Espectacularizar la política o debate presidencial, llamalo como quieras
Una excursión al show electoral
La política hace rato se transformó -entre otras cosas- en entretenimiento para la Argentina donde la alfombra roja, los flashes y las vallas para la prensa le dan un aire a premios Óscar. En este despliegue televisivo, que tiene sabor a cartón, intento mirar el mundo con los anteojos de cada candidato: varón, heterosexual, en su mayoría profesional y dirigente político partidario. Muchos de ellos aluden a figuras femeninas de forma romántica para adornar sus discursos: la patria, las madres, incluso la poetisa María Elena Walsh. ¿Por qué no llegó una mujer a ninguno de esos lugares?
El domingo se celebró el segundo debate presidencial de cara a las elecciones del 27 de octubre. Foto: Télam
“Mirá, para subir necesitás tener la pulserita naranja”, el guardia de seguridad de la escalera que lleva al primer piso me tacha como en algunos boliches tucumanos. Estoy en la Facultad de Derecho de la UBA para dar cuenta de la segunda ronda del debate presidencial 2019. La traslúcida e insignificante pulserita amarilla que la Cámara Nacional Electoral me legó sólo conduce al auditorio del aula magna, contigua al anfiteatro donde comenzará en minutos el mentado debate. El salón de estudios se disfraza de una especie de microcine de bajo presupuesto: los sillones se inclinan, raídos, hacia un escenario cuya protagonista es una pantalla gigante que repite una y otra vez el single del debate. Un colega, al sentarse, cae de espaldas al piso. La fragilidad de los asientos no es sólo visual.
Ante lo precario e inhóspito del aula magna, busco la sala de prensa de la biblioteca. El debate comienza, las risas y los comentarios se dejan oír. Las reglas del juego quedan expuestas y los minutos son cronometrados para dar paso al show electoral televisado y, eso sí, dispuesto por la Ley 27.337.
¿Qué hay de real en los debates presidenciales? En el imaginario alternativo de Juan José Gómez Centurión, hay una horda de extranjeros (casi como una horda de orcos de las películas de “El Señor de los anillos”) que espera justo detrás de la línea de frontera para invadir el territorio. Roberto Lavagna -muy pausado- habla de castigar “delitos de género” sin especificar qué entiende por tales delitos (le sobran 37 segundos como para decirlo) y –paradójicamente- dice tener el puño cerrado (típico gesto de los partidos de izquierda) “para defender a nuestras familias”. Para José Luis Espert (tildado de “Pajert” en las redes sociales) hay que eliminar el garantismo de “Zaffaroni y sus fans” y bajar la edad de imputabilidad a los 14 años con cumplimiento efectivo de las penas. No resulta llamativo que refuerce la idea con que el “derecho al voto será sólo para los presos que no estén detenidos por delitos graves”. Nicolás Del Caño cuestiona las reglas del debate, habla de legalización de la marihuana, juicio y castigo a los genocidas de los ´70, cupo laboral trans, medio ambiente, derechos de las mujeres y hasta de Micky Vainilla (en alusión a Miguel Ángel Pichetto, candidato a vicepresidente por el macrismo). Sin embargo su discurso no deja de parecer un panfleto partidista donde todas las propuestas terminan en asambleas y consultas populares.
El duelo entre el presidente Mauricio Macri y el candidato Alberto Fernández es el más esperado de la noche. El dedo de Fernández no deja de señalar al actual presidente para hablar sobre mentiras, fuga de capitales, deudas perdonadas al Correo Argentino, cien causas penales que le esperan al término de su mandato. Macri responde y marca la distancia -de forma sostenida en su discurso- entre “ellos” (kirchneristas) y “nosotros”, también lo hace cuando se refiere a “los delincuentes”. Increpa a Fernández sobre las causas penales que pesan sobre ex funcionarios de la gestión de Cristina de Kirchner: “es difícil creer que usted no vio nada”. Las chicanas van y vienen. Fernández dice que Macri “está preocupado en cómo le irá a la prensa conmigo” (dedo índice al vuelo) y se apura a remarcar que “corre peligro con Macri”. Mauricio dice creer en “la república” como un valor sagrado y, para diferenciarse del kirchnerismo, habla de que “no somos todos iguales”, frase que resume la implementación de las políticas económicas y sociales de su gestión.
A lo largo del debate se dibujan y desdibujan seis paradigmas de país. Espert encuentra el enemigo público en los sindicatos de trabajadores (incluso amenaza a Grabois) y brega por eliminar las negociaciones colectivas y las leyes laborales. Por algún motivo considera que en Famaillá son cuatro los que trabajan y que un convenio laboral ahí no tiene ningún sentido. Junto a Gómez Centurión, reafirma el derecho inalienable a la libre circulación en calles, puentes y rutas por sobre el derecho a huelga. Cuando el ex- carapintada toma la palabra parece hablar desde un cuartel militar anclado en el pasado: “hay que ganar la guerra contra el narcotráfico caiga quien caiga”.

La sala de prensa desde la que algunos los periosdistas de la "pulserita amarilla" se resignaron a seguir el debate.
La televisión abierta tiene un ritmo que Lavagna, con frecuencia, no puede alcanzar. Aún así, deja entrever que la economía está estancada desde hace tres años y que hace falta un programa de formación para los jóvenes que no estudian ni trabajan (los “ni-ni). Nicolás del Caño denuncia que existen aliados en la burocracia sindical que firman convenios en contra de los derechos de los trabajadores. Habla de reducir horarios de la jornada laboral y que “los recursos están, el problema es que se los fugan”. Macri elige palabras clave en su discurso: “alegría”, “paz”, “libertad” y llama a dar vuelta la elección “juntos” ya que el kirchnerismo “volvió a ponerse agresivo” en el marco de estas elecciones. Fernández, en casi todo el debate, sólo se dirige a Macri para señalar falencias o responder chicanas, excepto cuando le contesta a Espert (quien los llamó a abrazarse con Mauricio por resultar “iguales”) y le dice que puede darle clases de decencia. El federalismo se discute y para Macri es defender los recursos de la Ciudad de Buenos Aires, Fernández dice que las provincias endilgan lo que les toca y Gómez Centurión ruge que el collar es más grande que el perro y que hay que reducir la Administración Pública.
La política hace rato se transformó -entre otras cosas- en entretenimiento para la Argentina donde la alfombra roja, los flashes y las vallas para la prensa le dan un aire a premios Óscar. En este despliegue televisivo, que tiene sabor a cartón, intento mirar el mundo con los anteojos de cada candidato: varón, heterosexual, en su mayoría profesional y dirigente político partidario. Muchos de ellos aluden a figuras femeninas de forma románica para adornar sus discursos: la patria, las madres, incluso la poetisa María Elena Walsh. ¿Por qué no llegó una mujer a ninguno de esos lugares? La construcción de poder dentro de los partidos políticos también está atravesada por la diferencia de género: los deberes de cuidado, la administración del tiempo familiar, las maternidades (deseadas o no), los estereotipos que pesan aún en la asignación de roles dentro de la militancia. Los dirigentes que asistieron a este debate son el resultado de la forma de gobierno que elegimos, aún a través de instituciones bastardeadas como lo son los partidos políticos.
Es muy probable que estos debates que espectacularizan la política no incidan en nada en el cuarto oscuro el próximo 27 de octubre. ¿De qué sirven? Son un registro histórico de una época, un legado fílmico a las futuras generaciones de los dirigentes que nuestra sociedad pondera en un contexto histórico determinado. Además, son una fuente inagotable de memes y comentarios en las redes sociales. Y para mi, una excursión al federalismo de la prensa (donde no sube al primer piso quien no es de un medio hegemónico capitalino) con el beneficio de uno que otro café gratis.








