Amor, contención y perseverancia: la gran labor de las madres en la lucha contra las drogas en Costanera Norte
El grupo Ganas de Vivir, junto al Centro de Prevención de Adicciones, cocinan cada martes para los chicos que se encuentran con consumo problemático. Los logros, lo que hace falta y las proyecciones a futuro.
La Cipri. (Foto: eltucumano).-
El olor a salsa impregna la cocina del CEPLA (Centro de Prevención para las Adicciones) en Costanera Norte. Afuera está helando, pero dentro de las cuatro paredes que forman la cocina cuatro mujeres se encargan de mantener el fuego prendido: temprano amasaron pan y, ahora, a las cuatro y media de la tarde, revuelven una olla con capacidad para 135 platos, porciones que se acabaran en menos de una hora.
“Es un comedor para chicos adictos, pero hay tanta necesidad que les damos también a los niños y al que venga a pedir”, nos cuenta Cipri, una de las cocineras que se pone al hombro el proyecto. La Cipri es madre de seis hijos, hace dos años atrás su familia sufrió una gran pérdida: su marido falleció luego de caer en una depresión como consecuencia de ver el efecto de las drogas en sus hijos: “Cuando vio que sus hijos estaban en adicción entró en depresión hasta perder su vida”, cuenta. La lucha contra este flagelo es para Cipri algo serio, y es por eso que cada martes está al pie del cañón para cocinarle a los más de 100 chicos con consumo problemático que van en búsqueda de un plato de comida: “La idea es que entren, que sepan que este lugar es de ellos no solamente para comer, que sepan que hay alguien que se preocupa por ellos”. Este año Cipri asegura que aumentó el número de chicos, que también ingresaron mujeres y que van no solo chicos de La Costanera, sino también de lugares aledaños como Alderetes.
La Cipri tiene una mirada penetrante, escucha con atención las preguntas y su cara se torna dulce y sincera al responder. Su sonrisa no se apaga incluso al desnudar el dolor que le produce el barrio. Esperanza es la palabra que acompaña a esta mujer de 59 años y cuyo verdadero nombre es Mercedes, pero nadie en el barrio la nombra así. “Todos los chicos que ven aquí son chicos recuperados, que han dejado el consumo, los problemas familiares y se han agrupado aquí”, afirma con absoluta convicción. Velar por la salud y la seguridad del barrio es la tarea que Cipri ha encomendado a su vida.
Las mujeres están en la cocina aproximadamente desde las tres de la tarde, el trabajo es colaborativo y allí se acompañan en la lucha por mejorar la vida de sus hijos. Elsa Ledesma está desde los inicios del grupo Ganas de Vivir, génesis de la lucha contra el hambre y las drogas, grupo que existió cuando ese edificio allí era inimaginable y tenían que rotar casa por casa para cocinar. Elsa tiene muchos años, experiencia y sabiduría en su cuerpo y en su mente, mira al suelo cuando habla y su voz apenas se escucha. La emoción se hace presente en su voz cuando cuenta la lucha de la comunidad para que el CEPLA sea una realidad: “Hemos salido en la tele, hemos tirado huevos en Casa de Gobierno, hemos cocinado en la calle, en la cancha, de todo hemos hecho para que esto exista”, cuenta y revela: “Era un momento donde había suicidios todos los días, los chicos se colgaban a causa de la adicción”.
Los hijos de Elsa ya son adultos, los crió con amor y gracias a su trabajo de cartonera. Ahora a Elsa le toca velar por la salud y la seguridad de sus nietas, y es por eso que con gran convicción asiste cada martes al comedor. Ella sostiene que ya entraron en la adolescencia y teme que empiecen a consumir, como abuela las acompaña tanto a la entrada como a la salida del colegio. A Elsa le duele la realidad que sus ojos ven y por eso ayuda desde hace doce años en el grupo Ganas de Vivir: “Ellos no tienen la culpa, a nadie le gusta y a las madres les duele”, asegura mientras cuenta la violencia policial y social que sufren “los chicos que están en las esquinas”. “Muchos chicos se han recuperado y están trabajando, incluso acá en el sector. Nadie cría un hijo drogado, pero así está el destino”, dice conmovida y agrega: “Me gusta venir aquí porque es una contención”.
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A las cinco y media está la comida, hay fideos con salsa, repite Emilio Mustafá cada media cuadra ante cada niño, joven y adulto que al verlo caminar exclaman ¡Eh Emilio, qué hay hoy! Desde la ruta hasta el CEPLA hay aproximadamente 500 metros, Emilio y Víctor esperan y escoltan a eltucumano por las calles y callejones del barrio. El cielo está gris y hace un frío que te cala los huesos.
El edificio del CEPLA es grande, su color blanco y las verjas que lo protegen resaltan y contrastan con la cuadra, al frente las casas son protegidas de la intemperie por plásticos, chapas y cartones. Cuando llegamos, unas niñas salen a nuestro encuentro y con curiosidad desean saber qué hacemos ahí y si acaso tenemos alguna novedad sobre Javier Milei, el presidente de la nación. Milei estuvo en nuestra provincia durante la víspera del Día de la Independencia y firmó, junto a gobernadores, el Pacto de Mayo en la Casa Histórica. A la madrugada se fue.
Las niñas no son las únicas que preguntan por el presidente. Mariano está sentado solo en una mesa de la cocina mientras come los fideos con salsa. Cuando se percata de nuestra presencia lo primero que hace es preguntarnos por la visita de Milei a nuestra provincia, quiere saber si ha anunciado medidas beneficiosas para Tucumán. Ante la decepción de la respuesta, Mariano me cuenta que tiene 29 años y ha perdido todo por la droga, lo material, pero también lo que más ama: su mujer y sus hijos. “Quiero dejar, pero no puedo, dejo unos meses y vuelvo”, me dice mirándome a los ojos. Después de perderlo todo, Mariano vive en una choza construida por su padre, el calor del comedor es su único resguardo del frío: “No se lo deseo ni a mi peor enemigo”, sentencia.

“Pido ayuda porque ahora estamos cocinando con una rifa que hemos hecho el grupo, porque a veces no nos mandan la verdura fresca, no sé qué pasa que no están llegando las cosas y con qué cara le decimos a los chicos que no hay comida. A veces recibimos donaciones de comida y ropa, pero ahora no estamos recibiendo nada, es como si se hubieran olvidado de nosotros”, dice la Cipri ante el duro momento que viven los comedores en Tucumán y el país. Alimentar a más de 100 personas una vez a la semana se ha vuelto una odisea: “Hay momentos en los que siento bronca, porque en vez de ver mejoras vamos en peor porque no hay trabajo, se perdieron los planes, la verdura y la carne están caras. Toda la vida he sido una madre que le gusta salir adelante, así que ahora estoy al servicio”, agrega. Hace dos meses atrás se descubrió que galpones pertenecientes al ministerio de Capital Humano de la Nación acumulaban toneladas de alimentos sin repartir. Mientras, las niñas y Mariano preguntan por Milei y la Cipri por qué dejó de llegarles alimentos al comedor.
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Un estado presente en Costanera Norte es imprescindible. No solo por los comedores que aseguran que se consuma carne al menos una vez a la semana, sino para que el narcotráfico no avance más. “Hay un discurso nacional muy fuerte que plantea retirar el estado, si nosotros llegamos a retirar el estado en esta área regalamos el terreno al narcotráfico, porque acá hay transas que manejan el barrio, que te organizan el día a día, organizan campeonatos de fútbol, si el estado se retira habilitamos que el narcotráfico gobierne las comunidades y los barrios de Tucumán, por eso es tan importante el estado presente. Nosotros buscamos la libertad de los seres humanos, no de los mercados. Estamos a tiempo de dar la batalla fundamental”, sostiene Emilio Mustafá, quien es psicólogo social y director de asistencia de la Secretaría de Adicciones.
Emilio trabaja en la Costanera desde hace doce años y conoce como nadie la problemática: “Ante las condiciones de pobreza y ante la gran demanda de chicos con consumo creímos que era necesario que los psicólogos y profesionales, en vez de esperar que los chicos vayan al consultorio, nosotros ir al barrio y a partir de ese recorrido barrial fuimos diseñando este grupo terapéutico en el 2012, hasta ahora que se llama Ganas de Vivir, donde atendimos a una gran cantidad de chicos en consumo. Lo que más predomina es pasta base, cocaína y pastillas. Lo principal en el grupo terapéutico es cuando el chico vuelve al barrio porque la mayor de las batallas está cuando vuelva al barrio y debe tener un lugar de sostén y un lugar donde continuar el tratamiento”, asegura.
Emilio celebra el trabajo que se lleva adelante por parte de la nueva gestión del Ministerio de Desarrollo Social a cargo de Federico Masso, sin embargo, asegura que debe estar acompañada por políticas a largo plazo y sostiene que lo que más hace falta en este momento son recursos humanos debido a la gran demanda.
Además, Emilio sostiene que la recuperación es muy difícil y se da en un proceso que puede ser de varios años y debe ser de carácter social “porque la droga aparece como un lugar de sostén ante tanta frustración, vacío, deshumanización, por eso poder desarrollar un proyecto colectivo y social es una forma de recuperar”. “Para que haya mejoras tiene que haber una política de estado, no va a haber salud mental si los chicos pasan hambre, son discriminados, no puede haber salud mental si un chico no sabe leer y escribir, si un chico come en un comedor y no en su casa, entonces esa es la idea de salud como transformación”, manifiesta.

En este momento Emilio cree que se están plantando los cimientos de esta lucha, pero sabe que solo se puede ganarle con una política a largo plazo y que sea integral: “Si no hay un política de estado pensada para de acá a 15 años no vamos a tener resultados favorables, se está haciendo mucho, pero es insuficiente para el nivel de demanda”.
Que en el CEPLA haya un comedor no es casualidad, pues una de las consecuencias del consumo de droga es la mal nutrición que produce, y es por eso que en el proceso de recuperación es importante acompañar con una política integral, que contemple la alimentación de las personas: “Al consumir un estimulante como el pacto a nivel orgánico incorporan metal a sangre que genera anemia, inmunodepresión, rompen los esmaltes de los dientes y eso genera estados de desnutrición porque los chicos pasan días sin comer y después comen lo que consiguen y no están bien alimentado, hay mucha deshidratación por el consumo que crea un gran daño orgánico y eso genera que tengamos cuadros de malnutrición y desnutrición por consumo, hay chicos que consumen entre 30 dosis de pacto en el día, eso genera un estado de euforia y, cuando pasa el efecto genera un estado depresivo donde la necesidad compulsiva es consumir otra dosis”, explica.
Y agrega: “El comedor de los martes es muy esperado porque damos carne. Por eso viene tanta gente, porque es muy cara y en el barrio no se consume mucho”. Emilio hace hincapié en que no es un comedor, sino un dispositivo, pero que por la crisis social el comedor se ha vuelto muy importante para el barrio.
En ese sentido, Emilio pondera el papel del estado en la lucha contra el narcotráfico y manifiesta la necesidad de un estado cada vez más presente, con un acompañamiento a largo plazo, integral y con la comunidad como protagonista en el proceso de salud: “La salida es con otros, fortaleciendo los vínculos comunitarios. Los CEPLA deben ser lugares de referencia para trabajar con las personas que están en consumo, para hacer el tratamiento y el recorrido necesario para la reinserción social y la prevención, por eso se inauguró CEPLA niños, para la prevención y porque desde hace 4 años tenemos a nenes de 9 y 10 años están consumiendo”.
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El grupo ‘Ganas de Vivir’ existe mucho antes de que existiera el CEPLA. Se fundó en 2012, y a partir de la lucha que se llevó a cabo, no solo desde el grupo terapéutico, sino también con las madres de la Costanera, conocidas como ‘Madres Pañuelo Negro’, y con todo el vecindario, se generó una gran movilización. En aquel momento, se logró exigir a Sedronar y al Ministerio de Desarrollo Social de esa época que reconocieran este dispositivo como un lugar de salud mental para la población afectada por el consumo. Desde entonces, se inició un proceso de lucha que culminó con la construcción del CEPLA, inaugurado en 2019.
Elsa es miembro del grupo desde su existencia y siente mucho orgullo de los logros conseguidos, sin embargo sabe que no es suficiente: “A veces falta la comida, por eso pedimos que nos ayuden para poder sostener a las familias. No es que uno manguee como dicen algunos, es que hay mucha pobreza, mucha gente que vive del cartón”, dice.

La Cipri se sumó al grupo en una segunda etapa. Las mujeres se agruparon a la labor que realizaba el cura Melitón Chavez y las monjas villeras, quienes cumplían un gran rol social dentro de la comunidad y empezaron con el comedor. Luego, la iglesia se retiró y al proyecto lo continúan todas las madres que desean que sus hijos salgan adelante. “Hubo un año en el que la mayoría de los chicos se ahorcaban todos los días, todos los días había un chico ahorcado por las adicciones, ahí vino el grupo pañuelo de Esperanza, cuando los hijos se ahorcaban surgió el pañuelo negro, ahí nos agrupamos con el cura Melitón y con las monjas villeras”, afirma.
“Como madre es una desesperación, una angustia, porque no sabe usted si van a venir y te van a decir que allá está tu hijo. Toda la vida he participado, de alma me gusta colaborar con los chicos, hacer un chocolate, colaborar con los vecinos. Quiero que el CEPLA siga creciendo, que los chicos vengan y tengan su plato caliente, que haya alguien que los ayude, más amor hacia ellos”, dice la Cipri. Y cuenta: “Hay chicos que han dejado de consumir y han formado su familia, pero se quiebran y hay que estar como un pilar, comprenderlo, entenderlo y ayudarlo. Aquí tienen la contención. La mayoría de las madres tienen a sus hijos presos”, sostiene.
Una de las cosas que más le duele como madre es la discriminación y la falta de empleo, algo elemental para poder salir del consumo: “Hay gente buena y honesta acá y cuesta conseguir trabajo, porque quién le da trabajo a un chico que consume, nadie. Hay que contenerlo, porque a veces vienen quebrados, pero no solo hay problemas de adicción los que buscan contención, también hay chicos cuyos padres se separan o tienen problemas de alcoholismo y buscan un espacio en el CEPLA”. “Siempre es mirar al otro. Dios me ha puesto al servicio, si viene un chico con problemas yo lo ayudo, nadie es perfecto, él único perfecto es Dios”.
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