneas, una crítica velada al ex DT del seleccioando César Luis Menotti- es una de las formas que ha asumido la lírica maradoniana y su afán y destino de perpetuidad. Pura hipérbole en su desmesurada belleza, lleva desde su concepción el sello de lo que se sabe para siempre. Como bien dijo alguna vez Roberto Fontanarrosa: “La limitación del gol de Diego a los ingleses es que no tiene posibilidad de exageración en el futuro”. Nada más exagerado y excepcional que un gol que detiene relojes, paraliza el tiempo y eterniza gritos y lágrimas.
Mirá a los tucumanos gritando el gol de todos los tiempos:








