Top

La posverdad ha llegado al fútbol

OPINIÓN


Cada año, el diccionario inglés de Oxford elige una palabra como la más representativa de ese período. En 2015, por ejemplo, se eligió la palabra "emoji", resaltando la importancia del regreso de los pictogramas a la comunicación. Un año después, en 2016, la palabra elegida fue "posverdad".

De acuerdo a la definición que da el propio diccionario de Oxford, la posverdad es el fenómeno que se produce cuando los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales.

Analistas políticos de diferentes partes del mundo han explicado desde ese postulado resultados electorales tales como el voto por la separación de Gran Bretaña de la Unión Europea (el Brexit), el voto por el No en el plebiscito por la paz en Colombia y la elección de Donald Trump en Estados Unidos, por citar solo algunos ejemplos.

En Tucumán, un fenómeno similar atraviesa por estas horas a los hinchas de Atlético y, en menor medida, a los de San Martín, quienes manifiestan su malestar masivamente en estas renovadas tribunas virtuales en las que se han convertido las plataformas de redes sociales.

Si en abril de 2016 se le preguntaba a alguno de ellos como imaginaban a su equipo en abril de 2017, sin dudar hubiesen apostado por la que hoy es su realidad. “Seguir jugando en Primera y estar en la Libertadores” para unos, y “concretando el ansiado ascenso y volviendo a jugar Nacional B”, para los otros.

Aunque el hecho objetivo muestre que ambos lo han logrado y hoy están parados en el lugar que hubiesen deseado, el aspecto emocional tiene más peso y es todavía más importante que aquello que podría definirse como “la realidad”.

De hecho, la objetividad marca que ambos tienen por delante mucho camino por recorrer, con altas posibilidades de que lo logrado, por lo menos, se mantenga. 

Atlético necesita sumar 7 de los 30 puntos que quedan en juego en el torneo para asegurar otra permanencia en Primera. Además, aparece en una posición expectante en la tabla de posiciones, con aspiraciones de luchar por el ingreso a las copas internacionales para 2018.

San Martín se ha hundido en la tabla de promedio producto de una serie de malos resultados, pero sigue siendo un equipo recién ascendido cuyo coeficiente se divide en una sola temporada. Unos cuantos partidos perdidos y estas en la lona. Unos cuantos partidos ganados, y estas tranquilo y a salvo. El dato no menor es que al equipo le queda por disputar todavía la módica suma de 19 cotejos hasta definir su suerte.

Incluso, ambos han demostrado que tienen los recursos necesarios para lograrlo: en la cancha, no han sido menos que ninguno de sus rivales.

Pero nada de eso parece importar. Los futbolistas, los entrenadores y los dirigentes, han cometido el peor de los pecados, han insultado el buen nombre y honor de los fanáticos, han hecho aquello que no debían hacer: han perdido. Han medido sus fuerzas con otro grupo de personas que defienden los intereses de otros clubes, y han resultado derrotados. Tamaña vergüenza es merecedora de insultos, agravios y deslegitimaciones, por aquellos triunfadores del teclado que nunca resultan derrotados.

Algunos, claro, tienen esa emoción genuina de tristeza y bronca por la derrota, y nada más les importa. Y como la emocionalidad pasa a ser más importante que el hecho objetivo, el fenómeno se encuadra en el marco de la posverdad. Otros, en cambio, aprovechan el contexto y el anonimato que le dan las redes para intentar obtener un beneficio, y sumar adeptos a sus causas aprovechando el factor emocional. El clima político es parte de una coyuntura que atraviesa a las instituciones en sus distintos momentos, y esta no es la excepción.

Esta situación no es una particularidad que se da en este ámbito y en esta parte del mundo. Por el contrario, es parte de una tendencia global que ha llevado al análisis a especialistas que debaten y argumentan sobre la posverdad y sus alcances en nuestra sociedad. Son partes de las nuevas reglas del juego, a las que habrá que acostumbrarse, por más mal que nos caigan a quienes amamos el deporte y al mismo tiempo intentamos mantener la realidad objetiva por encima de la tristeza que nos pueda generar una derrota o la algarabía que nos pueda significar un triunfo.