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Fiesta, desenfreno, goce, bombuchas y diablos: cómo imaginan los tucumanos el carnaval

Flasheada carnavalera

Desde los ataques con las dolorosas bombuchas manzanitas hasta los excesos festivos de la cumbia, el baile y el alcohol. La reciente aparición de una antología carnavalera invita a preguntarnos sobre la trascendencia cultural de esta fiesta popular. En tiempos donde la realidad parece un corso a contramano, así piensan el carnaval los escritores tucumanos. Por Exequiel Svetliza.

Foto: https://www.tvpublica.com.ar/





Quién no apeló alguna vez a la maliciosa picardía de las bombuchas manzanita para dirimir una disputa barrial en aquellos tiempos en que las calles se convertían en territorio ganado por la beligerancia infantil y las presumidas. Quién no soñó con convertirse en el venerado monarca de la comparsa y reinar desde un trono de lentejuelas. Quién no se dejó arrastrar por el frenesí del exceso etílico y del candor voluptuoso de los cuerpos en danza como si no hubiera mañana. Quién no dejó colgada la careta de todos los días para volverse diablo por un rato.  Domingo Faustino Sarmiento pensaba que el carnaval era una forma mucho más eficiente que cualquier contienda electoral para medir el grado moral de un pueblo. Mucho berretín civilizatorio el padre del aula, pero bien que le gustaba salir a darse un baño de barbarie disfrazado de mujer en los tiempos de diversión carnavalera. De hecho, fue él quien instauró esta festividad en Buenos Aires en 1869 mientras era presidente y, años después, fue nombrado “Emperador de las máscaras” por los miembros de la murga Habitantes de la luna. Ese mismo afán celebratorio y comunitario que tanto ponderaba Sarmiento es el que se traduce en las páginas de la antología Arde el carnaval, el libro de cuentos que será presentado el próximo miércoles 4 de febrero a las 20:30 en Citá (Lamadrid 1457). Inmersos en una realidad que parece un corso a contramano y con la literatura como excusa, nos preguntamos cómo imaginan los escritores tucumanos esta fiesta popular. Acá ensayamos algunas respuestas como para ir calentando motores, apretando el pomo y juntando algo de sed. 

“Arde el carnaval. Doce autores, el mismo incendio” es el nombre del libro que la editorial local Gerania acaba de lanzar y que convoca a una troupe federal de escritores para contar desde una amplia y diversa paleta de tonos y estilos esta fiesta popular: Selva Almada, Máximo Chehin, Eugenia Almeida, Mariano Quirós, Daniela Rafael, José Niemetz, Fabio Martinez, Eugenia Campero, Exequiel Svetliza, Luis Acardi Lobo, Paz Collado y Grimanesa Lázaro. “Como editor, estoy feliz y orgulloso con el libro terminado, no tiene cuentos de relleno, no hay un solo cuento malo, mal resuelto o medio trabajado. Te podrá gustar un cuento más que otro por gusto personal, pero no hay textos malos. La antología es sobre todo amigable con el lector. Son cuentos diáfanos, claros, potentes, algunos más largos, otros más cortos, pero exploran distintos aspectos del carnaval con humor, ironía, melancolía, ternura, osadía…”, adelanta Diego Puig, director de Gerania y mentor de la antología. 

Alegría compartida. Desborde. Desenfreno. Un monstruo que se convierte en lo que uno le pide. Una guerra donde se grita agua en lugar de fuego. Una fiesta donde los límites se corren y los demonios se sustituyen. Una forma de exploración del goce de ser simplemente quienes somos. Una gran celebración de lo colectivo en tiempos de individualismo radical. Distintas formas de mirar y pensar el carnaval como un suceso trascendental de nuestra cultura. Con el libro todavía caliente en los anaqueles de las librerías esperando lectores que lo saquen a bailar, charlamos con algunos de los autores tucumanos de la antología carnavalera. 

-¿Qué significa para ustedes el carnaval y cuál consideran que es su importancia cultural?

Eugenia Campero: El carnaval es una geografía, un clima, una sociedad. A veces es una religión, un proceso, una rebelión. Cuando quiere, es un no lugar, la contraseña para atravesar al otro lado. Suele pasar con las festividades que nacen de una manera muy concreta, y luego se transforman colectivamente en otra cosa. Un nacimiento de un niño que se transforma en un hombre con sobrepeso de traje rojo y un pino con adornos; un hombre brutalmente asesinado se convierte en huevos de chocolate. En cambio, el carnaval es un monstruo que se convierte en lo que cada uno pida. Una comparsa, trajes de lentejuelas, carnavalitos de harina y alcohol, máscaras alegóricas y desfiles de arlequines, el reinado de Momo y una guerra de bombas de agua. Puede ser desenfreno, violencia o alegría, y puede serlo todo al mismo tiempo. A veces, solamente es un impass, un tiempo fuera de cara a un año de incertidumbres.

Máximo Chehin: Es fiesta popular, sobre todo. Es alegría compartida, celebración de lo viejo y de lo nuevo, desborde. Un momento breve donde se corren los límites y por un rato tenemos la ilusión de que todo se iguala. Si imaginamos la cultura como la suma de cosas que nos hacen ser quienes somos y vivir como vivimos, el carnaval es uno de los sucesos culturales más importantes de la comunidad (me refiero en particular a Aguilares, pero vale para cualquier comunidad en la que el carnaval se festeje).

Grimanesa Lázaro: El carnaval me hace pensar en un momento en el que nos detenemos a rendir culto no solo a nuestras divinidades, sino también a la naturaleza. Son ideas que, al menos por un instante, me alejan de mi tarea cotidiana comprometida con la ciencia.

Paz Collado: 

El carnaval es encuentro, reencuentro y desencuentro. Perderse y encontrarse. Es exceso. Es elegir que máscara ponerse y cual sacarse. Carnaval en los valles tucumanos es juntarse con amigos después del verano, es fiesta en los clubes sociales, lluvia y música sin fin. Talco, harina, especias, serpentinas, rey momo. Es presencia. Imposible la virtualidad aquí.

 

-¿Qué imágenes y recuerdos surgen a la hora de pensar en el carnaval?

Eugenia Campero: El carnaval tiene para mí el sabor al plástico de las bombuchas, el bombeo del corazón al esquivarlas, la adrenalina de acertar al blanco. La violencia desatada y consentida, un estado de sitio donde nadie tiene garantizado el derecho de permanecer seco, eso era para mí era el carnaval. Una guerra donde se grita agua en lugar de fuego.

Máximo Chehin: La música y el baile. Jugar a tirarse agua, nieve loca o unos perfumes horribles que se compraban muy baratos y solo en esa época. Las comparsas desfilando hasta las cuatro o cinco de la mañana, y seguir el desfile detrás de la última batucada que cerraba la noche. El calor. El olor ácido de los choris criollos, que se conservaban en fuentones con agua y vinagre toda la noche. La voz del animador, distorsionada y permanente en los parlantes que se instalaban a lo largo del recorrido. También mi vieja puteando a la mañana siguiente, porque el desfile pasaba frente a nuestra casa y la gente se metía a cagar o mear en el jardincito delantero.

Grimanesa Lázaro: Mis hermanos viajando por la ruta desde Tucumán hacia Jujuy, con la intención de que el auto les sirviera como casa rodante durante dos días. En el carnaval, las dimensiones se distorsionan. Otro recuerdo es el de mi abuela llevándome a ver las comparsas en General Mosconi: siempre había que mirar hacia arriba, cuando estamos acostumbrados a ver el espectáculo de frente, como si fuera una pantalla.

 

-¿Cuál fue el principal desafío a la hora de narrar el carnaval?

Eugenia Campero: El carnaval tiene esa versatilidad de ser vivido o ignorado de mil maneras diferentes. Cuando Diego me habló sobre la idea, una obra coral sobre el carnaval, fui a mi mochila mental y trabajé con lo que a mí me había provocado fricción: las bombuchas, la corporalidad del festejo, la alienación, a veces, la vulnerabilidad de ser el blanco, la humillación de haber sido bombardeados y no llegar dignamente a destino. El pacto social que había por detrás y encontrar diversión en todo eso me significaron el punto de partida para escribir el cuento.

Máximo Chehin: Evitar el costumbrismo, contar algo complejo y muy particular sin ser didáctico ni moralista, esquivar la nostalgia, encontrar la voz y las palabras de los protagonistas para que el cuento transmita una experiencia que es esencialmente sensual.

Grimanesa Lázaro: Si bien para mí las imágenes son sumamente importantes, el carnaval en sí mismo es un lugar común desde lo visual y lo metafórico. El desafío fue poder narrar una historia en la que lo principal para el lector no fuera lo pictórico. Esto resultó difícil para mí, porque no me interesa la literatura centrada en pensamientos y emociones.

 

-¿Cómo piensan el carnaval en este presente histórico? ¿Qué claves de lectura de la realidad actual pueden aportar estas ficciones carnavaleras?

Eugenia Campero: Toda celebración es de algún modo una tregua. Hoy en día la palabra tregua cobra un valor mayor en un mundo donde todos y cada uno sienten estar defendiéndose. El carnaval aparece como una fiesta donde los demonios se sustituyen, los límites de corren, y el brillo y las máscaras apagan, aunque sea por un rato, lo que haya de feo, aburrido o insatisfecho en el yo y las circunstancias.

Máximo Chehin: El carnaval es una gran celebración de lo colectivo, en espíritu y en forma. Algo que hoy, en el imperio del individualismo radical, parece inimaginable. Creo que por eso ubiqué mi cuento en un pasado no muy lejano, la década del ’80, que sin embargo parece remotísimo: porque narrar el carnaval tal como lo recuerdo en este presente resultaría inverosímil.

Grimanesa Lázaro: Pienso que durante el carnaval existen licencias que nos permiten acercarnos a un mundo más animal y menos robotizado, lo que lo vuelve interesante como espacio de exploración del goce de ser simplemente quienes somos en el aquí y ahora. Vivimos en un momento en el que mostrarnos en redes sociales es sumamente importante, y el carnaval nos invita a caminar con una máscara. Sin duda, participar del carnaval se volverá con el tiempo un lujo para nuestros cerebros.

 

¿Arde Tucumán?

Como una especie de carnaval de ablande literario, la antología carnavalera se presentará en sociedad el próximo miércoles a las 20:30 en Citá (Lamadrid 1457). La ceremonia contará con la participación de Javier Nadal Testa, Paz Collado y Exequiel Svetliza. “Una zona roja del calendario donde la identidad se suelta, el mundo se desordena y cada cuerpo —humano, animal o mítico— corre el riesgo de encenderse. Una puerta que se abre y ya no vuelve a cerrarse igual. Doce autoras y autores célebres de la literatura federal argentina contemporánea, varios de los cuales nacieron en el interior de sus provincias, se animan a entrar por esa grieta, cada uno con su singularidad estelar, brillante”, adelanta la contratapa del libro que traza una cartografía con autores de Tucumán, Entre Ríos, Córdoba, Salta, Mendoza, Chaco y Santiago del Estero. 

¿Cómo se gestó este singular compendio de miradas y plumas de distintas latitudes del país? Así lo explica Diego Puig: “Cuando en enero del 2025 relanzamos Gerania Editora queríamos que la literatura tucumana se convirtiera en una fiesta, en encuentro, comunión y comunidad, alegría, disfrute y belleza; como la parte más linda del carnaval. Buscamos el asesoramiento de referentes del mundo editorial como Ana Laura Pérez de Random House Argentina y al contarle que teníamos planeada una campaña que se llamaría Gerania es carnaval, ella sugirió la idea de la antología. La selección de los autores estuvo dada sobre todo por la calidad literaria y el talento. No nos privamos de nada. Selva Almada, Mariano Quirós, Eugenia Almeida tienen prestigio internacional. En Arde el carnaval, tenemos autores contemporáneos de gran reconocimiento nacional. Y a ellos sumamos estrellas emergentes, de hasta ahora una proyección más local pero que merecen un reconocimiento más amplio”. 

“A veces sucede algo muy tilingo que es creer que la literatura tucumana o del interior del país es de segunda porque no se publica en Buenos Aires. Y eso es completamente erróneo, pero los mismos tucumanos, cuando nos visitan autores de distintos lugares, nos ponemos en un segundo lugar. Rara vez compartimos o dialogamos de igual a igual. En esta antología eso no pasa. En Gerania nunca va a pasar porque nuestro compromiso con la calidad literaria, el talento y la buena literatura nos lleva a publicar a los mejores escritores de la provincia, de la región y del interior del país. No nos interesa cuidar el quiosquito literario de nadie y menos a costa de invisibilizar la buena literatura local que en muchos casos es superior a la porteña”, agrega respecto a la ya gastada dicotomía literaria entre el centro y la periferia. 

Aunque el escritor y editor apuesta a la producción literaria local, también insiste en que no todo lo que brilla es oro en el prolífico campo literario tucumano: “Ojo, también sabemos que no todo lo que se escribe y publica en Tucumán es de excelencia y trabajamos para no caer en la demagogia de que lo local es bueno solo porque es local. En Tucumán no siempre hay parámetros confiables cuando dicen ‘esto es muy bueno, está en otra liga’. Hay mucho a lo que le falta trabajo y literatura para ocupar el lugar que los amigos y el lobby les han asignado. El amiguismo local ha perjudicado a muchos lectores y a la literatura local. No va a ser la primera vez que me tilden de soberbio, pero ojalá estas palabras resuenen con orgullo tucumano cien por ciento. Realmente trabajamos para elevar la vara, no para ser complacientes. Solo así vamos a sumar lectores felices y comprometidos”. 

Ahora será el turno de los lectores de dar su veredicto una vez que se dejen llevar por el ardor de este carnaval literario. Quienes deseen el libro pueden ponerse en contacto con la editorial Gerania a través de sus redes sociales. La mecha ya está encendida.