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La ciudad de las filas

TRIBUNA ABIERTA

Marcan el pulso de nuestra existencia en Tucumán. Nos cansan y hartan, pero también, a veces, nos igualan. Hoy son sinónimo de esperanza sanitaria y electoral. Cuando termine la pandemia, nuestra filas de todos los días seguirán ahí donde siempre estuvieron.

Imagen ilustrativa. (Foto: Franco Olea para eltucumano.com)


Trámites varios. De los bancos a los rapipagos/pagofácil, pasando por el correo. El tránsito mismo. Para subir y bajar del bondi. En la Anses. Las farmacias, siempre. Con sol, con lluvias, con un frío que congela por las noches. Sin distanciamiento social, eso duró poco. La vida en Tucumán está marcada por las filas: no faltan los tucumanos que viven de los turnos. Hecha la ley, hecha la tucumaneada.

Cansancio, en los pies y en la cabeza. Nadie sonríe en una fila, nadie quiere estar ahí. Somos lo que hacemos cuando no estamos haciendo una fila. Esperamos, esperamos y esperamos. Hasta que llega el turno, la dicha, lo que tanto esperamos. Y no hay nada. La fuente de oro al final del arcoíris nunca apareció ni aparecerá al final de las filas que hacemos todos los días. 

Hasta FILA se llama la marca de la casaca (trucha o retro, depende del usuario) de la Fiorentina que usaba El Bati en los '90 y que cada tanto le envidiamos a uno en alguna de las tantas filas que hacemos en la ciudad.

En las filas, que algunos llaman colas, se ven los vivos también: desde el que se pone a charlar con un amigo y gana un par de lugares, hasta el que tiene un amigo y no hace fila directamente. Un vivo entre los boludos. Ya le tocará hacer otra fila, la ciudad de las filas es rencorosa.

La pandemia que nunca termina trajo consigo quizás la fila más temida de todas. En el Centro de Salud, en el Padilla, en el hospital Del Carmen. Las filas de los hisopados fueron las filas del terror durante meses.

Caso sospechoso. Cuasi delictivo, peligroso. Ahí el distanciamiento si se hizo sentir, ante la amenaza latente de contagiar o contagiarse. Si el testeo no era rápido, la angustia se volvía con nosotros. Y no terminaba ahí. Estas filas no son iguales para todos, claro. El que puede, paga un estudio privado. Las filas son para los giles, pero los contagios son para todos.

Esas filas hoy son parte del pasado.

El avance de la campaña de vacunación en Tucumán trajo consigo nuevas filas en los nodos de toda la provincia: las nuevas filas de la esperanza. Hay ansiedad, sonrisas que se esconden detrás de barbijos que comienzan a vislumbrar la luz al final del túnel.

El personal sanitario saluda amable, atento, hasta cariñoso. La vacunación es ordenada, la aguja no duele ni lastima. La ansiedad se vuelve alegría y hasta nos permitimos hablar con extraños, que nos preguntan si duele o qué vacuna nos tocó. Quizás eso le faltaba a todas las otras filas que hicimos toda nuestra vida.

Las filas de las vacunas nos igualan, nos democratizan. Casi todos somos iguales en estas nuevas filas, primeros acordes del nuevo viejo mundo pospandemia. Algunos llegan en auto, otros a pie. Es la única otredad posible, y a nadie le interesa. Como la fila para entrar a la platea o la popular en 25 o en Ciudadela, cuestión de gustos o de guita. Que vuelvan esas filas.

Desde este viernes se comenzó a vacunar en nuestra provincia a jóvenes de entre 30 y 32 años. Niños del menemismo, preadolescentes del 2001. Soldados de grietas después de la 125 que marcó el fin del primer kirchnerismo, el mejor, el que acercó a la política a los que vieron como la política se llevó puestos a los más grandes.

De izquierdas, de derechas, Kirchneristas de Cristina y también de Néstor, Albertistas de Alberto, macristas de Macri y Bullrich o de Vidal y Larreta -ahora que hasta el PRO juega a la interna-, libertarios y otros que aun jóvenes ya se hartaron hasta de la antipolítica confluyeron en las filas de la esperanza hasta con empatía. La Patria es la fila. Una generación carente de grandes hitos que deberá protagonizar los propios. Que Sputnik, que AstraZeneca o Sinopharm. La mitad del padrón ni se inscribió.

La otra fila que nos democratiza es justamente la fila para votar, acto cívico por excelencia a veces poco ponderado por jóvenes nacidos en democracia que aun en sus crisis la han naturalizado tanto que ni la valoran. 

Bienvenidos ellos al año electoral. La campaña de vacunación es el caballo de batalla provincial y nacional, y hasta parecen tapar cifras alarmantes de muertos, pobreza y errores no forzados.

Con el sanitarista Manzur de frontman, el doctor Yedlin y la doctora Chahla recorren Tucumán vacunando tucumanos. La campaña más esperanzadora de la historia, en el peor momento de la historia. La oposición no vacuna  ni encontró la puerta para subirse al tren de la vacunación. Sin vacunas no hay esperanza: siga siga. Los peronistas, aburridos ante la fragmentación opositora, se pelean entre ellos.

Las filas de la esperanza nos ilusionan con el fin de la pandemia. Cuando caiga el telón de este largo acto, no hay que perder de vista todas esas otras filas que siempre estuvieron ahí y que marcan el pulso de Tucumán: los trabajadores precarizados esperando para pagar uno de los boletos de colectivos más caros del país con un servicio -casi siempre- decadente; chicos que piden en los bares o los semáforos; las colas en los bancos, hasta en heladas noches en las veredas de barrio Norte, cuando se pagan las pensiones o la tarjeta Alimentar; los tucumanos que vienen a hacer trámites a la Capital desde el interior profundo de nuestra provincia; todos hacen filas, porque Dios -dicen- está en todas partes, pero atiende en la ciudad de las filas.