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"Con conmover alcanza": El Vázquez trajo el fuego de su arte a un Tucumán en llamas

Entrevista

¿Refugio, trinchera o escaparate del desastre? la obra de Javier Vázquez interpela la crisis del presente. Una charla profunda sobre sueños, miedos, política y arte en Tucumán: “Hay muchos artistas pobres que hacen lo que pueden para sobrevivir”. Por Exequiel Svetliza.





Acá hay antropófagos empachados en su bacanal orgiástica y seres que mutan de piel. Y más allá ídolos, íconos, mártires. La sonrisa de Perón y la vitalidad imperecedera de Evita. La neurona de Maradona y la cabeza de Facundo Ferreira destrozada por una bala policial. Y más allá hay casas incendiándose y deseos ardiendo en el fragor aciago de este presente que nos come los talones y los bolsillos. Y fuegos, muchos fuegos, que nos acechan. Y ese fuego vino con nosotros, pero quien lo enciende y desparrama esta noche de jueves por los rincones de la Casa Museo de la Ciudad es El Vázquez. Algunos de sus sueños y muchos de sus desvelos se han vuelto obra y la obra muestra y la muestra celebración. Y el vino y las risas y el desfile de canapés y rostros conocidos servidos en bandeja de plata: la liturgia coreográfica del arte y cierto rictus de frivolidad que se derrite como un iceberg flotando en un océano de calidez humana ¿Un refugio, una trinchera o un escaparate del desastre? Allá afuera se vaticina un mundo en llamas. Pero acá ese fuego vino con nosotros y con la chispa que trajo El Vázquez. Y arder es un arte que Tucumán sabe hacer excepcionalmente bien

“El fuego que encendimos vino con nosotros” se denomina la muestra de Javier Vázquez – mejor conocido como El Vázquez en la arena artística-  que se inauguró hace un par de semanas y seguirá expuesta hasta el domingo 31 de agosto en la Casa Museo de la Ciudad (Salta 532). La delicada y precisa disposición de la muestra, a cargo de la curadora santafecina Fernanda Aquere (incisiva y adorable portadora de una tupida mata de rulos escarlata), organiza la compleja trama de sentidos y sus diversas constelaciones en una especie de incendio acogedor que abrasa y abraza a la vez. Las obras en sus múltiples formatos (cuadros, instalaciones, fanzines y cuadernos) copan las salas y los espacios comunes del museo estableciendo un diálogo íntimo con el lugar y sus objetos. Orden y hábitat armonioso para eso que, a primer golpe de ojo, puede ser visto como un caos creativo. Un orden y un ecosistema abierto, además, a la intervención del público. La muestra invita a los visitantes a dejar sus textos, a jugar el juego de una extensa e inagotable cadena de sentidos. A contrapelo del clima de época, la impronta es apelar a la construcción colectiva. 

En 2016, Vázquez empezó a cargar a todas partes un cuaderno, lápices, pinceles y tintas para dibujar y pintar donde, valga la redundancia, le pintara. En bares, plazas y pausas del laburo fue llenando los 11 cuadernos (originalmente eran 13, pero le afanaron dos, lo cual no deja de ser el sello de una marca de origen) del cual salieron las obras de las cuatro series que integran la muestra (Big data, Rancho, Otra piel y El Entenado). También una serie de textos que dialogaban con las imágenes. Fue un poco fruto de esa posibilidad de producir más espontáneamente y bastante del tedio de andar cargando con cuadros gigantes que después no lograba vender y tenía que estar mudando de un lado a otro. “Siempre ando cargando cuadernos porque escribo, tomo nota, dibujo… y en algún momento empecé a meterle más ímpetu técnico a los dibujos… Siempre me ha gustado el formato del cuaderno de artista. Creo que te da una secuencialidad porque te brinda la posibilidad de ir generando un relato, aunque no lo haya o no sea un relato consciente. Entonces, cuando veo los distintos cuadernos que tengo durante años, veo que hay una secuencialidad interna y una lógica. En paralelo, también empecé a escribir los relatos. La primera salida que tuvo el cuaderno fue a través del formato fanzine”, cuenta Vázquez. 

Aunque la primera opción –que aún no descarta- fue la de transformar todo ese material en un libro, apareció la muestra como un horizonte ordenador. Una muestra y una curadora con el ojo clínico y la escucha atenta de Fernanda con quien compartió sesiones eternas de videollamadas: “Fernanda es una gran artista y, por sobre todas las cosas, una persona absolutamente generosa y de buen corazón; una gran amiga. El diálogo con ella ha sido maravilloso. Ella terminó de ordenar y de configurar lo que había que mostrar y cómo había que mostrarlo. Pensaba que iba a ser como una muestra de tres personas distintas y Fernanda, con dos o tres acciones, ha logrado que, por más que sean producciones muy distintas, se entienda claramente que son de una sola persona y que esa persona soy yo”. 

Fernanda Aquere, curadora de la muestra

Vázquez. Sus cuadernos. Fernanda. Una muestra. Una cartografía y una hoja de ruta hasta ese jueves 7 de agosto de la inauguración con el museo repleto de gente. Las palabras, los brindis, las fotos, los abrazos. Un ritual.  


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Alejados los últimos estertores de la resaca festiva del día de la inauguración, en la vieja casona de Barrio Sur donde vive Vázquez la mesa del estudio ha devenido en mesa de almuerzo. El menú: unos fideos salteados con verduras que no sólo demuestran la destreza culinaria del artista, sino también la extraña síntesis entre su confeso fanatismo por los bodegones y la presencia de sabores gourmet que, a juzgar por el resultado, combinan a la perfección. Sifón de soda de por medio, con el mundanal mugido de la ciudad colándose por las persianas, la charla sigue su propia deriva: arte, política, guita, sueños, miedos, deseos, una mirada a los entretelones de la escena tucumana y tantos incendios más. Otro ritual. 

 

- ¿Por qué “El fuego que encendimos vino con nosotros”?

-El nombre está un poco inspirado en la película “La guerra del fuego” (del francés Jean-Jacques Annaud) donde una tribu descubre el fuego y lo va cuidando en una larga travesía en busca de un paraíso perdido. El tema del fuego y del incendio está asociado con todo lo que está pasando en las salas durante la muestra. Y también habla de algo más personal que es el miedo; el miedo como origen de todo, de todo mal y también de toda cultura. Es el miedo por cuidar un fuego que le da origen al hogar, que da la protección frente a un mundo que no se conoce, frente a las alimañas que te acosan… Es un fuego elaborado por el miedo al que había de cuidarlo… ese dominio de una creación propia que se puede terminar usando tanto para el bien como para el mal.


- ¿Y cómo crees que dialoga ese miedo con este momento histórico?

-  Creo que este es un momento donde el miedo opera un montón, por eso hay tanta irritabilidad. Me parece que ahora hay un entrecruzamiento muy fuerte del miedo con el discurso político. Con el miedo como estandarte, esa cosa de “van a correr zurdos de mierda”. Y la crueldad que es otra consecuencia del miedo también. Aun cuando ese enojo sea algo guionado, lo que buscan con eso es generar miedo o terror. Hay gente que manipula el miedo como quien manipula un arma o como quien manipula el fuego para generar terror en un colectivo. 

 

 - Pero el miedo es el origen o la consecuencia…

- Para mí, el miedo es el origen. El miedo hace que hagas cosas horribles siempre, como perder a alguien, por ejemplo. Uno no sufre por perder a alguien o porque alguien no te quiere, sufrís porque sentís que te quedás solo, abismado, sin el otro…que no sos nada sin ese otro. Y eso te da miedo, te da un pánico imposible de sostener y te hace hacer cosas pelotudas. Los hacedores de miedo son los primeros en haber pasado por ese miedo originario ¿no? Nadie que ejerza terror, no siente terror. Yo creo que todo aquel que ejerce el terror para con el otro es porque ha sido violentado o ha pasado por procesos de mucha crueldad, ya sea en lo familiar, en lo personal o en lo colectivo. Tampoco hay gente sin miedo; nadie anda sin miedo por la vida. El tema es cómo operás con tus propios miedos y cómo conectás con el miedo de los otros para apaciguar o negociar… qué estrategias elaborás para salirte de ese espacio de terror y volverte una persona menos dañina. Básicamente, el miedo genera daño.

 

-¿Qué esperás que se lleve el que visita la muestra? 

-Yo nunca pienso en mis obras a priori… o sea, van surgiendo y adquiriendo sentido y opero después sobre ese sentido. No soy un artista contemporáneo en el sentido de que tengo el texto primero y, en base al texto, resuelvo el dispositivo, pero sí trabajo mucho una vez que empiezo a sacarle la ficha al concepto. Creo que eso también varía en las distintas series de la muestra. Si pienso en Big data, por ejemplo, ahí espero que la gente se lleve una pregunta al respecto de por qué Facundo Ferreira está enfrentado a ese continente de caras de gente conocida (Maradona, Perón, Evita, Mercedes Sosa, etc.). En Rancho, en cambio, hay muchas cosas mías y que también son cosas que nos atraviesan como generación, como la falta de casa propia falta; la casi imposibilidad del acceso a la vivienda para nuestra generación… si no es por herencia, no tenés casa… El incendio de la casa, como el incendio acogedor o como el incendio abrasivo que todo lo destruye.

¿Sabés por qué no tenemos casa? Tal vez porque sea muy poderoso que todos tengamos una casa, por eso nos quitan la posibilidad de tener un espacio donde vivir y donde morir. Te quieren convencer de que la vida del alquiler es la mejor vida porque te podés cambiar cuando quieras, donde quieras y hacer las reformas que quieras… tener vista al cerro, tener vista al mar y moverte como si fueses un ciudadano libre del mundo. Esa es una operación del capitalismo: te saco algo y te doy esto otro que supuestamente es mejor. Y lo que hago es mantenerte alquilando cosas… uno ya no es dueño de nada. Ya no vamos ni al cine, alquilamos plataformas. Vivimos de prestado y esa es una operación del capitalismo: no hacerte dueño de nada y convencerte de que ser dueño de algo es al pedo.


-¿Y el arte no es parte de eso también? ¿Quién compra una obra hoy?

- El que quiera… (a esto es importante que lo pongas en la nota) mis obras están a la venta y, si usted quiere ser un Constantini y tener un Vázquez original, me la puede comprar sin ningún problema, los precios son realmente accesibles y se la hago en cuotas. Esa es otra mentira del capitalismo, eso de que al arte solamente lo pueden poseer personas de mucho dinero. Hay que generar coleccionismo, producir nuevos coleccionismos cotidianos… ¿Qué era una de las cosas que más me te gustaba hacer cuando ibas a la casa de tu abuela?... hurgar en los cajones y en el ropero y ver la cantidad de pelotudeces que tu abuela compraba y que había acumulado durante el paso del tiempo: la vajilla, los platitos para colgar en la pared, algunas joyitas, estampitas, monedas y los cuadritos que se compraban a precios accesibles; reproducciones en láminas para adornar la casa. En las décadas del 40 y del 50 el que tenía acceso a una obra de arte no necesariamente era millonario. Los pintores de Tucumán no les vendían a las grandes galerías porque no existían, se las vendían a la gente; gente común que por ahí tenía un mejor pasar económico, pero el arte tiene que estar al alcance de todos. 

La mercantilización es una consecuencia necesaria del sistema del arte, que no es otra cosa que un sistema ultra capitalista en donde no hay lugar para todos. Entonces, vos ves a un montón de artistas queriendo entrar a ese mercado; un mercado donde hay lugar para muy pocos. Sí me circunscribo a las artes visuales, creo que es un momento complicado donde no sé si el arte tiene tanta incidencia. Me parece que hay muchos nichos y muchos artistas pobres que hacen lo que pueden para sobrevivir y sostener sus carreras, entre los cuales me incluyo. Me parece que hoy son muy pocos los que viven de la práctica artística. Si yo me pongo del lado del gestor cultural está claro que hay que diseñar políticas para que la práctica artística tenga otra salida, otros modos, cambiar ciertos paradigmas. 

 

-Cuál es entonces la función que debe cumplir el arte en un momento como este… 

- Me resuena en estos momentos una frase de Alberto Laiseca que dice que el arte sirve para que todo lo demás funcione, es decir que el arte no sirve para una mierda y que por eso es muy necesario. Creo que la poesía – y las artes visuales para mí son uno de los modos más concretos de generar poesía- es importantísima en la vida de la gente y hoy por hoy sería alucinante que, frente a los problemas que tenemos con la tecnocratización de la vida, la poesía tenga más injerencia. Hoy esa es una batalla importante, la de dotar de un lenguaje poético a la cotidianidad de la vida de la gente.

 

-¿Crees que el arte tiene que ser o debe ser político? 

- En la medida en la que vos sostenés una práctica honesta con tu producción y con el espacio y tiempo en el que vivís, toda manifestación artística es política. Siempre que vos seas honesto con la comunidad en la cual vos estás inserto, tu arte va ser político. Si vos querés pertenecer a otra comunidad que no es esta y te querés ir de acá y no podés, lo más probable es que elabores textos artísticos más o menos lindos, más o menos feos, pero que no sean expresiones genuinas. Ahí se muere la política en el arte porque los artistas empiezan a hablar del sistema del arte y no de lo que te pasa a vos con el medio en el que vivís. Yo veo que hay mucha práctica artística de gente hablando sobre operaciones del arte en sí mismo. Ahí se vuelve autorreferencial y se pierde hasta la poesía en muchos casos. Hay otros casos en los que no, pero en esos el arte se vuelve una práctica lamentable. Hay artistas hoy, que en la práctica evidente, pintan paisajes o bodegones, y hasta eso me parece más profundo y político, que algunos alegatos de corte antropológico que terminan resultando ser apropiaciones culturales u operaciones de extractivismo cultural.

-Y ésta, claramente, no parece ser la era de la honestidad, ni en el arte ni en la política...

- Estamos más cercanos a la era de la timba… Me parece que ahí hay un miedo profundo. Hay un miedo profundo porque sentimos que esto se muere en cualquier momento y nos tenemos que salvar de alguna manera. Todo el tiempo estamos en un salvataje cotidiano para ver cómo comer y, con lo que hacemos, pretendemos salir del bardo. En eso están los pendejos, se quieren salvar… entiendo esa operación de quiero guita, quiero guita, quiero guita y la quiero ya... y es horrible.

 

-Y entonces… ¿el arte o la poesía salvan?

-No, nada salva… estamos condenados a morirnos. No te salva, pero el arte te hace mejor. Todos somos mejores personas cuando cantamos una canción; cuando nos atraviesa una canción y referenciamos algunos momentos de nuestra vida con alguna música, por ejemplo. Eso nos hace mejores, más humanos. Mi mayor miedo es morirme loco o pobre, muy loco y muy pobre…no quiero eso, me da pánico. La tristeza también me da mucho pánico ¿Y entonces qué me saca de eso? ¿qué me salva de eso? Me salva el arte porque me hace ver otras cosas.

 

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Hijo de un obrero de la industria papelera, Vázquez se crio en el seno de una familia bastante humilde donde, sin embargo, nunca faltó ni un plato de comida elaborado con esmero ni la música. Se inició en la vida artística con el deseo frustrado de ser director de cine y, con 52 años en el lomo, ha sabido meter la cuchara en diversas disciplinas: el teatro, la arquitectura, el diseño, las artes visuales, la música, la cocina y la fotografía, entre otras. El apodo de “Cabezón”, con que lo conocen sus más cercanos, parece no sólo remitir a la evidencia empírica de poseer un generoso hangar para la germinación de sus ideas (que, además, suele estar coronado por una frondosa mata capilar tipo Super Saiyajin), sino de cierta enjundia que se traduce en una búsqueda constante. 

 

- Música, arte, fotos… ¿A qué se debe la incursión en tantas disciplinas? ¿es una forma de experimentación?

- Puedo pasar de la música a la pintura o a la foto sin mayores problemas porque lo que me interesa es entender cómo funciona la cosa, no manejarla como Ayrton Senna manejaba, sabiendo obsesivamente porque había desentrañado todos los aspectos de la máquina y era el mejor de los mejores. Ya no soy el mejor de los mejores. No voy a poder ser porque ya pasó ese tiempo. Me divierte y me hace bien pasar de una cosa a otra porque, en el proceso, entiendo cosas sobre eso y entender, en el amplio sentido del término, me hace sentirme más conectado con las realidades y con el lugar en el que vivo.

 

-Pero sin llegar a especializarte lo suficiente como para descubrirle el agujero al mate, los secretos de una disciplina específica…

- El secreto es que no hay secreto, no sé quién inventó eso de que hay un secreto. Todos manejamos algún artificio en alguna disciplina del medio en el que vivimos. Por ejemplo, a mí me gusta mucho cocinar y siempre he querido cocinar las cinco comidas que más recuerdo de mi abuela. Hoy estoy plenamente seguro de que me salen muy parecidas, pero que no me salen igual. Nunca he estado obsesionado con el secreto de eso; un secreto que no lo tengo porque la vieja no quería que la vieran cocinar, justamente, para que no le roben las recetas. No lo tengo porque la comida que me sale me gusta y les gusta a los demás. Entonces como que, aunque no sea lo mismo, el secreto se lo terminé robando igual ¿no? Me interesa lo que me conecte con la gente, con el otro. Entonces, si hoy toca hacer música, hacemos música. Si hoy toca cantar, cantamos… trato de pasarla bien y trato de que lo que sea que haga tenga nivel. Ahora, eso de obsesionarme para ser el mejor de los mejores, ya era, ya pasó ese tiempo…O sea con conmover alcanza. Extrañamente, yo puedo decir que tengo una carrera en la práctica artística con varias disciplinas ahí dando vueltas y que, de un modo u otro, me han dado el sustento y me han permitido vivir de eso.