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De halcones y palomas: colombófilos tucumanos amenazados por la ley de Sturzenegger

Motosierra aviar

En medio del campeonato anual, los colombófilos tucumanos reniegan de las intenciones que tiene el gobierno al derogar la ley que los regula a través de la ley de hojarascas. Un viaje al mundo de las carreras de palomas mensajeras y su reclamo contra el flamante ministro.

Juan José Majoli cuidando sus palomas. Fotos: Leopoldo Silva





“Nuestra agenda legislativa se retomará con la ley hojarasca: leyes obsoletas que representan riesgos a la libertad económica, trabas, o son simplemente obsoletas, como las que regulan las carreras de palomas”,  estás palabras del nuevo ministro de Desregulación y Transformación del Estado  Federico Sturzenegger causaron -y en este caso valga la analogía- muchísimo revuelo entre los criadores de palomas mensajeras tucumanos durante esta semana. Es que el encargado de la reestructuración y el achicamiento del estado desfiló por distintos medios nacionales mencionando a los criadores de palomas como ejemplo de aquellas leyes que debían ser derogadas.  

Esos dichos del ministro despertaron mucho enojo en la Federación Colombófila Argentina (FECOAR) y todo terminó con la presentación de un recurso en el Comité Olímpico Argentino (COA) y una propuesta de reunión con el titular de Deportes, Daniel Scioli.

Los colombófilos tucumanos se sumaron a los reclamos de la Federación Argentina: afirman que la que los regula no es una ley vieja ni obsoleta como dice Sturzenegger. Que es una ley promulgada en el 2015 y que la actividad no le genera ningún gasto al Estado, ni un centavo. Que simplemente los reconoce como tales y les permite realizar su actividad en el marco de la ley.

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La habilidad de cazar presas al vuelo ha hecho de los halcones los depredadores más temidos de todo el cielo. Sobre todo por la manera de clavar sus garras, cuchillos impiadosos, que atraviesan cualquier hueso. Esa, la habilidad furibunda de cazar en pleno vuelo y de imprevisto, es lo que los diferencia del resto de las aves rapaces.

En la punta de la cúspide, entre las presas favoritas de los halcones, están las palomas: por su peso y tamaño son las elegidas para cazarlas en el aire, desplumarlas a picotazos violentos en el suelo y después comerlas. Todo esto, desde que las cazan en el cielo hasta que hacen provechito y dejan solo sus huesos, les lleva entre diez y quince minutos.

Aunque, como en todo, existe un talón de Aquiles, en este caso un tipo particular de palomas -las mensajeras- que son mucho más difíciles de cazar para los halcones.

Entonces pasa que una tarde como cualquier otra halcones confiados ven palomas a lo lejos. Las divisan volando y se relamen las garras. Creen que será un trámite, una como tantas veces que han cazado aves de ese tamaño. Pero en el aire algo sucede algo. Y lo que sigue se le parece más a la persecución de un grupo de aviones caza en la Segunda Guerra Mundial. El cielo se convierte en un mismísimo campo de batalla, pero el paisaje no es el de la campiña francesa, es en cambio, alguna parcela inhabitada de Santiago del Estero. El instinto de supervivencia se activa y las mensajeras sorprenden a los halcones con sus movimientos precisos y veloces. Son escurridizas. Rapidísimas. Giran, se lanzan en caída libre, después suben. 

Vuelan por su vida.

Desconcertados, lo que no saben los halcones es que en tierra firme hay un grupo de hombres, en su mayoría jubilados, que han cultivado una extraña pasión: ellos crían, reproducen y entrenan palomas de una raza particular, una que tiene la extraña capacidad de regresar siempre al palomar donde han nacido. Esta capacidad, que se debe a las magnetitas que llevan en el cerebro, las convierte en verdaderas brújulas con alas. Además de brújulas, un riguroso entrenamiento de dos horas por día y una alimentación balanceada con semillas seleccionadas más una batería de vitaminas, las convierten en atletas olímpicas del viento.

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Recuerdo la primera vez que escuché acerca de palomas mensajeras, esa claridad de la memoria suele ser un indicio a prestarle atención: era el tío Daniel, el primo de mi viejo al que veía con suerte una vez por año. Estábamos de sobremesa en un asado y por alguna razón empezó a contar que él, de joven, había criado palomas mensajeras, que había ganado algunas carreras importantes y que a su palomar lo había construido en el fondo de su antigua casa:

–Algunos piensan que las palomas mensajeras van y vienen con mensajes– dijo y tomó un trago de vino —te decían ehh mándame un mensaje con la paloma. No tenían idea, no es así. Las palomas mensajeras tienen la característica que vuelven al palomar al que fueron criadas, las podés llevar en una jaula a Buenos Aires, Córdoba, donde quieras y ellas vuelven volando solitas. Hay carreras larguísimas, asociaciones, campeonatos en toda Argentina.  Los belgas son los mejores en la materia, ahí está la Premier League de esto. Argentina tiene tradición y buenos ejemplares.

Yo me incluía en ese grupo, en el que no tenía ni idea que eso era considerado un deporte, menos que existía una ley en nuestro país que los protegía y que en Tucumán en los años ochenta las bandadas de mensajeras se mezclaban en el cielo de los barrios de la capital, década en la que hubo más de cuarenta palomares en la provincia. Tampoco sabía que aquellos enigmáticos criadores todavía seguían haciendo lo suyo y que, semana a semana, competían.

Debió haber algo en la forma de narrar de mi tío que a la distancia recuerdo, debió ser la emoción con la que describió el momento en el que el criador ve llegar de la carrera a la paloma que ha criado de pichón. Ese enigma con alas que atravesó cientos de kilómetros y llega desesperado. Al fin y al cabo, la historia del eterno retorno.


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Las tiradas de las distintas fechas del torneo tucumano son casi siempre en la línea que sigue al antiguo ferrocarril Mitre que conecta Tucumán con Buenos Aires. A las palomas, por las características geográficas, les queda más cómoda esa ubicación y es una tradición, ya que antes las mandaban en tren desde la estación central de la calle Corrientes en un vagón hasta su destino donde un trabajador ferroviario les abría las jaulas para que regresen a nuestra provincia. Hoy eso se reemplazó, tienen un camión especial con un chofer que las transporta hasta los puntos de suelta.

Colombófilo dícese de quien se dedica a la cría y reproducción de palomas mensajeras. En este caso, con fines de competencias de carreras de velocidad y distancia. El inicio de la Sociedad Colombófila tucumana data del año 1938 y todavía quedan diez activos, la sede sigue estando en la calle Santiago del Estero al 600 y el actual presidente es Raúl Eduardo Olivera, segunda generación de criadores en su familia. Algo común, el gusto por la cría de palomas pasa como mandato divino de generación en generación. El palomar más antiguo en Tucumán es Urpillay de José Luis Espósito, tercera generación. Aunque también, cada tanto, hay novedades: Huang Guo, de China, llegó hace dos años a la provincia, consiguió palomas y al tiempo se sumó al grupo. El asiático cursa su segundo campeonato y su palomar, a pocas cuadras de la avenida Aconquija, fue el último en registrarse en la Asociación Tucumana. 

Juan José Majolli, contador ya jubilado (aunque tesorero de la Asociación), tiene uno de los mejores palomares de todo el norte argentino. Un palomar de élite con más de doscientas palomas emplazado en su jardín, atrás de la pileta, en el Barrio Viajantes, a unas cuadras de lo de Huang Guo.

Todas las mensajeras llevan un anillo con un número que es único. Es su DNI y están registradas en la Federación Argentina.

Del calendario deportivo de dieciocho carreras, se van disputando cuatro: una ganó el palomar de Jorge Pacio, otra el de José Luis Parellada y las dos restantes el palomar Boncizo de Majolli.

Fue mientras afinaba el entrenamiento de sus aves para la próxima carrera que Majolli se enteró de todo el revuelo que causó en los medios las declaraciones del nuevo ministro Federico Sturzenegger. 

Justo que con sus dos triunfos va puntero, la situación se pone compleja, pero él hace hincapié que esta disciplina no genera ningún costo para el Estado, en absoluto. Se pregunta por qué este ensañamiento con la ley que los regula. 

En la provincia, hay dos mil palomas mensajeras. Es una disciplina que requiere mucho tiempo, sus dueños pasan horas y horas al día alimentando, entrenando, observando las aves.

Los criadores se mantienen alerta. En temporada de carreras no hay mucho tiempo para otras cuestiones, deben estar atentos a los vientos, a las lluvias. Ahora se preparan para la quinta fecha que se realizará este domingo. La largada será en Arraga, Santiago del Estero, a 190 kilómetros de nuestra capital. Los diez en competencia estarán en sus palomares esperando que las suyas lleguen. Como en toda suelta siempre llegan menos de las que se han enviado (cada colombófilo puede mandar hasta veinte por carrera) algunas se pierden y otras, quizá, son cazadas por algún halcón que las agarró cansadas. 

Un palomar es una estructura de metal, varias jaulas de casi dos metros de altura. Un pasillo recorre las jaulas y al final hay una habitación con tachos de maíz, un botiquín y papeles

Sus criadores miran el cielo esperando ver un punto con alas que se abalance en caída libre. Algunos, como Majolli, al intuir ver algo en el cielo lanzan un silbido al mismísimo cielo; un sonido cómplice que solo él y ellas conocen.

–Nos imaginamos seguir con esto hasta que nuestras fuerzas nos dejen. Queremos hacerlo como siempre lo hicimos. Como lo hizo nuestro último presidente don Hugo Ernesto Del Frari, dice Majolli y continua –Hugo falleció este año a los noventa años y cuidó sus palomas hasta literalmente el último día, incluso siendo el último campeón de nuestra Asociación en el año 2023, es nuestro vigente campeón. 

Hay algo, una especie de mandato, o simplemente el deseo inquebrantable en la forma decidida de plantear el tema. Criarlas hasta el último día, ese es el legado al que Majoli se refiere y que Hugo del Frari les ha dejado a todos. Por el momento, es Majolli quien sigue cuidando y alimentando las palomas de su difunto amigo.

Hugo del Frari, histórico colombófilo tucumano durante una suelta. Fallecido este año a los noventa años, es el vigente Campeón Tucumano.