Las navidades del Obispo Molina
Tucumano nacido en 1773, se instituyó como una figura clave en la sociedad de la época. Tal era su generosidad que donó su fortuna familiar a obras de caridad hasta quedar completamente empobrecido. Además, su forma de celebrar la navidad permaneció durante largos años entre las costumbres de los tucumanos. Conoce su historia. Video.
En Belén acaba/ Jesús de nacer,/ vamos pastorcillos,/ vamos allí a ver./ Jamás niño más hermoso/ nació debajo del cielo:/ jamás brilló sobre el suelo/ más peregrina beldad./ Absorto el cielo y gozoso/ contempla su imagen bella,/ por medio de cierta estrella/ de admirable claridad, era uno de los tantos villancicos compuestos por el Obispo José Agustín Molina, cuyas melodías resonaban cada navidad por las calles del Tucumán colonial de fines del Siglo XVIII. Su autor buscó incentivar a las familias a armar sus propios pesebres para llevar a grupos de niños a conocerlos entonando sus cánticos. El recorrido consistía en visitar aquellos hogares que abrían sus puertas para exhibir con orgullo los pesebres que se renovaban año tras año, teniendo como protagonista a la figura del Niño Dios, que generalmente provenía de algún taller de arte del Alto Perú.
El Obispo Molina fue un tucumano nacido en 1773, que se instituyó como una figura clave en la sociedad de la época, tanto desde lo espiritual como lo político. Provenía de una familia tradicional y adinerada, cuya residencia se encontraba en calle 24 de septiembre esquina Maipú bautizada como “la calle del Obispo Molina”. Tal era su generosidad que donó su fortuna familiar a obras de caridad hasta quedar completamente empobrecido. Además, celebraba misas semanales en la cárcel pública, llevando regalos a las personas privadas de la libertad.
En cuanto a lo político, fue integrante del Congreso de Tucumán, en donde participó como pro secretario y encargado de la redacción del periódico “El Redactor del Congreso” que sirvió como testimonio de las sesiones y es la única fuente que queda, por haberse perdido las actas originales. Apoyó a la Revolución de Mayo y cumplió un rol esencial en la decisión de Tucumán de solicitar al General Manuel Belgrano la defensa de la ciudad del ataque realista, en 1812. Tras la victoria del Ejército, fue el encargado de la oración sagrada y patriótica en el Tedeum de celebración.
Sin embargo, lo que más se vincula a su recuerdo es su forma de celebrar la navidad que permaneció durante largos años entre las costumbres de los tucumanos. Sus villancicos eran tan pegadizos que se aprendían con facilidad y tenían el propósito de instruir más que encantar, según relataba el Doctor Carlos Páez de la Torre. Se caracterizaban además por incorporar los modismos tucumanos al referirse al Niño Dios como “echadito en el pesebre”, en un “catrecito” y diminutivos típicos de la tucumanidad.
Tal era la devoción del Obispo por el hijo de Dios que antes de morir pidió que en su tumba se esculpiera su figura acompañada de la leyenda “Spes mea”, que significa “esperanza mía”. Y así se hizo, cuando falleció en 1838 se ubicaron sus restos en el antiguo templo de San Francisco (25 de mayo esquina San Martin) que se demolió. Al reconstruirse se instalaron frente al altar mayor con esta placa que actualmente se encuentra muy desgastada. Mientras que en el altar del medio de la nave izquierda se conserva la imagen de San José, perteneciente a sus padres, Don José de Molina y Doña María Josefa Villafañe, que eran sumamente devotos de este santo.
Con el paso del tiempo la ciudad de San Miguel de Tucumán fue creciendo en extensión y población, y esta costumbre se fue diluyendo hasta perderse casi por completo. Sin embargo, esta tradición afortunadamente sigue vigente en algunos pueblos del interior de la provincia. Mientras que en la capital se continúan desarrollando los pesebres vivientes que mantienen vigente entre los niños y sus familias al espíritu navideño y la alegría del nacimiento, como los que se representaron en estos días en el Hospital de Niños y en las plazas de los decididos de Tucumán y Urquiza.
Recordando uno de los villancicos del Obispo Molina que decía: ¡Criaturas de Dios! Oíd,/ oíd el himno angelical:/ gloria a Dios en el cielo,/ y al hombre en la tierra, paz, deseo que esta nueva natividad renueve en nosotros la esperanza y el amor en nuestros corazones y nos traiga la paz que tanto necesitamos como sociedad.








