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"¿Quiere algo para llevar, joven?": la difícil realidad de Martita, la señora del diario diario diario

historias de acá

Es una de las personas más controvertidas de nuestra sociedad: siempre con el pelo al ras, sola o acompañada por su hermana, muchos la quieren y otros no tanto. ¿Qué le pasa?

Martita.





El sol que en la foto de arriba ilumina el rostro de Martita contrasta con la lluvia fría que le cae en las noches desde hace meses. Querida por muchos y cuestionada por otros, es una de las personas más conocidas de las calles de Tucumán y es la señora que resume a una ciudad como San Miguel de Tucumán.

Martita es la señora que le contó su vida a eltucumano y fue la señora que informó a miles de tucumanos vendiéndoles La Gaceta. “¡Diariodiariodiariodiariodiario!”, fue la frase que inmortalizó a la madama de cabello cortado a máquina y anteojos.

Es la misma señora que en su momento supo que el diario de papel perdía terreno ante el deterioro de la pluma y la carencia de la palabra, ante la tapa de un diario tan vieja que envuelve los huevos que ahora compra con su hermana, la fiel compañera de pelo largo que le hace el aguante.

La plata con la que compra esos huevos envueltos en papel de diario Martita la conseguía con el dinero del Telekino que vendía en la puerta de Turismo o en las escalinatas del Subsidio. “A veces te cobra el doble, a veces se desubica la doña”, le dice a eltucumano el guardia del popular Suicidio.

De repente, ante la falta de diarios y el extraño suceso ocurrido con los telekinos y su desaparición, Martita empezó a aparecer con otro fenómeno silencioso de nuestras calles: las prepizzas en las esquinas y con la sucursal de Tribunales a cargo de la protagonista.

Pero tampoco alcanzaba con las prepizzas que alimentan a todos los estudiantes universitarios de barrio Sur que viven y vienen a vivir a Tucumán. Entonces aparece la imagen de hoy, la que resume la desidia de una ciudad abandonada como una señora sin familia en una calle sin terminar hasta hace unos días, en la calle 9 de Julio, a cuadras del ex trabajo de Alfaro, en la calle 9 de Julio, sola, a las noches frías y gélidas, con un puesto ambulante de obleas y alfajores que nadie compra: “¿Quiere algo para llevar, joven?”, pregunta al aire sin respuestas.

“Está difícil, joven. Estoy aquí hasta las nueve de la noche. Siempre trabajé. Nunca renegué. Ya vendía pocos diarios. Ahora tengo estas cosas ricas. Mire estas obleas, dos por mil”, dice Martita. Y si uno la quiere, le compra. Y si no tanto, sigue de largo. Como ahora, como en este momento, mientras la vida continúa con Martita ahí, sentada, sola con su alma y un par de obleas.