Torpedo, el bancario que dejó todo por el arte y se convirtió en el Papá Noel tucumano
Hace nueve años atrás, la vida de Torpedo Soria dio un vuelco inesperado: decidió abandonar el mundo de las finanzas para convertirse en el actor que encarna a uno de los personajes más maravillosos del mundo.
No alcanza a caminar más de treinta metros por la Moreno al 200 cuando se le arremolinan alrededor niños y adultos que quieren interactuar con él y pedirle fotos. Desde los autos que pasan le tocan bocina y le gritan de forma efusiva. Algunos se frenan en doble fila y se bajan para saludarlo y plasmar el momento. Si el poder está en que la gente te quiera como postula Juan Román Riquelme, en esta siesta húmeda y nublada de diciembre, Máximo “Torpedo” Soria es la persona más poderosa de Tucumán. Pero Torpedo ya no es Torpedo, aquel empleado bancario que hace nueve años pateó el tablero para dejar esa vida de burócrata y animarse a encarnar otros seres: un bombero, un mafioso, un hombre enamorado, un atleta, un superhéroe o este Papá Noel que conmociona a su paso las calles del microcentro de la ciudad.
Torso ancho, hombros grandes, barba profusa y calvicie incipiente. A primera vista, Máximo Soria puede ser confundido con un primera línea de algún equipo de rugby inglés o galés. Fue precisamente esa condición de hombre robusto y su parecido físico con un jugador de fútbol lo que le valió el apodo con que todos lo conocen. “Me empezaron a decir así por un jugador que solía jugar en Belgrano, en Rosario Central y en Vélez: El Torpedo Emanuel Arias. Después de una noche de copas, me fui a jugar al fútbol desvelado y me vieron un parecido a ese jugador que ya estaba en las últimas”, confiesa el actor de 40 años. Torpedo confirma esa premisa de que las primeras impresiones suelen ser erradas. Basta con hablar unos minutos con él para descubrir que, detrás de esa apariencia imponente y algo ruda, hay una persona muy sensible y amable.
Hasta hace no mucho tiempo atrás, antes de interpretar a Papá Noel y de meterse bajo la piel de diversos personajes, Torpedo se vestía de traje y corbata de lunes a viernes para contar plata y llenar planillas detrás de un escritorio. Pero había algo en esa vida convencional de empleado bancario que no terminaba de llenarlo. La epifanía llegaría en 2014, en lo que describe como una autentica debacle personal. A la derrota de la selección argentina en la final del mundial del Brasil, se sumó una serie de problemas sentimentales y de salud: “Se venía a pique mi vida… Empecé a preguntarme qué quería porque no quería estar más en ese banco. Me dije ‘esto no quiero’ y pegué una patada ahí. Después de un tiempo dando vueltas, descubrí en la actuación un lugar donde sí quiero estar y donde quiero hacer algo”.
Su incursión en las artes escénicas fue tan inesperada como intempestiva. “En esos momentos en que uno deambulaba y daba vueltas por la vida, salía mucho a caminar para bajar un poco los decibeles. Y paso por la calle Mendoza, por el Círculo de la Prensa… He visto un cartel, he visto que estaba abierto y entré. Imaginaba que había una secretaria que te inscribía, como en el colegio, pero no había nada. Empecé a caminar por el pasillo, vi una luz prendida, entré y me metí a una improvisación en una clase de Raúl Reyes, en el medio del escenario”, relata y recuerda que el dramaturgo tucumano se agarró de los pelos ante la presencia de ese extraño en escena. A los dos meses, ya estaba yendo a clases de teatro con él. Después llegaron otros maestros como Sergio “El Negro” Prina y Jo Medina y, casi sin darse cuenta, aquel burócrata del banco se transformó en un artista: “Me apasionó la actividad y, de repente, un día actuaba”.
“De la actuación lo que más me gusta es sentirme vivo; uno siente que vive cuando actúa. Más allá de cualquier situación social, política o económica que atraviesa el país o la provincia, uno se sube al escenario o se prende una cámara y dicen ‘acción’ y uno siente que está vivo. Son un montón de platitos que empiezan a dar vuelta y que uno tiene que cuidar como un malabarista. Entonces ahí siento esa chispa de vida en el pecho”, reflexiona.
“¡Jo Jo Jo!”, ríe fuerte con el pecho bien inflado justo antes de recibir el abrazo de un niño que ha corrido con los brazos abiertos hasta él. Después le preguntará si se ha portado bien ese año y si ya escribió la cartita pidiendo su regalo. A metros de la escena, la madre mira atenta y para la oreja quizás con el afán de descubrir cuál es el deseo del niño. Acaso con la preocupación lógica que atraviesan muchas familias ante una navidad plagada de incertidumbres económicas: ¿Pedirá su hijo algo fuera de su presupuesto? ¿Habrá regalos para todos? ¿Alcanzará para llevar un pan dulce y unas sidras a la mesa? Ahora, el changuito sonríe feliz y esa felicidad se contagia como por arte de magia a los adultos que lo rodean. El prodigio de encontrarse con Papá Noel en la peatonal no es cosa de todos los días.

Sentado en un bar frente a la Casa Histórica, después de haber saludado a una decena de niños y adultos, de haberse sacado un montón de fotos y de haber captado las miradas de los transeúntes que se cruzaron con él; Torpedo revelará que, de chico, la figura de Papá Noel le daba cierto miedo. Recuerda que una vez tuvo la oportunidad de conocerlo. Fue en la juguetería La Isla del Tesoro y después de hacer una larga fila junto a su mamá. Pero, cuando fue su turno de hablar con el personaje, huyó despavorido. En esa infancia en Barrio Sur, primero, y en el barrio Juan XXIII después, la llegada de la navidad era repetir la travesura de encender la pólvora de los triangulitos para que hiciera chispas y esperar con ansias los regalos, como aquel Rambo con paracaídas que tanto había deseado. Por entonces, no se le cruzaba por la cabeza estar del otro lado del mostrador; convertirse algún día en ese anciano de traje rojo y blanco que salía a repartir juguetes por todo el mundo.
La posibilidad de convertirse en Papá Noel surgió en 2018. Después de ese cambio de vida que lo llenaba de felicidad, pero que se sentía en la flacura de los bolsillos. Fue entonces que una amiga lo recomendó al dueño de una juguetería para hacer el papel de Santa Claus: “Si bien yo tenía la corporalidad de Papa Noel y tenía la barba, la tenía de mi color natural. Entonces decidí ir más allá con el personaje y probar a ver cómo quedaba la barba teñida. Un primo que es colorista la tiñó y salió bien esa vez. Desde ahí empecé a hacerlo y la verdad que es muy divertido y te da mucha satisfacción, por eso decidí hacerlo año tras año”.
“Uno dice me tiño la barba, me hago un traje, me pongo el gorro y salgo. Pero después te empezás a encontrar con muchas realidades distintas. Te encontrás con un chico que está muy bien y con otros chicos que no están bien… Por mi parte, el desafío es que la magia no se pierda, que la magia esté vigente siempre y que los chicos sean felices cuando hablan conmigo”, destaca. A pesar de ser un Papá Noel profesional, el actor busca que el personaje trascienda la faceta mercantilista y capitalista con la que carga el principal protagonista de la navidad: “Entiendo que todo es muy comercial, pero trato de no trabajar en lugares donde te cobran por las fotos, sino que el comercio se haga cargo de eso así pueda interactuar con todo el mundo sin ningún problema. Sos un personaje universal y muy querido, por eso no podés estar diciendo ‘a vos sí porque pagaste una foto’, ‘a vos no porque cuesta tantos pesos’. El desafío es ser lo más respetuoso posible con los chicos, con los padres y con todo el que quiere saludarte siempre con mucho amor. De este lado, más allá de que abajo hay un actor encarnando un personaje, se recibe muchísimo amor”.
Una de las mayores dificultades a la hora de ejercer como Papá Noel en Tucumán es el calor intenso de diciembre. El traje de alguien que viene del nevado Polo Norte no parece el más adecuado para este norte húmedo y sofocante. Pero a Torpedo eso parece no importarle demasiado, menos desde este año que cuenta con una versión ultraliviana del típico traje. Al momento de encarnar al viejo Santa, está pendiente de todos los detalles que componen al personaje: el traje, los borcegos, los anteojos y el gorro característico. La barba blanca bien acicalada y la carcajada grave siempre dispuesta.

El traje de Torpedo no es impermeable. Ni a la lluvia ni a las emociones que afloran del otro lado. Encarnando a Papá Noel, le ha tocado atravesar diferentes situaciones que lo han dejado marcado, como este deseo que una vez le transmitió una niña: “La chica, al principio, estaba distante y después se acerca al oído y me dice ‘te quiero pedir una sola cosa: verlo a mí abuelito una vez más’. Y ahí es cuando vos decís ‘ufff’ porque ahí está el peso de ser Papá Noel. Entonces me quedé, literalmente, sin palabras. Eso te pasa, pasás por situaciones de mucha felicidad a otras como esa que, por supuesto, te atraviesan y te generan una emocionalidad diferente”.
Caracterizado como Papá Noel le han tocado también algunas situaciones insólitas. Como llegar tarde al brindis familiar por responder las demandas de su público: “Una vez, eran las 1:30 del 25 y mi papá me pide que le compre una bolsa de hielo. Yo estaba con el traje y le dije: ‘es como que le pidas a Diego Armando Maradona que salga a comprar hielo un día como hoy’. Él me decía ‘¿pero de qué me estás hablando?’. Bueno, dicho y hecho: voy a un drugstore que está en la Italia y avenida América. Compro la bolsa de hielo y unos chicos que estaban al frente me empezaron a gritar ¡Papá Noel! ¡Papá Noel!, me crucé y empezaron a llegar más niños, vecinos y paraba gente que paraba en el auto para sacarse fotos. Cuando llegué con la bolsa de hielo, por supuesto que era agua pura y encima tuve el reproche de mi padre porque el hielo ya estaba derretido”.
Aunque siempre es el encargado de volver realidad deseos ajenos, el Papá Noel tucumano también tiene los propios para esta navidad: “Pediría paz, ahora más que nunca. Pediría que no escaseen los alimentos. Pediría que las redes que tejen las artes, que hacen que los humanos convivan, crezcan y sean más grandes y mucho más fuertes… que nos den muchas fuerzas también”.
Mirá el video del Papá Noel tucumano:








