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"Soy un arquitecto de la noche": Un viaje a la intimidad de El Barba, el creador de la Bailunga 

HISTORIAS DE ACÁ

Controvertido y enigmático, Cristian Ledesma es un DJ y productor musical que plasma el espíritu del desmadre como nadie. Una charla a corazón abierto, desde sus inicios como diseñador gráfico hasta sus singulares incursiones en el arte, la música y sus ácidas críticas hacia la sociedad tucumana. 

El Barba.





El desmadre en Tucumán tiene nombre, apellido y una edad que no parece. Con el paso del tiempo, Cristian Ledesma, dejó de conocerse como tal y se transformó en aquella atípica figura de El Barba, un verdadero bang creativo del diseño gráfico, la música y el prisma de la noche. 

Cerca de ser un abrumador de muchos matices que no da descanso a esa chispa que lleva dentro, El Barba tiene la teoría que luce joven porque hace lo que quiere y reniega lo justo y necesario. Soltero porque le cabe la soledad y para él, las compañías simplemente son pasajeras, dedica su vida a derribar cada pared que se le encima con tal de llegar a lo que quiere. De paso, hace ruido, molesta y trae bullicio a la ciudad.

“Soy diseñador gráfico, es con lo que arranqué, pero me considero una persona muy autodidacta y siempre tratando de buscar soluciones a lo que no sé. Creo que hoy por hoy, todo lo que sé que me sirvió para hacer guita, lo aprendí en YouTube. Me parece muy pajero que a estas alturas se pague por aprender algo que está en Internet. Es una falta de curiosidad total. Yo voy sobre la marcha, si tengo alguna duda trato de resolverla, pero tampoco profundizo mucho porque de lo contrario, me pongo muy manija sobre ese tema y pierdo tiempo y yo necesito ser práctico”. 

Con 42 años que ni pinta y una virtuosa forma para ver y hacer negocios, El Barba logró crear una fiesta para los inadaptados, los raros, los que llevan adelante el ejercicio de mostrarse tal y como son sin importar lo que digan, piensen o hagan. En una acotada, pero religiosa definición, Bailunga 381 es eso, una construcción social, un “lugar de expresividad”, una arenga contra el conservadurismo. 

Es cierto que nadie se debería atrever a contradecir a Cerati: “Buenos Aires es la verdadera ciudad de la furia”, pero que me perdonen los porteños si pongo el pecho a la bala al mencionar que Tucumán arde en llamas cuando Bailunga se pone de la cabeza. 

Buscando hilar los hechos, para Cristian, el Pasaje B. Irigoyen 724, es un lugar histórico. Mucho antes del apogeo de este fiestón, la idea de crear algo grande y único nació en una casa ubicada en esa dirección.Empezó siendo una pequeña fiesta privada en el patio de mi casa, con 30 personas, pero luego el número se extendió a 100 personas, por darte un ejemplo, y ya no conocía a nadie. De un momento para el otro me dije ‘bueno, esto ya está desbordado, tengo que buscar un lugar más grande y así fue’. Te estoy hablando entre el año 2010 y 2011”. 

Si bien, El Barba siempre estuvo relacionado con la música, dado que mucho antes de incursionar en esta fiesta pasó por varias bandas de rock e indie, él reconoce que no se identifica con un solo género musical, sino que más bien va “mutando” a medida que pasa el tiempo. Quizás por esto podemos definir que llegar a las puertas de Bailunga es entrar a un mundo donde vas a poder escuchar de todo. Este DJ atraca de la forma más desmedida. Pasa de la cumbia al reggaetón, en cuestión de segundos, luego abre paso al dembow y de la nada te puede inyectar de un solo golpe, trap, electrónica, y algún hitazo de pop de los 90 o 2000.

Para profundizar en él, tengo que destacar que me brindó un título de ante mano cuando comencé la entrevista. Sin timidez alguna me dijo: “Soy un arquitecto de la noche” y se rio. Qué más da, puede sonar un poco subido de tono, pero si echamos una ojeada a su vida, encontraremos un hombre cuyo caso de inquietud nunca se transformó en reproche ni cuestionamiento, sino en un motor que lo impulsó a formular ideas locas, a cruzar algunas fronteras y a romper con ciertas estructuras. “No soy una persona careta, si esto pinta piola, voy y lo hago, sino no le paso cabida. Siempre toqué lo que me gusta y si algo no va conmigo, no lo hago. Yo sé que eso por ahí me cierra algunas puertas laborales, pero yo me puedo dar ese gusto porque yo tengo mi propia finca, yo soy mi propio jefe. Hay personas que no tienen esas chances, que tiene que adaptarse a lo que necesitan”.

Pero como todo, su vida no siempre fue una cucharada de azúcar. La remó. “Durante años trabajé en cosas que no me cabían, como agencias de diseño gráfico y trabajos de ese estilo. De hecho, llegó la chance de laburar para el estado y entré a una escuela bajo el cargo de subdelegado administrativo, me tocaba cortar el queso en la liquidación de sueldos y esas cuestiones. La verdad que, en ese sentido, me pareció un buen cambió porque era un laburo de 4 horas que luego me permitía dedicarme de lleno al tema musical, pero llegó a un punto de aburrirme y lo dejé”.

Dejando de lado esta fugaz experiencia administrativa, Cristian siempre se mostró como un tipo que torció el realismo. Acostumbrado a resolver las cosas por su cuenta, reconoce que, en el mejor sentido del término, no suelta la rienda muy fácil y hoy, el fruto de tanto esfuerzo lo ve reflejado en la devolución que hace la gente que asiste a la 381. “Yo creo que es un lugar donde la pasan bien y ya trascendió la mera cuestión musical, es un lugar de expresión y respeto. Eso es lo que la gente me transmite a mí y si vamos por una opinión personal, Bailunga es algo único, una alternativa que se encuentra al mismo o mejor nivel que cualquier otro evento de aquí”.

En este ejercicio profesional por mantener un lugar que no caiga en lo monótono, El Barba se enamoró de la idea de brindar un espacio donde se construye todo tipo de historias. “Más allá de ganar en lo económico, también se gana en albergar historias de amor, de rupturas amorosas, de grandes encuentros que terminan siendo amistad, es como una miniserie donde todo puede pasar y sorprende. Además, reconozco que existe una comunidad muy activa que va y defiende la fiesta, que invita a su gente. Nosotros crecimos así, del boca en boca, no de la publicidad ni de contratar influencer”.

Y ese fiel reflejo de altísima sensibilidad y exposición, también se encuentra el morbo. “Reconozco que hay un gran morbo de gente que no se anima a ir y conocer. Estamos en un pueblo donde son altos conservadores, así que la gente que va a Bailunga ha desbloqueado eso, que se anima más, que se expresa más en público y va perdiendo el miedo, que ya le importa un pingo lo que el otro diga. Hubo una evolución muy positiva que dispara de lo convencional, lo tradicional”.

Eso sí, asegura que existe mucha gente que no entiende la dinámica de la fiesta y el porqué de tanta simbología como la misma expresividad del arte, lo terrenal y lo mundano. Sin embargo, "renegar con los dinosaurios no tiene sentido. Hay que dejar pasar esos pensamientos arcaicos, porque son quistes para la sociedad, es perder tiempo. Te digo algo, también fui una persona que viene de esa generación radical donde tuve que quebrar muchos prejuicios para hacer lo que me gusta. Por darte un mínimo ejemplo, yo antes era un metalero y el pibe que escuchaba cumbia era un gil, era una persona que tenía menos coeficiente intelectual porque escuchaba esa música y ahora mira”. 

Tipo que no se mueve tanto a través de las pasiones ni los sentimientos, sino más bien por lo racional y lo terrenal, al consultar por su familia su respuesta fue muy escueta hasta tal punto que me costó un poco sacarle las palabras: “Vengo de un costado, cerca del cementerio del Norte. Tengo mamá, dos hermanos y dos sobrinas. Mi viejo murió durante la pandemia y a pesar de que fue un momento duro, era algo que podía pasar. En tres días, el bicho lo hizo pingo. Tenía 65 años. Agarró a toda mi familia menos a mí”.

 Y si vamos por relación, “no tengo mucho diálogo con mi familia, para ser sincero. Me llevó bien, pero no comprenden las cosas que hago. Soy el bicho raro de ahí. Antes mi vieja me jodía más con el hecho de que no tengo un laburo fijo/estable, pero creo que viene del lado generacional, no sé realmente. Creo que la gente es medio cuadrada. Me paso de irme a México por laburo, y ahí recién les cayó a la ficha que era DJ. Yo me enamoré de la cultura mexicana, fue como un viaje ‘parteagua’ donde derribe muchos más prejuicios de los que había derribado ya. Me abrió la cabeza ese lugar. No intento ser polémico, pero realmente pienso que Tucumán no es ciudad chica, sino pueblo grande y se nota por cómo la gente piensa y actúa". 

Para terminar, reconoció que en el error hay grandeza: “Amo la prueba y el error, sin eso no sería seria yo. Soy de ver el vaso medio lleno y si algo malo pasa me pregunto a mí mismo el porqué. Además, soy hermético y de pocos amigos, no dejo que cualquiera entre, me tomo mi tiempo para analizar a la gente y de ahí decido si le doy cabida o no, soy así y creo que eso está bien”.