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Ponce, el goleador decano que no perdonaba

Ni Maradona ni Messi

Trabajaba en una carnicería cuando Atlético lo compró por cien pesos. Oscar Luis Ponce fue un artillero con alma de potrero que llegó a hacer quince goles en tres partidos en la década del sesenta. El recuerdo de aquellos años de gloria: “Lito Espeche era tan bueno como Messi”

Oscar Luis Ponce, un crack de los de antes. Fotos: Nicolás Borojovich.





Ahora es un jubilado de 81 años bailando en la zona de quinchos de la Bombonera. Camisa a cuadros, pantalón de vestir y zapatillas. Sombrero breve. Hombre de fina estampa, esbelto, cara triangular como un Modigliani tanguero. La colonia de vacaciones de PAMI quema sus últimas horas y lo celebra con una pequeña fiesta. 

Él la aprovecha tirando algunos pasitos con su esposa Edith, pero su talento mayor era otro. Cuando la fiesta termina y el verano comienza a ser un recuerdo, Oscar Luis Ponce vuelve a su casa en Villa Crespo, a pocas cuadras de la cancha de Atlanta. Antes, un fotógrafo se acerca para retratarlo; él quizá recuerda otros flashes, pero dentro de una cancha y no en una pista de baile improvisada.  Y le dice al tipo de la cámara: “Yo jugué en Atlético Tucumán. Hice 15 goles en tres partidos en el 61. Ni Maradona ni Messi pueden decir lo mismo...”.

En estos tiempos de vacas flacas del decano, algún viejo plateísta podría evocar esos tiempos gloriosos. “El que no perdonaba era Ponce”, diría ante una definición torpe de un delantero actual. Y pese a la mirada condescendiente de los más pibes, el viejo socio tendría razón.

Ponce, a pleno baile a sus 81 años. Fotos: Nicolás Borojovich.

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Ahora Ponce es un chico que juega al fútbol descalzo en la calle Alberti, muy cerca de la escuela Patricias Argentinas. La pelota era cosa seria en la familia porque su papá, Lindor Ponce, había jugado en la década del 30 en el decano y ahora se ganaba la vida como inspector de la municipalidad.

En la Tucumán de mediados de los 40, cualquier calle servía de potrero y los autos todavía eran una rareza. “El único que tenía uno en el barrio era El Turco Ale, de la carnicería”, rememora. La primera competencia -la vez que Ponce dejó de jugar descalzo y con pelota de goma para disputar un partido “en serio”- fue en los Juegos Evita a finales de la década cuando tenía nueve años. Su equipo, formado por chicos del barrio, se llamaba Defensores de Barrio El Bosque. Jugaron tres partidos. Quedaron afuera contra Atlético en cancha del decano.

En una mañana otoñal, el hombre comienza a descorchar recuerdos mientras su mujer mira tele en otra habitación. Lo acompaña un cuaderno con recortes y un libro de personalidades tucumanas en la que aparece junto a otros próceres del deporte, como Hugo Ginel, el ex jugador de Atlético que compitió en los Juegos Olímpicos de 1960, José Rafael Albrecht, integrante de la selección, y José Demetrio Solórzano.

- Tu papá jugó en Atlético, ¿por qué comenzaste en Tucumán Central?

- ¡Porque me llevó Tito Segura! Un día salgo a jugar con mis amigos a la calle y me pareció raro no encontrar a nadie. Me quedé esperándolos en la Mate de Luna y de repente pasa él, que era capitán de la sexta de Tucumán Central. Fui a entrenar porque él me invitó y después le dijeron: “Traelo al flaquito”. Jugué el primer partido en la sexta. Cuando entré, perdíamos 2 a 0. La primera que agarro me hacen penal. Terminamos ganando 4 a 3 y yo hice tres goles. Siempre jugué de diez y soy derecho. Cuando terminé, me dijeron: “Vení, quieren hablar con vos. Era el presidente del club.

Ahora Ponce es un chico de 15 años adentro del auto del presidente del club. Lo lleva a un bar de la avenida Alem y le piden un café con leche. Después parten a la que en ese entonces se llamaba Federación Tucumana de Fútbol. Lo hacen firmar un papel y se convierte en jugador de Tucumán Central. Le dan diez pesos, “que es como si fuesen cien mil de los de ahora”.

El señor del auto lo dejó en la puerta de su casa. Su mamá lo puteó por ausencia sin aviso. Dijo el consabido “cuando vuelva tu padre...”. Claro que el sermón quedó trunco cuando Luis mostró los diez pesos. Pasó rápidamente a la quinta, donde salió goleador. Debutó en primera contra All Boys en cancha de Argentinos del Norte. Cuenta que sus goles no evitaron que Tucumán Central se fuera al descenso en el 58.

 

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Ahora Ponce es un jugador buscado por los grandes clubes tucumanos, pero él habla con liviandad de todo. Mientras Atlético requería sus servicios, él se entretenía jugando también al básquet en Villa Luján. En uno de esos partidos, alguien se acercó a la cancha y le dijo: “Che, te están buscando unos dirigentes de fútbol...” De vuelta un auto a la federación. De nuevo una firma sin posibilidad de preguntar demasiado ninguna cifra. En la federación alguien quiso saber el linaje del goleador:

- ¿Usted qué es de Lindor Ponce?

- Hijo.

- Ah, con razón. Lo vamos a tener en Atlético. Lo hemos comprado.

Ahora cuesta imaginar un fútbol así, casi amateur, en el que se entrenaba dos veces por semana y se jugaba sólo los domingos. Ponce resume bien esos años.

- ¿Nunca te dijeron por cuánto te compraron?

- Nunca me dijeron ni una cifra ni nada por el estilo. Como que uno era una prenda. Se vende acá y listo. Nadie te decía tampoco ni cuánto ibas a ganar. No había sueldo. No había premio. Ni nada. Era algo que sucedía. Si le ganábamos a San Martín, te daban ocho o diez pesos. Todo amateur, pero las entradas se cobraban eh. Era todo por el honor. 

- Cuánto te dieron por el pase? 

- Cien pesos. Era una barbaridad. No había billetes de cien. En ese momento, mi tío tenía una carnicería en el Mercado del Norte y yo trabajaba desarmando la media res.


Ahora Ponce es un hombre que conoce la gloria. Está en el momento justo en el equipo más ganador de la provincia en una de sus décadas gloriosas. En la década del 60, Atlético salió campeón durante ocho años consecutivos -en ese momento, los torneos se llamaban Honor y Anual-, cinco de los cuales lo tuvo a Ponce en el primer equipo. Salió goleador del equipo en varias oportunidades y en uno fue el máximo anotador del torneo. El apellido estaba en boca de los hinchas decanos no sólo por Luis sino también por el arquero Roberto Ponce y el cinco: Isidro Ponce. Ahí se codeó con grandes. Uno de ellos era Hugo Ginel, que según Luis era “tan bueno como (Silvio) Marzolini” y a quien “nunca vi hacer un foul para quitar la pelota”.

Ginel recuerda bien a aquel viejo compañero, con olfato goleador, buena pegada y un cabezazo demoledor. “Llegó a Atlético desde Tucumán Central, que producía jugadores para los grandes. El ‘Flaco’ era un diez de los de antes. En aquellos años, el diez no era habilidoso ni armador: iba bien de punta arriba, como Labruna en River y Sarlanga en Boca. Era un jodón de primera y vivía alegremente. Hablo de la joda sana, del chiste, del truco… Si hubiera sido más responsable, quizás llegaba un escalón más”, dice. 

Pregunta dónde está radicado porque “se fue a Mendoza y desapareció de Tucumán...” y destaca su valentía para los partidos jodidos. “Era de esos diez que le tirabas un pase y seguro llegaba. Estaba presente. No se achicaba nunca. ¿Y viste la pinta que tenía? Estaba más para el celuloide que para el fútbol”.

En esos años en los que Ginel y Ponce eran protagonistas, se jugaba cada tanto un Campeonato Argentino de Fútbol, con selecciones provinciales. Ponce era número fijo. Recuerda un 8-3 contra Catamarca, con cinco goles suyos. Otro amistoso con el Ingenio Ledesma, en el que marcó dos goles. Y, finalmente, un 9-2 contra Jujuy, con nada menos que siete goles. “Yo hacía los goles pero no los contaba”, dice. Ese día, Ginel me dijo: “Pelota que agarrabas dentro del área era gol...”. Hasta se dio el gusto, recuerda, de jugar unos minutos en el mítico partido que Pelé disputó con el Santos frente a un combinado tucumano en 1963.


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Ahora el nombre de Ponce trascendió las fronteras de Tucumán. “Velocidad, hábil para tomar los claros, potencia para ir a los saltos y colocar los frentazos, sorpresa para definir. Todas esas son sus cualidades”, dice un diario de la época, que guarda en una carpetita. Con el préstamo de su pase a Maipú de Mendoza llegó el primer club que le pagó una casa y un sueldo. Y en esa provincia conoció a su mujer, con la que tuvo cuatro hijos, que le dieron siete nietos.

Luego fue el turno de Godoy Cruz, Deportivo Guaymallén, nuevamente Maipú y, finalmente, Villa Mitre en Tucumán. El largo paso por Mendoza no cambió su preferencia por los colores. Cuando le preguntan de qué club es hincha responde con el binomio que usan muchos tucumanos: un club local y uno de Buenos Aires. En su caso, Atlético y Boca. Ponce ve fútbol seguido. “Aunque a ella no le gusta...” susurra señalando con la cabeza a la mujer. Y es palabra autorizada para hablar de aquel fútbol, de éste, de las diferencias y del presente de su Atlético.

- Además de la cuestión del profesionalismo y del dinero en juego, ¿qué diferencias encontrás en el juego con el que se practica hoy?

- Hoy noto menos calidad en los jugadores. Hay pocos que saben cabecear o lo hacen, pero sin ninguna dirección. Con los pies igual. Ahora es menos técnico y más físico.

- ¿Seguís la campaña de Atlético?

- Sí, la sigo un poco.

- ¿Qué te parece?

- El técnico no sé quién es. ¿Pusineri, no?

- Sí.

- ¿Qué se puede decir de Pusineri? No sé qué tal es como técnico, pero como jugador era de mediocre para abajo. Pero al margen de él, no lo veo bien al jugador de Atlético, como no lo veo bien al de Boca eh. Hay jugadores que no saben parar la pelota. Quieren dar un pase y la tiran a cualquier parte. ¿Observaste eso?

- Sí, a veces pasa.

- En Atlético no paran de traer gente de afuera. Pero no salen jugadores como Hugo Ginel, Pepe Solórzano o el “Atrevido” Medina. Falta un aprendizaje con la pelota; no saben cómo pegarle en ciertas circunstancias ni adónde mandarla. 

Ahora Ponce es un hombre que vuelve a Barrio El Bosque. Antes cuenta que llegó a Buenos Aires por un trabajo como encargado de edificio, en el que se jubiló. Vuelve con los ojos claros brillosos, con esos ojazos de galán de cine. Siente que aquellas armas de aquel fútbol sirven para analizar esta guerra de patrocinios, pases millonarios y, finalmente, juego. Su mujer le trae agua y lanza la ironía “si hablás tanto se te va a secar la boca...” Está a gusto descorchando esos recuerdos.

- Me quedé pensando en lo que dijiste hace un rato: los jugadores de ahora no saben cabecear. ¿A qué lo atribuís?

- ¿Por qué pensás vos que pasa eso?

- No lo sé. Dicen que vos cabeceabas muy bien.

- ¡Porque jugaba a la cabecita todos los días en la calle! ¿Viste a alguien ahora en la vereda? Yo me pasaba horas y horas ahí en la Mendoza y Alberti frente al vivero. Hay menos calidad porque no hay potrero. Ésta es una ciudad con muchos vehículos. Se terminaron los partidos que jugábamos en la calle de tierra. Todo eso se hace perdido. No lo veo.

- Mi viejo dice que “Lito” Espeche fue lo más crack que vio en su vida. ¿Exagera?

- Era tan bueno como Messi. 

- ¿Tanto?

- Messi juega para él. ¿No te diste cuenta? Agarra la pelota y comienza a gambetear. La pasa sólo cuando hay un obstáculo difícil. Sólo hay una diferencia entre los dos jugadores.

- ¿Cuál?

- “Lito” no hacía tantos goles, pero jugaba para todos.

Fotos: Nicolás Borojovich