Manual para vivir de la música
En este perspicaz análisis, el músico Nicolás Aiziczon caracteriza a quienes se expresan a través de los sonidos. Enterate cómo hacer de la música un oficio y sobrevivir en el intento.
Foto: Facebook Nicolás Aiziczon
“Cuando quiero hablar sobre música apasionadamente, me reúno con mis amigos que no son músicos. Para ellos lo musical significa inspiración, pasión… En cambio, mis amigos músicos de lo único que hablan es de dinero y de cómo harán para pagar las cuentas”. Esta anécdota (atribuible al compositor austríaco Joseph Haydn) nos remite a la noción de músico como aquel que vive de la música, es decir, todo sujeto que cobre suficiente para llegar a fin de mes a través de actividades relacionadas, aunque sea muy indirectamente, con lo que se conoce como “arte musical”. La contraparte de este paradigma mercantilista de la música es el ideal de músico consagrado. Es decir, todo sujeto que haya alcanzado fama, éxito, dinero y belleza. En definitiva, el mismo ideal perseguido por un carpintero o un ingeniero agrónomo.
A lo largo de mi vida pude apreciar todo tipo de mitos y leyendas sobre lo que implica ser músico. En ese trayecto vital he podido recopilar algunas de las siguientes imágenes estereotipadas con respecto a la música que habitan el imaginario popular:
El músico de “covers”: La única música legítima es aquella que se cobra, por eso el músico de covers sólo toca “lo que a la gente le gusta”, es decir, canciones como “A mi manera”, el “cumpleaños feliz”. Lo que sea.
El académico: Toca absolutamente de todo. Siempre y cuando esté prolijamente codificado en una partitura. Para él lo “contemporáneo” son aquellas obras compuestas antes de 1930.
El músico de entrecasa: “Yo toco para mí mismo” afirma, en una suerte de onanismo sonoro. Algo así como enviarse audios de WhatsApp a uno mismo.
El autodidacta: Aprender de la experiencia ajena “contamina” su genial inspiración. Entre él y Jimy Hendrix (aparte de unos 50 años, 10.000 kilómetros y otro contexto social) no hay demasiadas diferencias.
El “yo de música no sé nada”: Su exacerbada humildad lo ha dejado fuera del universo de los sonidos. Al primer acorde corre despavorido y deja el asunto “en manos de los que saben”.
“Los que saben”: ¿Para qué disfrutar de la música, si podemos analizarla, criticarla y juzgarla? Achinaremos los ojos, nos tocaremos el mentón y daremos nuestro acertado veredicto como jurados en un concurso de “talentos”. Entre estas cultivadas almas se destacan virtuosos como Catherine Fulop o “Quique” de Los Nocheros.
El cacofónico o aquel que tiene grandes parlantes: Son aquellos que siguen una lógica similar a esta: Como me encanta escuchar música, me compré dos parlantes de 15 pulgadas con entrada USB, para escuchar todas las siestas remixes de cumbia y reggaetón. Siempre, saturando la amplia capacidad de potencia del equipo. Me gusta la música bien fuerte, por eso tengo que gritar para poder hablar con mi amigo que está al lado mío. Entonces, giro el parlante hacia la casa del vecino, a quien seguro le encanta también la cumbia.
Esta detallada caracterización sin embargo no explica qué significado tiene la música y el ejercicio del oficio de músico para mí. No quisiera sonar tan solemne al decir que, en mi opinión, un músico debería ante todo ser generoso y auténtico. Su máximo objetivo debería ser aportar algo a quién lo esté escuchando, ya que es en este último donde se materializa la magia de la música.
Al músico le corresponde entregarse al máximo (y no esperar obtener de ello un porcentaje de interés como ganancia). Llegar a fin de mes es una bella sensación, por supuesto. Más los desesperados intentos por “pegarla” (entiéndase hacerse inmensamente rico y famoso y bello y exitoso para toda la vida) siempre tienen tufo a decadencia. Quizás luego de vender el alma al “mercado musical” hubiéramos preferido vendérsela al mismísimo Lucifer.
Y también un músico debe ser auténtico (porque generoso pueden ser todos: un carpintero, un ingeniero agrónomo, el dueño de un banco… en fin). El músico debe ser un explorador de sí mismo, un buceador, un experto en sentir cosas y en expresarlas lo más fielmente posible. Ser músico en definitiva es una gran responsabilidad, sobre todo en estos tiempos de amplificadores y parlantes, donde se reproducen a altos decibeles lo más excelsos sonidos y también los más cacofónicos.








