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Volstead, el regreso de los obreros del punk tucumano

Historias de acá

La emblemática banda de Villa 9 de Julio volvió a sacar un disco y hace un repaso por su historia; una trayectoria marcada por el laburo autogestivo: “A la larga, este estilo siempre nos ha devuelto todo lo que uno da”.

Los Volstead volvieron al ruedo con su último disco.





Todo se gestó a fines de los noventa en la vieja casa de los abuelos de Micky y Nacho Gutiérrez en la Emilio Castellar, ahí en el difuso borde donde Villa 9 de Julio coquetea con Barrio Los Pinos. No había equipos, faltaban instrumentos y muchos ni sabían tocarlos, pero sobraba ímpetu juvenil.  Ímpetu y muchas ganas de decir; bríos que encontrarían en el punk rock un lenguaje sencillo y, a la vez, contundente. Al fragor de siestas y tardes y noches y litros y más litros de cervezas compartidas, esa casa de Villa 9 de Julio fue el magma de donde surgieron bandas que le dieron a esa década el sello del under barrial. Y ahí empezó la historia de Volstead. De ahí salió la bicicleta de reparto cargada de amplificadores hasta el Barrio Telefónico, en Yerba Buena, allá por 1997 para el primer recital; de ahí salían y ahí llegaban todos los meses decenas de cartas con cassettes y fanzines; ahí desembarcaban los integrantes de bandas de otras provincias cuando venían a tocar en Tucumán; ahí surgió la autogestión como bandera y una filosofía que los Volstead todavía repiten como un himno: laburar para tocar. Más de dos décadas de música a pulmón y un último disco concebido en plena pandemia dan cuenta de ese trabajo. Los viejos obreros de nuestro punk han vuelto con todo. 

“Sin alcohol no se trabaja”, leyó Micky en uno de los tres tomos del libro “Historia secreta de la mafia”. Se trataba de una de las consignas que enarbolaban aquellos que se oponían a la ley seca en los Estados Unidos de la década del veinte, un siglo atrás. Uno de los impulsores de esa legislación fue Andrew Volstead (entonces presidente del Comité de la Cámara de Representantes sobre Asuntos Judiciales), de ahí que a la normativa que prohibía la venta de alcohol se la conoció como ley Volstead. Y hecha la ley, hecha la banda. Fue ese el nombre elegido por Micky, quien venía de cantar en Despelotic y había invitado a su hermano Nacho a incorporarse a la nueva formación. En aquellos años, por la casa de la Emilio Castellar pasaban bandas que compartían instrumentos y también integrantes. Todo era efervescencia y ganas de subirse a un escenario. Esas ganas podrían haberse agotado en el impulso vertiginoso y efímero de un par de tocadas, pero continúan hasta hoy.

Antes de hacerse cargo de la batería de Volstead, fue Nacho quien puso los puntos. Así lo recuerda Micky: “Le dijimos a Nacho si él quería tocar y nos dijo que sí, que tocaba, pero ponía una condición: que hagamos las cosas en serio y que dejemos de joder. Ahí empezamos como Volstead y con la idea esa de tomarnos un poquito más en serio la cosa”. Arrancaron los ensayos con la mente puesta en subirse pronto a un escenario, pero entonces no era cuestión de soplar y hacer recitales. “Teníamos todas las limitaciones que te podás imaginar. Pueden parecer una tontera ahora, pero era complicado en esa época. Por ejemplo, vos ibas a un ensayo y, de repente, decías nos vemos la semana que viene y lo que pasaba era que muchas veces no tenías ni teléfono para llamarlo, ni teléfono fijo teníamos. Imaginate, con los equipos de sonido pasaba lo mismo. Nosotros cuando empezamos no teníamos equipos… Era una historia ir a buscar equipos a un lado y a otro. Eso también nos limitaba mucho, pero ha estado bueno porque hemos valorado mucho toda esa parte. Después, a la hora de tocar, creo que queda plasmado ese esfuerzo”, recuerda Nacho. 

En aquellos años, la popularidad de las canciones de 2 Minutos y de Attaque 77 habían llevado el punk a todos los rincones del país. Acá en Tucumán, había una movida incipiente de bandas que apostaban al género y que se reunían en los Festipunks; pequeños recitales organizados a pulmón como aquel del Barrio Telefónico que marcó el debut oficial de Volstead junto a Eructo, Buenas Peras y Cementerio indio. “Cuando empezamos a tocar nosotros ya había una movida que venía desde antes, pero eran más que nada recitales de música pesada. Me acuerdo que estaban la 448, Esperma, Eructo… Eran bandas más heavy o más trasheras… Bueno, nosotros le decíamos heavy a todo lo que no era punk”, reflexiona Micky. 

Organizados en casas, en bares y donde les dieran cabida, los Festipunks se fueron consolidando en los noventa como un lugar que propiciaba el encuentro entre bandas y entre los jóvenes seguidores de las bandas. Ahí fue que Juancho Ramos se acercó por primera vez a los Volstead, mucho antes de incorporarse formalmente a la banda: “Nosotros nos juntábamos a hacer ruido con los Norugol y empezamos a caer a los ensayos. Me acuerdo que agarrábamos un carrito y llevábamos la batería hasta atrás del hiper, en el Acceso Norte, a la casa del tío de uno de los muchachos. Ahí hacíamos un desastre...Un quilombo. Todos nos íbamos conociendo en los recitales, era como que nos encontrábamos en ese lugar; un lugar donde te sentís cómodo con la gente que escucha lo mismo que vos y ya compartís cosas… Ahí decís este es el lugar donde quiero estar. Y pasa por la música, pero también pasa, digamos, por las personas, por ser como somos… ¿me entendés? Todos éramos personas humildes”. 

“La música te va uniendo. Te dan ganas de decir ‘bueno, voy a caminar y a cruzar toda la ciudad para ir a verlos a lo vagos’. Ahora quizás los pibes se quedan en la casa viendo el celular o una peli. Esa era una movida muy barrial, pero que juntaba a gente de distintos puntos de la ciudad. La casa de mis abuelos fue un lugar de encuentro. Mis abuelos eran copados y dejaban que entren vagos que no sabían ni quiénes eran. Digamos que ellos nos daban la libertad de hacer”, reflexiona Micky acerca de esa primera etapa de la banda marcada por esa comunión entre pares. 

En esos recitales donde faltaban recursos, pero sobraban ganas aparecen los nombres de productores como Fito Bouvet y Marta Alfonso, por entonces manager de la 448. Fue Marta quien les abrió las puertas a shows más grandes como la visita de Fun People a nuestra provincia. “La Marta sabía que nosotros laburábamos. Sabíamos que si queríamos que nos vaya bien en una fecha teníamos que trabajar. Básicamente, laburar era llevar a la gente. Necesitábamos cincuenta, cien personas para que nos cierren los números. Si no llegábamos a los cien, entonces poníamos un sonido bien barato”, comenta Micky. 

Uno de los hitos de los comienzos de la banda fue la participación en el compilado “Tucumán Nueva Escena” en 1998. El cassette grabado de forma muy rudimentaria reunía a varias de las bandas que entonces copaban la escena punk de la provincia: Volstead, Sol Perpetuo, Hijos Torturados, Eructo, Buenas Peras y Alquimia. Ese cassette fue fundamental para dar a conocer lo que se estaba produciendo en Tucumán a través de una red de intercambios que se propiciaban en las ferias de fanzines. Uno de los mentores de esas ferias que podían encontrarse los fines de semanas en los recitales o en la Plaza Urquiza fue Nacho. Alrededor de 20 cartas salían y llegaban todos los meses desde su casa en Villa 9 de Julio a distintos puntos del país con cassettes y fanzines. Una logística que ameritaba la puesta en práctica de ciertos trucos para abaratar los costos de envío, como lavar las estampillas para poder reutilizarlas otra vez: “Entonces ya era mayor el movimiento de material independiente a través de los fanzines. Ya teníamos contacto con bandas de otros lados y ahí vos te dabas cuenta que esas bandas se manejaban igual que nosotros. Nos intercambiábamos los cassettes y vos escuchabas algo que te identificaba como sonido y como banda. Ahí uno se empieza a meter en la movida así de a poco”. A través de esos contactos postales, muchas bandas de otras provincias como Movil Vission y Charly Brown llegaron a Tucumán, siempre haciendo base en la casa de la Emilio Castellar. “Había muy poco, ni teléfono fijo. Ni hablar de internet. Tenías que tener ganas porque, si no devolvías la carta, ahí quedaba todo. Tenés que tener ganas de hacer, de responder, de comunicarte con otra gente; gente de otros lugares…”, comenta Micky. 

A fines del 2001, mientras el país explota en plena crisis económica y social, los Volstead emprenden una gesta épica: grabar su primer disco. Un amigo de la banda habilita una tarjeta de crédito y, todos los meses, los integrantes juntan peso por peso para poder pagar la deuda. El sonidista José Alarcón ofrece su estudio recién estrenado a un precio módico. Y ahí van los Volstead, en bondi, en bici o a pie; como sea, siempre para adelante: “A todos nosotros nos costaba mucho, pero, cuando tenés las ganas, tenés que hacerlo. Hubo muchos amigos que nos han ayudado bastante con la edición del disco. Habíamos sacado un préstamo y me pasó una vez que no tenía ni para el boleto para poder ir a pagarle al vago.  Me he tenido que ir caminando desde mi casa hasta el centro y desde el centro hasta la casa del vago. Teníamos para pagar el préstamo y nada más”, recuerda Nacho cómo se gestó “Después de un sueño”, el primer álbum de la banda. 

A ese disco lo continuarían el EP “Sensaciones” en 2004 y el álbum “Aquí hace tiempo/Nunca como hoy” de 2011. Los años que siguieron a la edición del primer disco llevaron a la banda por otras latitudes del país en giras donde tocaron en algunos de los lugares más emblemáticos del under porteño como Cemento y Salón Pueyrredón. Mientras el vínculo con el público tucumano se consolidaba, siempre con la autogestión como modus operandi, les tocó compartir escenario con bandas de la talla de Eterna Inocencia, Pirexia, Movil Vission, Fun People, Mal Momento, Cucsifae y Los Muertos, entre tantas otras. “Ese EP nos identifica mucho como banda y nos permitió seguir tocando. Nos sentíamos cómodos como banda, pero la gente también estaba, no nos fallaba nunca. Tocábamos como invitados en festivales grandes y capaz que al otro día tocábamos en una fecha organizada por nosotros... Nos iba de diez, pero siempre seguíamos pensando que, si no laburábamos, no funcionaba. Por ahí salíamos y volvíamos con dos publicidades y veníamos contentos. Eso nos daba pie a seguir ensayando y escribiendo canciones. El que labura, la hace. Si laburás, te va a ir bien”.  

El punk y el laburo autogestivo, dos banderas que los Volstead siempre mantienen en alto y que se conjugan en la construcción del último disco.  

 

La esencia viva del punk tucumano

“La felicidad es hacer todo lo que nos gusta. La felicidad es estar con toda mi familia. La felicidad está en lo simple de la vida”, recita al final del tema “Esencia” con voz infantil Tobías, el hijo de seis años de Gonzalo Luna, bajista de la banda. Esencia es la canción que cierra el último disco y la que le da nombre. Y es también una declaración de principios para los Volstead; una síntesis de eso que los mantiene juntos a lo largo de los años, con cambios de formación, idas y vueltas, despedidas y regresos. Ahora, cada vez que pasa frente a la vidriera de algún comercio del centro, Tobías le pregunta a su papá: “¿Acá venden mi disco?”.  Y Gonzalo se emociona cuando lo cuenta, como se emocionó hasta las lágrimas Micky la primera vez que escuchó la canción. Como se conmueven Nacho y Juancho cada vez que vuelven a oírla. En una clara muestra de que lo punk no quita lo sensible. 

“Mi hijo está muy contento, se sabe todas las canciones. La banda es algo que ha pasado de generación en generación. Yo tengo una familia de amigos. A los dos siempre les gustó la banda y se conocieron en un recital de Volstead. Ahora los dos están casados, tienen tres hijos y ellos también escuchan la banda… Es algo muy loco eso”, comenta Gonzalo que habla poco durante la entrevista. Estuvo haciendo refacciones en su casa y está fusilado, pero cada vez que menciona al disco y a su hijo los ojos le brillan con una vitalidad inusitada. 

Tobías en el estudio de grabación. 

Como aquel primer disco producido en plena crisis, este último se empezó a cocinar el año pasado en medio de la pandemia que obligó a suspender varias veces el proceso de grabación. “Teníamos fecha para entrar a grabar y justo llegó la pandemia. Hay temas que los hemos terminado en el estudio, como ‘Esencia’ que es el primer corte. Yo le decía a Micky que a esa canción no la grabemos porque la veía complicada, no me sabía el final.   Entonces Ramiro me ha dicho que la haga más rápido, yo al principio no quería, pero hemos hecho una sola toma y ha quedado hermosa. Un mes después, yo estaba afuera del estudio mientras Gonchi estaba grabando el bajo y digo: ‘¡qué tema va a ser este, chango!’. He aprendido que por ahí tenés que callarte la boca, quedarte en el molde y dejar que los vagos hagan su trabajo porque ellos hacen un laburo muy grande. Los changos le ponen muchas ganas y Ramiro se ha encariñado con todas las canciones… Me escribía un domingo y me decía: ¡eh qué disco que va a ser!”, revela Nacho. Ramiro es Ramiro Rodríguez quien estuvo a cargo de la grabación del álbum y uno de sus principales impulsores. 

En tiempos de música etérea donde los discos se distribuyen a través de las distintas plataformas virtuales, “Esencia” se destaca por su condición de disco físico y tangible que llega presentado en una caja artesanal de madera. “La idea ha sido siempre hacerlo así, físico. Nosotros somos de la vieja escuela y eso es algo inevitable. A nosotros nos gusta tener el disco y que sea algo que quede”, comenta Juancho. “Yo pensaba: lo editamos de forma física, está bien, pero vayamos un poquito más allá. Queríamos que el disco tenga valor, más siendo físico, que ya es algo muy difícil. Entonces vi unos laburos artesanales que están buenísimos y ahí empecé a flashear lo de la caja”, cuenta Micky quien aclara: “Igual, lo importante es lo que está adentro”. El disco también está disponible para escuchar en Spotify. 

- ¿Qué significa para ustedes el disco?

- Todo, chabón.  Personalmente es mucho porque, por ahí, vos venís en dos ruedas y un disco te recontra levanta. Cuando hemos entrado a grabar estábamos contentísimos. Es algo que te cambia el día y te cambia el ánimo. Imaginate cuando vos ya tenés el resultado final… O sea, cuando llegó el disco a nuestras manos. Lo tenés y decís: Bueno, acá están toda tu idea, toda tu frustración…Cuando querías tirar todo a la mierda... Bueno, acá está todo eso ¿me entendés? Listo, ya está. Lo tengo y lo comparto con todos – contesta Micky sin ocultar su entusiasmo.

- Pasa que también es un conjunto de cosas que son muy personales. Es muy fuerte decir a esto lo he hecho yo y sabés que está todo ahí. Es un cofre donde vos tenés guardado un montón de cosas, yo lo veo así – define Juancho. 

- ¿Por qué el punk?

- Cuando empezamos teníamos todo en contra: aparte de la plata, los equipos... todo. Yo siempre he pensado que cuando una persona dice que lo quiere hacer, lo va a poder hacer. A la larga, este estilo siempre nos ha devuelto todo lo que uno da – reflexiona Nacho.

- De por sí esto es algo que uno lo mama, lo ama y logró hacerlo. La cuestión central es poder decir: para esto no hay edad, uno sólo disfruta el momento y listo. Quizás algún día llegue el momento en que no pueda hacerlo más, pero este es el momento de disfrutarlo y de hacerlo – sentencia Juancho. 

- Por la música más que nada porque es simple, directa y siempre he pensado que con poco se puede decir mucho ¿me entendés? una música simple, pero que te permite decir muchísimas cosas. A mí me llega, esa es la verdad – comenta Micky. 

Más de 20 años de punk y una esencia que no caduca con el paso del tiempo y se mantiene más vigente que nunca.  

Escuchá Esencia de Volstead: