"Donde hay un alumno, hay un derecho": así es la vida en la Escuela de Mala Mala
Seis horas de ascenso a pie o a caballo separan a la Escuela Multinivel de Mala Mala de El Nogalito. A 2.000 msnm, maestros y alumnos conviven durante 15 días bajo una modalidad única en el país, donde el derecho a la educación se garantiza en lo más alto del cerro. Por Aldana Mayantz
La Bandera Nacional y la Whipala flameando en lo alto de la Escuela Multinivel de Mala Mala
El ascenso a Mala Mala es soñado. Entre las yungas, a pie o a caballo, se llega a los casi 2.000 metros sobre el nivel del mar. Una vez en la cima, la Escuela Multinivel de Mala Mala aparece ante los ojos ansiosos de quienes la tienen por destino. Allí, los ruidos de la ciudad se apagan: sentarse en silencio es descubrir la diversidad de pájaros cantores, mientras que mirar al horizonte significa ver caballos jugar o divisar el pueblo de Anfama y las sierras de Raco.
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Son las doce del mediodía de un lunes feriado. A 58 kilómetros de la capital tucumana, un grupo de docentes se prepara para subir, por última vez en el año, a su lugar de trabajo. El sol pega fuerte y el lomo de las mulas se va cargando con mercadería y pertenencias de quienes pasarán los siguientes 15 días en la montaña. El CAPS de El Nogalito es el punto de encuentro, allí los docentes llegan en sus autos, motos o en colectivo para emprender las seis horas de ascenso.

A simple vista, trabajar en la escuela de Mala Mala parece una utopía para quienes les gusta la montaña, la paz y la tranquilidad de la vida rural. Sin embargo, los desafíos son muchos. “Renunciamos a la familia y a las comodidades de abajo. No hay agua corriente, sino de vertiente; la luz es por paneles solares y hasta hace poco no teníamos internet”, cuenta Gustavo Mario, profesor de Ciencias Naturales. A su lado, Guillermo Posse, de Agroambiente, coincide: “Dejás muchas cosas allá abajo, te limitás. Pero es lindo enseñar a los chicos; uno aprende mucho de ellos”.
Energía solar para los mates
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Lejos del idilio, llegar al paraíso natural que es Mala Mala no significa descansar para los docentes. Al descargar las mulas, el director, las maestras y la preceptora se disponen a ordenar el albergue. En Tucumán existen cuatro escuelas de este tipo (San José de Chaquivil, Arquitas, Anfama y Mala Mala). El sistema es intenso: clases de lunes a sábado, de 8:30 a 17:20. “La escuela se convierte en una casa donde los chicos también hacen la tarea”, explica el director, Mario Acevedo.
Al alba del primer día hábil, el ruido del orden empieza a sentirse. La maestra es, en ese momento, la señora de casa. Baldes, escobas, sillas, elementos de limpieza. Rossana Fernández va y viene temprano: del baño a la habitación, de la habitación al jardín, del jardín al patio, del patio al baño, del baño a la cocina. Con el sonido de los gallos, Rossana prepara la escena perfecta para recibir a sus estudiantes.
Ella sabe que, antes de que suene la campana, llegarán las alumnas que viven en El Alizal, lugar que queda a tres horas de Mala Mala, lo que imposibilita que vayan y vuelvan cada día. La escuela Multinivel de Mala Mala es el centro educativo más cercano a su domicilio, la existencia del albergue posibilita el derecho a su educación. Rossana, además de ser la maestra, se convertirá en una especie de madre para ellas.
Antes que las niñas, llega don Alberto con su nieta. Don Alberto supo ser cacique y hoy es el alma de la cocina: desde el desayuno hasta la merienda, sus manos alimentan a los 12 alumnos de la institución. Cuando suena la campana, la bandera nacional y la whipala suben juntas al cielo tucumano.
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La escuela nació en 1941, sin embargo hasta la década del 90 funcionó solo el nivel primario. Luego, se incorporó el ciclo básico del secundario y, a partir del año 2018, se convirtió en Escuela Multinivel, abarcando desde jardín hasta el sexto año del secundario.
“Las escuelas multinivel están pensadas en relación a las necesidades económicas del lugar. En Mala Mala tenemos orientación en Agroambiente, lo que permite la compenetración del trabajo en el campo. Los chicos fueron aprendiendo cómo trabajar la tierra de manera saludable, muchos de los alimentos que los chicos consumen provienen de la huerta y son alimentos agroecológicos”, afirma el director. El profesor Posse, encargado del proyecto huerta orgánica, agrega: “La comunidad suele dedicarse a la cría de animales para el consumo, el proyecto de las huertas busca que los estudiantes puedan hacer sus propias huertas en sus casas para el consumo personal”.
Para el director Acevedo, esta es la clave: “La función central es que la gente quede preparada para mejorar el lugar donde vive y no tenga que emigrar a los cordones de pobreza de la ciudad. Queremos que, si un chico migra, sea con un título que le permita una vida digna o estudios universitarios”.
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Entre todos los relatos, el de Rossana conmueve. A sus 47 años lleva la mitad de su vida dedicada a la docencia. Su vocación nació de una promesa de infancia: “Tenía una docente que les pegaba a mis compañeros. Yo juré ser maestra para que eso no vuelva a suceder, para darles el amor que necesitan”.
Muchos docentes toman escuelas de montaña ya que es la primera posibilidad de insertarse en el sistema educativo, pero la historia de Rossana es diferente. Con todas las posibilidades abiertas en la provincia, Rossana decidió ser maestra en Mala Mala: “Estar aquí para mí es una bendición… son llamados abiertos que los publican y nadie quiere venir. Sé de docentes que renuncian al venir por primera vez porque es muy difícil. Cuando vi el cargo dije ´ese es mi lugar´”.
Más allá de su vocación, Rossana tiene una historia personal que la liga a la escuela: “Mi marido era electricista en construcciones escolares. Falleció en la pandemia. Él me contaba que vino a hacer las instalaciones eléctricas de la escuela y él me contaba tan fascinado del lugar que siempre quise conocer. Cuando salió el llamado abierto dije bueno está es mi oportunidad de ir y conocer. La verdad es que uno llega acá y se enamora. Se enamora del lugar y de los chicos. El trabajo con los chicos es fascinante, ver la curiosidad de ellos, las preguntas que me hacen. Esto no lo tomo como un trabajo, lo tomo como un placer estar con ellos y trabajar con ellos”.

Rossana Fernández dirigiendo el acto por el Día de la Soberania Nacional Foto: María Meternich )
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Al lado de la escuela se encuentra el CAPS, allí trabaja Vanina Díaz. Ella es hoy la enferma del lugar, pero antes fue una niña que transitó la primaria en la escuela de Mala Mala. En ese entonces, la posibilidad de seguir estudiando no existía para los jóvenes de la zona, es por eso que con tan solo 13 años se fue a estudiar a Graneros, con una maestra que era de jardín de infantes: “me llevó a su casa y estuve dos años con ella. El primer y segundo año estudié en Alberdi, el tercer año lo hice en San Miguel de Tucumán, estuve viviendo en un hogar de monjas y estudiaba en la escuela de manualidad. Allí terminé la secundaria y empecé a estudiar Enfermería en Atsa. En esa etapa me quedaba en un departamento que pertenecía a las hermanas adoratrices. Allí trabajaba y me pagaba los estudios. Cuando me recibí volví a Mala Mala y empecé a trabajar haciendo reemplazos en Anfama y luego acá, hasta que quede en el sistema en el 2012”, recuerda.
Vanina Díaz (Foto: María Meternich)
Hoy, junto a su marido Ernesto Cruz, quien es el Agente Sanitario del lugar, cría a sus hijos en la tierra de sus abuelos. Ernesto recorre a pie las 23 familias de la zona controlando su salud. “Mala Mala es hermoso. Yo quiero mantener lo que mantuvieron mis padres. Lo triste es cuando la gente se va y abandona estos lugares”, afirma Ernesto.

(Foto: María Meternich)
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La escuela es pequeña. Además del jardín, cuenta con dos aulas y un espacio con mesas y sillas donde los chicos hacen la “tarea para la casa”. En una mesa, un alumno resuelve dudas junto a un profesor; en el aula de al lado, otros dos estudiantes se concentran en sus cuadernos. Afuera, el paisaje se convierte en gimnasio: bajo el sol suave de la tarde, dos hermanas practican medialunas con el profesor de Educación Física.
El reloj marca las 17 y 20 y la jornada escolar ha culminado. Don Alberto sirve el último yogurt de la merienda y los chicos que viven cerca emprenden el regreso a sus domicilios. Para las niñas albergadas ha llegado el momento del ocio y el reencuentro con la tecnología. Con la reciente llegada de Starlink a la zona, el celular se hace presente y estar conectados a la red global forma parte del día a día.
Pero no solo los chicos quedan libres; los docentes también recuperan su espacio personal. Algunos retornan a los hogares que alquilan en la comunidad, mientras que otros, como el profesor Germán, transforman el aula donde dieron clase en su propio centro de formación. Enciende la computadora y, en medio del silencio absoluto de la montaña, se conecta de forma remota para continuar estudiando una especialización.
El partido de fútbol en las alturas no falta. Profesores, alumnos y miembros de la comunidad se encuentran para enfrentarse en la cancha. No hay grupo de whatsapp para armar los equipos: el llamado son los gritos de gol que hacen eco en los cerros. La logística es clara: juegan con tres pelotas para que, si una se va montaña abajo, el partido no se detenga mientras alguien corre a buscarla. A la par, las niñas arman su propia canchita y se divierten practicando los pases que, cuando sean más grandes, les permitirán entrar a jugar con los adultos.

(Foto: María Meternich)
El partido ha terminado y la gente se va perdiendo entre los senderos de las montañas. De regreso a la escuela con las niñas de El Alizal, la maestra Rossana exige una buena ducha antes de la cena. No son aún las diez de la noche cuando las prepara para dormir. Mañana el día empieza temprano, otra vez.
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Despedirse de Mala Mala es mirar el verde, escuchar las urracas, los caballos, el viento. Es sentir el sol pegando en la cara y descender, lentamente, por las yungas. Una vez abajo, mirar a la montaña no vuelve a ser igual.
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