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Milei y el mito de la Argentina potencia: los usos y abusos de la historia

Polémica en la Casa Histórica

Historiadores desmienten al director de la Casa Histórica, José María Posse, quien negó el uso político del pasado y habló de una Argentina que fue potencia mundial. La polémica historiográfica, el relato mileista y, otra vez, los Montoneros en el emblema patrio. Por Exequiel Svetliza.





Monumento, ícono y símbolo de nacionalidad; la antigua casona tucumana donde los congresales firmaron la independencia argentina el 9 de julio de 1816 es un signo que trasciende la postal turística, el ritual patriótico, la efeméride escolar y el afiche ajado de la revista Billiken. Ese edificio emblemático que ofició de cuartel para el Ejército del Norte en 1812, aún conserva cierta memoria atávica de polvorín y ha devenido en una codiciada trinchera simbólica desde donde se continúan disputando relatos. Así quedó demostrado días atrás durante la fecha patria cuando, desde ahí, José María Posse, el actual director del museo, protagonizó un encendido cruce televisivo con la historiadora rosarina Camila Perochena. A la polémica no tardó en sumarse el presidente Javier Milei desde su fortín virtual con su consabida virulencia al teclado. Una vez más, la Casa Histórica es el epicentro de una nueva batalla en esa perpetua beligerancia de sentidos. Otra vez, el discurso libertario hace uso y abuso de un pasado que los historiadores refutan. 

Corría el mediodía del 9 de julio cuando, desde los estudios de LN+, Perochena explicaba los usos políticos del Día de la Independencia por los distintos gobiernos: “Las conmemoraciones siempre se tienen que pensar más desde el presente que desde el pasado, cuando los presidentes conmemoran un hecho histórico, no son historiadores, son políticos… Cada uno busca cómo tejer puentes entre pasado y presente”. Con respecto a esas lecturas del pasado, la historiadora agregó: “Cristina (Kirchner) hacía mucho hincapié en la independencia cultural. Decía que estábamos colonizados culturalmente e invitaba a reescribir la historia”.

Los dichos provocaron la inmediata reacción de Posse quien, en el móvil en vivo desde la Casa Histórica, no ocultó su crispación: “No estoy para nada de acuerdo… Cristina siempre utilizó métodos que no se correspondían con una celebración digna de esta fecha”. Luego, el funcionario que depende del gobierno nacional agregó que durante los festejos por el Día de la Independencia en tiempos del kirchnerismo “había banderas de todos los colores, menos de la Argentina”.

El ápice de tensión de la discusión llegó cuando la historiadora comentó que Javier Milei, al igual que sus predecesores, también había manipulado el relato del pasado a su favor: “como cuando dice que fuimos potencia mundial en 1910”. Con evidente intranquilidad, el abogado la interrumpió: “Perdón, perdón… ¿No es cierto que Argentina en 1910 fue potencia mundial?”. Ante la negativa de Perochena, bastante exaltado, el funcionario la invitó a realizar un debate público al respecto y agregó: “Al igual que Julio Argentino Roca, el presidente Milei está utilizando herramientas para que volvamos a ser potencia mundial”. 

Perochena calificó la intervención de Posse como una reacción “más política que historiográfica” y utilizó luego las redes para decir que lo del tucumano que dirige la Casa Histórica es otro ejemplo de lo que está haciendo el gobierno nacional con los museos: “convertirlos en espacios de militancia y no de reflexión historiográfica”, como sucedió recientemente con el despido del historiador Gabriel Di Meglio de su cargo al frente del Museo Histórico Nacional. 



El propio Milei, horas más tarde y a través de su cuenta de X, aportaría su cuota de nafta al fuego de la polémica historiográfica con insultos hacia la historiadora a quien tildó de “patética” y, con la violencia que lo caracteriza, agregó: “se jacta de saber historia y arranca negando un dato base. Si llega a revisar las series de Madison le colapsará el cerebro (resulta claro que lo tiene lleno de parásitos)”. 

Más allá de sumar un nuevo exabrupto a los tantos que el mandatario ya nos tiene acostumbrados –por lo general, dirigidos contra mujeres que expresan opiniones que disienten con sus posturas- conviene retomar el debate por canales civilizados y plantear la cuestión de los diversos usos políticos del pasado y cuál es el sustento científico del relato histórico mileista tras el cual se embanderó José María Posse. 

 

Liberalismo mesiánico: uso y abusos de la historia

¿Cuál es el vínculo entre la política y la historiografía? ¿Los distintos gobiernos se valen del pasado para construir relatos funcionales a sus propios intereses? Consultados por eltucumano.com, distintos historiadores coincidieron en que se trata de una operatoria bastante común, tal como lo planteó Camila Perochena en su discusión con el director de la Casa Histórica. 

“No hay fuerza política que no haga un uso del pasado, un uso político, en términos de que tiene una mirada política sobre el pasado. Lo que puede variar, por supuesto, es la intensidad y el grado de manipulación que aplican a ese uso. A lo largo de la historia, desde los proyectos que tenían que ver con utilizar, por ejemplo, la historia para construir una identidad nacional, ciertos relatos que enfatizan la territorialidad y hasta negaciones del pasado; nuestra historia, como la de todo el mundo, está llena de ejemplos en ese sentido. Esto coloca el trabajo del historiador, que por definición es crítico, en un lugar muy difícil”, explicó el historiador, escritor y docente Federico Lorenz

Para el Doctor en Historia, investigador del Conicet y docente de “Historia americana” en la UNT Luis González Alvo, ese afán por comprender los fenómenos del pasado más allá de los sesgos ideológicos y políticos es, justamente, lo que define el trabajo de los historiadores profesionales: “Los diferentes gobiernos suelen buscar apoyo en el pasado para legitimar su proyecto político. Todos los gobiernos apelan, de diferentes maneras, a momentos del tiempo pretérito en los que sus proyectos puedan encontrarse reflejados o legitimados. Esta forma de referirse al pasado constituye el opuesto de lo que los historiadores profesionales hacen, que es intentar comprender el pasado, no emplearlo con ningún fin particular, sino sencillamente poder entenderlo lo mejor posible. Para eso se usa la metodología científica que, de ser usada por los políticos les daría resultados poco útiles para sus fines, ya que no buscan comprender sino justificar sus propios proyectos”. 

Según explica María Celia Bravo (Investigadora de Conicet y profesora de “Historia Argentina II” en la UNT), el gobierno de Milei no es la excepción a esta regla: “No sólo usa la historia como insumo, sino que abusa e incluso distorsiona el pensamiento y la actuación de distintas figuras históricas. Un ejemplo es Juan Bautista Alberdi, artífice de la organización nacional e inspirador de la Constitución de 1853. La obra de Alberdi está signada por la necesidad de construir el Estado al que consideraba el ‘cuerpo de la nación’, con capacidad para construir la unidad de las provincias después de décadas de guerras civiles. Su pensamiento ha sido transfigurado por Javier Milei que utiliza su ideario liberal (que para Alberdi significaba libertad para circular, comerciar, expresar ideas, profesar todo culto, asociarse con fines lícitos, enseñar y aprender) para denostar al Estado y recortarle capacidades. Por el contrario, el Estado alberdiano era activo, según el mandato constitucional de 1853 debía hacer caminos y canales, promover la instrucción pública gratuita con fondos nacionales, alentar la inmigración, entre otras actividades”. 

En la perspectiva de González Alvo, la política de destrucción estatal de la motosierra libertaria no se corresponde con el pensamiento del autor de la obra “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”: “En este momento, el gobierno busca apoyo en una interpretación idealizada de la Argentina de fines del siglo XIX, que poco tiene que ver con lo que esa sociedad era realmente. También se tergiversa el pensamiento de Alberdi y se presenta al liberalismo como un conjunto homogéneo y compacto de ideas, sin embargo, esto no es así, ya que existieron múltiples versiones del liberalismo. Y, dicho sea de paso, siempre muy ligadas al desarrollo del poder estatal. El Estado, como hoy lo conocemos, es producto de los proyectos liberales del siglo XIX”. 

“El gobierno libertario tiene una mezcla complicada en la utilización que hace del pasado, porque, por un lado, critica un supuesto uso abusivo por parte del kirchnerismo, lo cual lo habilitaría a realizar ahora una obra purificadora, digamos, de ese pasado. Pero, por supuesto, también tiene una mirada muy unilateral del pasado argentino. Es un decadentismo sui generis que ha ido corriendo la frontera de cuándo empezó esa decadencia, según las alianzas políticas que tiene, primero el peronismo, después lo extendió hasta el radicalismo y así… Y tiene un componente muy complicado que es la cuota mesiánica del discurso presidencial, que le agrega a todo ese uso del pasado esa lógica apocalíptica y, a la vez, refundacional, que es muy peligrosa. Es peligrosa porque, a una mirada muy sesgada del pasado, le agrega un binarismo basado en criterios religiosos para pensar la política. Eso sí es novedoso”, aporta Lorenz respecto de las particularidades de la narrativa histórica libertaria. 

“Milei no hace uso, sino abuso de la historia, tergiversándola y utilizándola para sus fines políticos.  Pero lo más censurable es su intolerancia, reflejada en los ataques virulentos y desmedidos hacia aquellos que tienen opiniones distintas. En este caso, le tocó a una historiadora profesional muy capacitada. Más que abuso de la historia, los libertarios revelan un comportamiento agresivo que busca suprimir puntos de vista alternativos”, suma la docente tucumana María Celia Bravo.

 

¿Hubo una Argentina potencia mundial?

El momento más álgido del cruce mediático entre Perochena y Posse se produjo cuando la historiadora procedió a desmitificar el relato mileista de que el país fue una potencia mundial entre fines del siglo XIX y los comienzos del XX, durante las presidencias del tucumano Julio Argentino Roca. Como dicen ahora los jóvenes: entró la bala. Al instante, el director de la Casa Histórica sintió el aguijonazo y se puso el sayo para salir en defensa de uno de los bastiones significativos del historicismo mileista. ¿Factos o puro mito? 

“Roca fue presidente en dos ocasiones: entre 1880 y 1886 y entre 1898 y 1904. En ninguno de esos momentos, ni antes, ni después, la Argentina fue una potencia mundial. ¿Qué significa ser ‘una potencia’? Es ser un Estado capaz de ejercer poder e influencia a nivel mundial, en términos políticos, económicos, científico-tecnológicos y militares. En esos períodos, Argentina no tenía prácticamente ejército, ni armada, ni tecnología o siquiera industria armamentística, ni marina mercante significativa. No tenía industria pesada, siderúrgica o automotriz. Dependía de los países industrializados. Escasamente tenía agroindustria, siendo su principal actividad la industria azucarera en Tucumán, Salta y Jujuy. Tenía solo tres universidades: Córdoba, Buenos Aires y La Plata, aun dominada la primera por el clero. Argentina ocupaba un lugar periférico en la división internacional del trabajo como exportador de materia prima”, desarrolla González Alvo. 

El docente de la UNT caracteriza a este periodo como una etapa de bastante riqueza en el país, pero signada por la desigualdad: “Los estados potencia eran los industrializados, los que protagonizaron la primera guerra mundial: Gran Bretaña, Francia, Alemania, Estados Unidos, entre otros. Argentina era un país relativamente rico, ya que, si bien tenía un PIB total alto, estaba concentrado en una pequeña porción de exportadores de la región pampeana. La mayor parte de la población, la clase trabajadora, sobrevivía con pésimas condiciones de vida en casi todo el país (véase el Informe de Bialet Massé, de 1904)”. 

“Roca lleva adelante el programa de Alberdi: la ley 1420 de educación pública, gratuita y obligatoria, la expansión territorial del Estado argentino, la resolución de problemas limítrofes. El Estado que gobernó Roca tenía una nueva geografía al incorporar al territorio nacional millones de hectáreas. Era un Estado impulsador de obra pública de envergadura, el dique San Roque es un testimonio de esa etapa, continúa la construcción de ferrocarriles, entre tantas cosas. Su gestión también tuvo sombras como la cuestión indígena en tanto las comunidades originarias de la Patagonia no tuvieron cabida en la nueva sociedad en formación”, agrega, por su parte, María Celia Bravo.

Para la historiadora, si bien se trató de una etapa de mucho desarrollo, el relato del que se valen tanto Milei como Posse es falso: “La Argentina era un país en crecimiento que se destacaba en América Latina por su compromiso con la educación pública, pero bajo ningún punto de vista era una potencia mundial, como se afirma. El imperio británico fue la principal potencia global, había colonizado la India, dominaba el comercio internacional y el mundo financiero. Hacia 1890 la Argentina estaba entrelazada con el imperio británico a través de créditos y negocios que mostraban su posición subordinada. La crisis de la deuda externa de 1890 así lo demuestra y su negociación duró años para resolverse”.     

Según explica Lorenz, el relato que postula a la Argentina de Roca como una potencia mundial no hace más que poner en evidencia otra de las tantas contradicciones del discurso presidencial: “La afirmación de que Argentina durante el gobierno de Roca era una potencia mundial es incorrecta y tiene que ver, precisamente, con esos usos del pasado antojadizos que se abrevan en una tradición conservadora y liberal más antigua. Lo que pasa es que esta es una versión muy ramplona. Argentina durante la segunda presidencia de Roca, por ejemplo, era un país rico, pero eso no quiere decir que fuera una potencia. Ahora, cuando empezás a desgranar eso con más profundidad, podés empezar a ver las raíces históricas de ese discurso. Era un país que aspiracionalmente le disputaba el liderazgo continental de Estados Unidos, por lo menos retóricamente. Por ejemplo, cuando empezó la primera guerra mundial consideraba que, agotada la civilización occidental en Europa, íbamos a ser los encargados de recoger esa antorcha civilizatoria y mantenerla encendida aquí. Y ahí se apoya Javier Milei para reivindicar ciertas figuras sin reparar, además, en lo contradictorias que son con su discurso, porque pocas figuras de la historia argentina hicieron un uso tan potente del Estado como Roca, tanto del Estado en su faz militar, en su faz educativa, en su disputa con los poderes religiosos y en la lógica represiva… es una cosa más que contradictoria”. 

 

Y dale con los Montoneros en la Casa Histórica 

En medio de su sulfurada reacción a los comentarios de Perochena, José María Posse trajo a colación un suceso histórico: la toma de la Casa Histórica por parte de un comando de la agrupación Montoneros a comienzos de la década del 70. Según el abogado que se autopercibe como historiador, “en el año 1974, este sagrado salón de la jura fue invadido por estos personajes y se pintaron consignas”. También aseguró que ese episodio fue luego reivindicado durante el mandato presidencial de Cristina Kirchner. Resulta cuanto menos llamativo en alguien cuya pretendida experticia es el relato del pasado y cuya función es la dirección del museo más importante del país, la evidente imprecisión y confusión en los datos que utilizó en su argumentación. El hecho al que refiere efectivamente sucedió, pero en 1971. Y el supuesto homenaje de aquel episodio ni fue una reivindicación ni ocurrió durante el gobierno de Cristina Kirchner, sino mientras Alberto Fernández era presidente. ¿Se trató entonces de un caso de mala praxis historiográfica o de una tergiversación adrede? 

Aclaremos lo que el Director de la Casa Histórica oscurece. 

La mañana del lunes 15 de septiembre de 1971 un grupo de jóvenes tomó por asalto la Casa Histórica. Tras reducir al agente Lucio Alaniz y al sereno Alfonso Zotola, ingresaron a la sala donde se firmó el acta de independencia en 1816 y realizaron una intervención iconoclasta: pintaron con aerosoles de pintura roja las consignas “Perón o muerte” y “Montoneros” junto a dos siluetas con los rostros de Juan Domingo Perón y Eva Perón. Esa toma simbólica fue la primera operación que visibilizó el accionar del grupo Montoneros en Tucumán; una provincia que atravesaba la profunda crisis económica y social que había dejado el cierre de los ingenios por la dictadura de Onganía en 1966 (para conocer los detalles del operativo contado por sus protagonistas véase la nota: “Los días más felices”). 

La acción de Montoneros que recuerda Posse en su relato, reivindicaba la declaración de independencia económica firmada por Perón el 9 de julio de 1947 en el mismo salón de la Casa Histórica, tras el pago de la deuda externa. Con la rúbrica del entonces presidente, aquel día se nacionalizaron el Banco Central y los ferrocarriles que eran propiedad de empresas británicas. También se lanzó el Plan Siderúrgico Argentino que incluyó la fundación de la empresa siderúrgica estatal SOMISA (Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina). Todo como parte de lo que se denominó “Primer Plan Quinquenal”. Tanto la declaración de la independencia económica peronista como su posterior reivindicación por Montoneros, constituyen ejemplos claros de esos usos políticos de la historia de los que hablaba Camila Perochena cuando el director de la Casa Histórica saltó como rengo en tiroteo. Apropiación simbólica que también intentó Milei en julio del año pasado con la firma en ese salón de la jura del famoso e inocuo “Pacto de mayo”. 

La obra de Beltrame que desató la polémica.

¿Cuál es la supuesta reivindicación kirchnerista de la operación de Montoneros de la que habló el director del museo? En septiembre de 2021, la reconocida artista tucumana Carlota Beltrame expuso en el museo de la Casa Histórica la muestra “Revés de la trama”, entre cuyas piezas se encontraba una randa con la palabra “Montoneros” que recuperaba el registro fotográfico de aquel episodio de 1971. Aunque la obra no se trataba de un homenaje ni, menos, de una reivindicación al accionar del grupo revolucionario, sino de una invitación a pensar y resignificar los sentidos de la historia, se desató una caldeada polémica que incluyó amenazas y pedidos de censura hacia la artista. También hubo en aquel entonces –los meses previos a las elecciones legislativas de ese año- una manifestación pública frente al edificio histórico impulsada por el bussismo y otros referentes de la oposición al oficialismo en la provincia. Con la misma icónica escenografía histórica de fondo, ni la indignación de entonces ni la más reciente de José María Posse parecen pecar de inocentes ni, mucho menos, de inoportunas.