"No pretendan hacernos creer que esto fue real"
Teorías conspirativas. Contradicciones. El odio y el amor de un pueblo. La llama más viva que nunca. todo lo que dejó el feriado menos apagado de la historia | Por Gabriel Sanzano
"No pretendan hacernos creer que esto fue real", dice alguien en un grupo de WhatsApp y acto seguido agrega: "Igual, me hubiera encantado ver esos sesos volando en vivo".
Así, con esa crudeza sincera y espeluznante, una persona cualquiera manifiesta dos sensaciones que le brotan desde adentro y que se entrelazan, llevándolo a la mayor de las contradicciones internas: el mismo que quisiera ver asesinada a una persona, descree de la posibilidad de que alguien haya querido matarla. Él la mataría, o al menos se alegraría de verla asesinada, pero no cree posible que alguien haya querido matarla de verdad.
Sin ánimos de personalizar un odio que es tan irracional como masivo, porque todos hemos leído y escuchado comentarios de este tipo, porque las teorías conspirativas están a la orden del día y porque cuando de Cristina se trata, para esta gente todos los mecanismos de la lógica se invierten al punto tal que cuando ven un arma a 20 centímetros de su cara, intentando matarla, es la gente que dice que es todo un circo. Cuando se le muere el marido dicen que ella lo mató, cuando la acusan ya la están condenando y es ella la que debe comprobar su inocencia y no la Justicia su culpabilidad.
A tal punto llega la ceguera provocada por ese sentimiento que no debe ser agradable de portar, que no saben ni aprovechar el feriado para descansarlo en paz. Ni hablemos de reflexionar en pos de la armonía social.
El odio a Cristina no nació ayer. Incluso es más viejo que ella misma. Vaya saber exactamente cuándo y dónde nació. Pero es el mismo odio que pintaba paredes con "Viva el Cáncer", bombardeaba plazas, cerraba ingenios, torturaba, mataba, desaparecía y secuestraba bebés. Es el odio a un movimiento popular que fue utilizado y evocado como el demonio para en su contra hacer las peores atrocidades que se han hecho en este país.
La de ayer es una más de tantas, que por suerte esta vez falló, no solo por la vida de Cristina, sino porque quién sabe en qué tipo de caos social estaríamos sumidos ahora mismo, si el gatillo hubiera empujado una bala hacia esa cabeza más cercana.
El antiperonismo sostiene un relato de comics de Marvel, autopercibiéndose como el superhéroe que pelea contra el gran villano peronista que atosiga un país. Esta ficción, que no resiste el más mínimo análisis bajo frases hechas como “70 años de peronismo”, suele olvidar que durante ese mismo periodo de tiempo el peronismo solo gobernó la mitad de las veces, que Eva murió joven, que Perón fue derrocado, proscripto y exiliado 18 años y que murió hace 50.
En todo ese tiempo los antiperonistas fueron incapces de construir una alternativa de poder que trascienda al odio y en el nombre del odio trajeron corrupción, violencia, saqueos, muertes y atrocidades de todo tipo.
Pero sin dudas, lo que más odian es el amor que hay del otro lado, en la otra vereda, incluso en las veredas de La Recoleta, donde hace más de una semana miles de argentinos, muchos porteños de clase media y alta, sostienen una vigilia 24/7 en la puerta de su líder a la que aman con más fuerza de los que ningún odiador podría odiar.
No hay nadie ni tan odiado ni tan amado en Argentina por millones como lo es Cristina y ese es uno de los escalones más alto que puede alcanzar el ser humano, porque es el precio de no ser tibia, de ser una líder de todos los tiempos. La historia no es para cualquiera y Cristina es para la historia y la historia es para Cristina.
Detrás de Cristina está el pueblo entero, también esa parte que la odia, porque el amor y el odio mantienen viva esa llama popular que lidera, porque así como los antiperonistas no pudieron dejar en paz ni el cadáver de Evita y siguen culpando a Perón muerto hace 50 años, los que la aman a Cristina la sostienen con abrazos y plazas llenas, como a Perón y a Evita también. Así, el odio despierta al amor en medio de una gestión de Gobierno que se desangraba solo, un Gobierno sin épica, sin corazón, que avergüenza más de lo enorgullece, pero que hoy resucita con la gente en las calles, cacheteada más alerta que nunca.
Tal vez el anónimo del que hablábamos en el primer párrafo tenga algo de razón y aunque quieran no haya forma de matarla. Tal vez por eso, esa mano temblorosa no logró gatillar con convicción y esa bala que no salió nos ha tocado el corazón solo para defendernos de nuevo y para que esta vez el odio nos sirva para espabilarnos pero nunca más se imponga.








