Top

"No sabemos si contarlo": José y Silvia, la increíble historia de dos jubilados y lo que les pasó en la Plaza Independencia

HISTORIAS DE ACÁ

Él de Ranchillos y ella del Mercofrut, un miércoles se conocieron en una marcha contra el ajuste del gobierno nacional y, entre tanta bronca, algo mágico sucedió. | Por Alfredo Aráoz

José y Silvia. Qué par de pájaros los dos.





Cerca de un ataúd de cartón que dice Los Jubilados de Milei, dos personas cantan el Himno Nacional Argentino, se miran a los ojos y gritan: “O juremos con gloria morir”. 

El ataúd de cartón que cuelga del naranjo más joven de la Plaza Independencia se menea conforme los humores del viento y una bandera de ATE se está por descolgar del poste de luz.

Toda la escena bajo el sol del miércoles sucede ante los ojos marcados por el tiempo de los dos protagonistas de esta historia: José López, 70 años, jubilado, de Ranchillos; y Silvia Ponce, no se dice la edad, jubilada, del Mercofrut.

Solo el tiempo dirá si esta historia que vamos a contar es la historia de un amor como no hay otra igual, pero por lo pronto podemos confirmar que algo ha nacido: “Nos estamos conociendo. Nos vimos en la marcha y empezamos a caminar juntos. Es más fácil así, juntos, uno al lado del otro, acompañándose entre todo esto que está pasando, amigo”, me dice José López, quien desde los 5 años trabaja bajo el sol tucumano.

“Viví toda mi vida en Ranchillos, cerca del club. Desde chico me dediqué a juntar algodón, desmontar, voltear caña, como un changuito tucumano cualquiera”, dice José y Silvia mete el primer bocado/piropo y le susurra al oído: “Sos como Palito Ortega”.

Con la piel comida por el sol tucumano de los cañaverales, con un desierto en los pómulos testigos de las sequías más crueles y de los inviernos más crudos, José López me cuenta su historia ante la atenta mirada de Silvia.

“He criado 10 hijos, amigo. Perdí a mi esposa muy jovencita. La más chiquita tenía dos horas cuando falleció mi esposa en el parto. Le subió la presión y no hubo forma de salvarla”, recuerda José mientras se acomoda la boina que le cubre el pelo fijado y un tanto amarillento por el gel del pueblo: el limón.

“Era muy duro amigo. ¿Sabe lo que es criar 10 hijos solo? Tenía que trabajar de noche para cuidar a mis hijos de día. Dormía parado. Pero no me puedo quejar: la mujer mía era muy buena. Para donde teníamos que ir, íbamos. Y siempre nos decíamos: ‘Lo que es verde es verde’. Así era la mujer mía”, se emociona José y Silvia le dice: “No me mirés a mí porque yo no soy mujer tuya, ¿no?”.

José recibe el coqueteo y yo le comento el look que tiene este miércoles en la marcha: la boina mencionada, la pechera del Sindicato de Jubilados, un anillo en cada dedo por cada hijo y un chupín rojo que le queda de diez. “Él tiene 70 años, pero parece de 18”, vuelve a piropearlo Silvia, quien ahora me cuenta su historia envuelta por la bandera de la Asociación de Trabajadores Pasivos de la República Argentina.

“Sufro mucho la verdad, mijo. Hago mal en decir, pero he sufrido. Ahora vivo con mi nietito de 12 años porque la madre está privada de la libertad en Delfín Gallo y ahora el 3 de noviembre otro hijo mío cumpliría 25 años, pero la Policía me lo ha muerto”, relata Silvia, quien también cobra la mínima y se la rebusca vendiendo ropa de segundas marcas en las ferias de Villa Urquiza y de la Independencia: "Me encanta la feria". 

“Los que estamos acá, los jubilados, los más humildes, los que cobramos la mínima de 300 mil pesos, somos gente trabajadora desde niños y gente que ha vivido situaciones malas. Yo también he perdido dos nietitos míos seguidos. Pero la seguimos peleando. Yo hago todo lo que hago por los hijos míos, por el prójimo. Dios me da muchísima fuerza. Y lo poquito que tengo lo doy en la calle: ‘Tome, tome, tome’. Así ando. Doy lo que poquito que tengo. Y lo que tengo es la mínima de 300 mil pesos, plata con la que hay que pagar la luz, el gas, los remedios, todo. El dinero dura 5 o 10 días. Y el único gustito es un asadito hasta ahí nomás el primer día de cobro. Pero hasta ahí nomás. Nada más”, cuenta José.

Mientras habla José, Silvia lo mira embelesada y yo, testigo de esta historia, juraría que ella quisiera darle un abrazo en este preciso momento. Entonces voy al grano y les pregunto: “Chicos, ¿está pasando algo más acá?”.

“No sabemos si contarlo. Somos amiguitos recién”, dice Silvia. “Se hemos conocido ayer”, dice José. “Debe ser que yo le he interesado”, dice Silvia. “Y ella a mí”, dice José. “Los dos nos hemos buscado”, dice Silvia. “Se hemos mirado para bien”, dice José. “Pero recién nos estamos conociendo”, aclara Silvia. Y cierra José: “Sí, nos estamos conociendo de la mejor manera que es marchar juntos. Recién se empezamos a conocer, es verdad. Pero tenemos tiempo. Todavía tenemos tiempo”. 

José López y Silvia Ponce. Pese a todo, nada como ir juntos a la par.